Estrella Portugal nació en cuna de oro y pasó casi treinta años construyendo un imperio empresarial internacional, convenciendo al mundo de que no necesitaba a nadie, haciéndose dueña de cada lugar donde pisaba y dejando atrás el amor, confundiéndose incluso con el deseo.
Pero un accidente borra su memoria y también la coraza que siempre la protegió, ahora no recuerda su divorcio, su poder, ni a Lucio Salvatierra, el hombre diez años menor que la ama y logró ver el alma de la mujer implacable, que asusta a todos los demás.
Ahora, en medio de la confusión, su corazón laterá con miedo, con deseo, con libertad, por alguien que cree no conocer, pero la hace vibrar y no pide permiso; sin saber, que el imperio que había construido puede venirse abajo, y la ayuda vendrá de quien menos se lo espera.
¿Será capaz Estrella de no dejar ir el amor cuando recupere la memoria?
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LIBRO VI (Penúltimo)
Colección AMORES QUE SANAN
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7. Nos quisimos mucho
Estrella estaba incorporada en la cama, las manos entrelazadas sobre las sábanas blancas, con esa mezcla de ansiedad y esperanza que no había logrado disimular desde que escuchó el nombre de Gustavo.
En su mente él seguía siendo el hombre de sonrisa franca que la esperaba a la salida de la universidad, quien le llevaba flores que no podía pagar pero insistía en comprar, el que le prometió que no necesitaba ser rico para hacerla feliz.
Cuando la puerta se abrió, el tiempo dejó de ser un concepto médico y se volvió una herida visible.
Gustavo no era el joven de veintitrés años que ella recordaba. Su cabello tenía hebras grises que no estaban ahí en su memoria, su cuerpo conservaba firmeza pero había ganado la sobriedad de los años, y en sus ojos ya no había el brillo impetuoso del recién casado, sino una serenidad profunda, casi resignada.
...Gustavo Romero...
Se detuvo a un par de pasos de la cama, la única vez que la vio frágil en la cama de un hospital, fue para el nacimiento de Alex, el embarazo fue complicado, el nacimiento un milagro.
Estrella frunció apenas el ceño, no por rechazo, sino por desconcierto.
- “¿Te pasó algo?¿Has estado muy estresado?”, preguntó Estrella con genuina preocupación, al notar las canas.
Alex cerró los ojos un instante. Camila tomó aire.
Lucio permaneció inmóvil, pero la mandíbula se le tensó un poco, sabía de la importancia de ese hombre en la vida de Estrella.
Gustavo sonrió, y esa sonrisa fue la primera coincidencia perfecta con el recuerdo de ella.
- “No, Estrella. No me pasó nada. Solo… pasó el tiempo”, respondió él con suavidad.
La frase hizo mucho ruido en la mente de Estrella.
Ella lo observó con mayor detenimiento, recorriendo su rostro con una atención que iba más allá de la nostalgia. Su mirada descendió hasta su mano izquierda, donde ya no estaba el anillo que ella le regaló un día de San Valentín, lo recordaba bastante bien porque fue una promesa de llevarlo mientras se amaran “hasta el cielo”. Luego subió otra vez a sus ojos.
- “¿Por qué no tienes el anillo?”, preguntó ella, y ahora sí había algo frágil en su voz.
Gustavo dio un paso más cerca, pero no invadió el espacio de la cama.
- “Porque hace muchos años que nos divorciamos”, respondió él.
Estrella lo miró como si hubiera hablado en otro idioma. Su respiración cambió apenas, un desajuste mínimo que Lucio notó de inmediato.
- “No”, dijo ella, casi riendo. “Eso no tiene sentido. Nosotros tenemos el amor más grande del mundo… nosotros estábamos bien”, añadió.
Y era verdad. En su mente de veinte años, aún estaban bien. Aún eran los jóvenes que hacían planes en un departamento pequeño, pensando que el padre de Estrella no aceptaría su relación, que discutían por cosas insignificantes y luego se reconciliaban entre risas y besos torpes, que soñaban con un futuro que parecía infinito.
Gustavo no desvió la mirada, eso era algo que odiaba Estrella, tanto la jovencita inocente que conoció, como la mujer implacable que era antes del accidente.
- “Nos quisimos mucho”, dijo Gustavo, y no había reproche en su tono. “Pero quisimos cosas distintas. Tú querías conquistar el mundo, y yo no quería convertirme en una batalla más”, añadió.
Ella lo miró como si intentara reconocer esa versión de sí misma, porque en la que tiene en su mente de veinte, no era posible que él se convirtiera en un obstáculo en su vida.
- “Eres el único hombre que he amado. Yo jamás te vería como una batalla”, dijo Estrella.
- “No lo hiciste a propósito. Solo crecimos en direcciones distintas”, respondió él con una honestidad que no buscaba lastimar, pero era necesario decir.
Camila se acercó un poco más a la cama, como si temiera que su madre se rompiera en cualquier momento.
Estrella volvió a mirar las canas, las líneas sutiles en el rostro de Gustavo, la ausencia del anillo, la distancia respetuosa con la que se mantenía. De pronto, comprendió que no era él quien había cambiado; era ella la que estaba detenida en otro año.
- “¿Estás con alguien?”, preguntó Estrella, y ahora su voz era apenas un hilo.
- “Sí, estoy casado”, respondió sin vacilar. Gustavo ahora quería Estrella como la madre de sus hijos, pero amaba a Eliza, su actual esposa.
El golpe no fue escandaloso, pero sí profundo. No era celos lo que sintió, sino la confirmación de que el mundo había seguido sin ella.
Estrella bajó la mirada, la seguridad que siempre la acompañaba se desdibujó.
- “Pero lo nuestro siempre fue invencible. Yo te amaba”, susurró.
Gustavo dio el último paso que faltaba y tomó su mano con cuidado, no como esposo, sino como los buenos amigos en que se habían llegado a convertir.
- “Y yo a ti. Fuiste mi primer gran amor, Estrella. Eso no se borra. Solo cambió de forma, porque si hay algo que agradeceré toda la vida, es que tú seas la madre de mis hijos”, manifestó Gustavo.
Ella levantó la vista, los ojos brillantes pero sin lágrimas todavía.
- “Entonces, ¿qué soy ahora?”, preguntó ella.
La pregunta no iba dirigida solo a él.
Gustavo sostuvo su mirada un instante y luego, con una calma que solo dan los años bien asumidos.
- “Eres la empresaria más exitosa que conozco, eres una madre maravillosa, eres una guerrera capaz de destruir fortalezas por tus seres queridos y eres una mujer que volvió a amar”, expresó Gustavo.
Y, los ojos de Gustavo, se desplazaron hacia Lucio, sabía muy bien la relación que tenía con Estrella, quien se lo había confesado, porque ambos por mucho tiempo han librado una batalla por sacar de ese psiquiátrico a su hija, por ver su recuperación, y no quería que su relación le afectara, porque ya una anterior prendió la chispa que faltaba para el descontrol.
Estrella siguió ese gesto y miró al hombre que permanecía de pie, firme, silencioso, conteniéndose.
Y algo en el pecho de Estrella se movió, no como recuerdo, sino como intuición, porque aunque su mente se hubiera quedado fija en los veinte años, su cuerpo no reaccionaba ante Gustavo como antes, reaccionaba ante Lucio, ante su mirada, ante su presencia.