La tarea del príncipe elfo es sencilla; debe preparar una humana para sellar el pacto entre el mundo de ella y el de él. La conoce desde niña, y cuando descubre que el ritual es un sacrificio y lo empiezan a presionar para que la entregue, hará lo que sea necesario para salvarla.
NovelToon tiene autorización de Jisieli para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 19 El nuevo rey
Tres días después de la batalla, Angrod fue coronado rey de Hassan.
No quiso ceremonia. No quiso banquetes ni discursos ni invitados de otros reinos. Solo pidió que los olvidados estuvieran presentes, que los soldados que habían luchado junto a él ocuparan los puestos de honor y que Leila se sentara a su derecha durante toda la ceremonia.
El anciano Círdan colocó la corona sobre su cabeza.
Era la misma corona que había pertenecido a su padre, a su abuelo, a todos los reyes que habían gobernado Hassan durante mil años. Pesaba más de lo que parecía.
—¿Alguna palabra, majestad? —preguntó Círdan.
Angrod se puso de pie.
Miró a los elfos que lo odiaban. Miró a los humanos que lo temían. Miró a los olvidados que lo habían seguido hasta la muerte y habían regresado.
Miró a Leila.
Ella le sonrió. Esa sonrisa dulce, luminosa, que lo había salvado doce años atrás y lo seguía salvando cada día.
—Sí —dijo—. Tengo algo que decir.
Se volvió hacia la corte.
—Mi primer decreto como rey —anunció— es la abolición de los sacrificios humanos en todo el reino de Hassan.
Un murmullo recorrió la sala.
—A partir de hoy, ningún elfo, ningún humano, ninguna criatura de sangre y hueso será ofrecida en sacrificio a dioses que nunca nos han dado nada. El pacto está roto. El portal, cerrado. Que los dioses duerman su sueño eterno sin perturbar a los vivos.
Silencio.
—Mi segundo decreto —continuó— es la igualdad de derechos para todos los habitantes de Hassan. Elfos y humanos, nobles y plebeyos, soldados y civiles. Todos serán iguales ante la ley. Todos recibirán el mismo trato. Todos tendrán las mismas oportunidades.
Más murmullos. Algunos indignados. Otros, esperanzados.
—Mi tercer decreto —dijo, y su voz se suavizó— es el nombramiento de Leila Prinsh, la última de los Aelindel, salvadora de Hassan, como princesa heredera del reino.
Leila abrió los ojos con sorpresa.
—Si yo muero sin descendencia —continuó Angrod—, ella gobernará. Si yo muero con descendencia, ella gobernará junto a nuestros hijos. Si yo vivo, gobernará conmigo. Porque ningún rey merece llamarse tal si no tiene a su lado a alguien que lo haga mejor.
La miró.
—Y nadie me hace mejor que ella.
Leila se levantó lentamente.
—Angrod —susurró—. Esto es...
—¿Demasiado? Lo sé. Pero es lo justo.
—No sé gobernar un reino.
—Yo tampoco. Aprenderemos juntos.
—¿Y si la corte no me acepta?
—La corte hará lo que yo ordene. Y si no, puede marcharse.
Ella lo miró largamente.
—Eres un loco —dijo.
—Lo sé.
—Un loco insoportable.
—También.
—Y te quiero.
—Yo también te quiero. ¿Aceptas?
Ella sonrió. Esa sonrisa que iluminaba más que cualquier luz.
—Acepto.
---
Esa noche, después de la ceremonia, Angrod encontró a Leila sola en los jardines.
Estaba sentada en el mismo banco de piedra donde él la había visto aquella primera noche, cuando aún era su carcelero y ella su prisionera. Pero ahora no había barrotes entre ellos. Ahora no había mentiras.
—¿Cansada? —preguntó, sentándose a su lado.
—Sí. Pero no puedo dormir.
—¿Por qué?
—Porque tengo miedo de despertar y que todo haya sido un sueño.
Él tomó su mano.
—No lo es.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque estoy aquí. Porque nunca había sido tan feliz. Porque las pesadillas no se sienten así.
Ella apoyó la cabeza en su hombro.
—¿Crees que merecemos esto? —preguntó—. Después de todo lo que pasó. Después de toda la sangre.
—No lo sé. Pero creo que podemos aprender a merecerlo.
—¿Cómo?
—Siendo buenos. Gobernando con justicia. Construyendo un reino donde nadie tenga que pasar por lo que nosotros pasamos.
—Suena difícil.
—Lo es. Pero todo lo que vale la pena lo es.
Ella asintió lentamente.
—Entonces empecemos —dijo—. Mañana.
—Mañana.
—Pero esta noche...
—¿Esta noche?
—Esta noche solo quiero estar aquí. Contigo. Sin pensar en el futuro.
Él la besó en la frente.
—Entonces quédate.
Ella se quedó.
Y juntos, bajo la luz violeta de la luna, vieron amanecer sobre Hassan.