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La Fruta Prohibida Del Señor Easton

La Fruta Prohibida Del Señor Easton

Status: En proceso
Genre:Romance / Amor prohibido / Posesivo
Popularitas:3.9k
Nilai: 5
nombre de autor: A.B.G.L

Luke Easton lo perdió todo al volver a casa. La mujer que amaba, el futuro que imaginó... todo esfumado en una traición que lo dejó vacío.

En las calles ardientes de Los Ángeles, buscando un nuevo comienzo, el destino le ofrece una oportunidad inesperada: convertirse en guardaespaldas.

Pero, ¿será esta nueva vida la redención que busca, o el destino tiene otros planes para él? El juego apenas comienza...

Novela extensa...

NovelToon tiene autorización de A.B.G.L para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

La Llegada...

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El asfalto rugía bajo las suelas de sus botas, un latido de calor que se elevaba como el aliento febril de una ciudad agonizante. Luke Easton avanzaba, no con la desesperación del que huye, sino con la implacable determinación del que se dirige a su destino. Cada paso, un eco en el silencio opresivo de la tarde angelina, marcaba una cadencia precisa, un compás medido por el peso de batallas pasadas y la incertidumbre del futuro. El sol, un ojo de fuego en el cielo despejado, lo desdibujaba, pero no lograba quebrar la solidez de su figura.

Su camiseta color arena, un segunda piel empapada por el sudor, se adhería a un torso esculpido por la disciplina militar, delineando los contornos de una fuerza contenida. Hombros anchos, un pecho firme, la arquitectura de un guerrero que no buscaba exhibirse, sino imponerse por su mera presencia. Los jeans, testigos mudos de incontables caminos, abrazaban sus piernas con la resistencia del denim desgastado, cada movimiento una promesa de poder funcional, de precisión letal. Sus botas negras, marcadas por el polvo y el tiempo, golpeaban el suelo con un ritmo implacable, el metrónomo de su incansable avance. Había historia en esas botas, historias que callaban bajo el peso de kilómetros y decisiones irrevocables.

La mochila-maleta, una extensión natural de su cuerpo, descansaba sobre su hombro con una facilidad que delataba la costumbre de cargar el peso del mundo. No era una carga, sino una extensión de su propia resistencia. La correa cruzaba su pecho en diagonal, un lazo perpetuo que anclaba su figura a la tierra, un recordatorio de que estaba hecho para soportar. Sus gafas oscuras, lentes de obsidiana, ocultaban sus ojos, pero no su mirada. Una mirada que barría el horizonte, que calculaba, que no dejaba escapar detalle, una lente a través de la cual el mundo se presentaba como un campo de batalla a analizar. El sol se estrellaba contra los cristales, pero no lograba disipar la tensión latente en su rostro, una máscara de seriedad imperturbable, como si la alegría fuera un lujo del que había sido despojado. El cabello oscuro, rebelde ante la caricia del viento seco, caía en mechones rebeldes sobre su frente, suavizando apenas la dureza de sus facciones, pero sin restarle la aura de peligro latente.

El calor era un abrazo sofocante para cualquiera, un tormento para los mortales. Para él, era un murmullo familiar, una prueba más. Había algo en su forma de caminar, ajeno al frenesí de la ciudad, como si fuera un fantasma destinado a cruzar el umbral de Los Ángeles, no como un destino, sino como una condena. Mientras los autos pasaban como cometas de metal caliente, levantando estelas de aire hirviente a su alrededor, él continuaba. Imperturbable. Inquebrantable. Como si no caminara hacia una ciudad, sino hacia un abismo que lo esperaba.

De repente, el rugido del motor de una Ford F-100 destartalada rompió la monotonía del asfalto. Se detuvo a su lado, un anacronismo metálico bajo el sol abrasador.

—Buenas tardes, hijo —la voz rasposa de un hombre mayor, teñida de una preocupación genuina, rompió el silencio—. ¿A dónde te diriges a esta hora y con este calor?

Una pareja de ancianos, el tiempo grabado en el rostro como un mapa de experiencias, lo observaban con una mezcla de curiosidad y alarma. Caminar bajo ese sol era un suicidio lento.

—Buenas tardes —respondió Luke, su voz un eco grave, profundo—. Me dirijo a Los Ángeles, California.

—Nosotros vamos hacia allá, súbete, hijo —la mujer, con una dulzura que contrastaba con la aspereza del entorno, extendió una invitación—. Con este sol te dará un golpe de calor.

—Muchas gracias.

Con un movimiento fluido, Luke lanzó la mochila en la caja de la camioneta y se acomodó en el asiento del copiloto. La anciana, con la ternura de una madre, le ofreció una gorra polvorienta y una botella de agua fría, junto a un sándwich envuelto en papel encerado.

—No se moleste —murmuró él, la cortesía un eco distante en su voz.

—Por favor, hijo, debes estar hambriento y sediento —insistió ella, sus ojos brillando con una compasión que Luke creía olvidada—. Tómalo.

Ante la mirada insistente de la mujer, Luke cedió. El sándwich, casero, de un sabor terrenal y reconfortante, se deshizo en su boca, un bálsamo para días de privaciones. El agua fría, un elixir que extinguió la sed que ardía en su garganta. Hacía tanto tiempo que no sentía esa calidez, esa simpleza reconfortante.

Mirando por la ventana, la línea azul del océano apareció en el horizonte, una promesa de libertad, de un nuevo comienzo. Estaba en casa. O al menos, en el umbral de ella. Pero mientras el paisaje se desplegaba ante sus ojos, una pregunta oscura y persistente se revolvía en las profundidades de su ser: ¿había vuelto a casa, o solo se dirigía a otra trampa tejida por el destino? El mar, testigo silencioso de innumerables historias, guardaba la respuesta. Y Luke, con la dureza grabada en cada fibra de su ser, estaba listo para enfrentarla.

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Elizabeth Sánchez Herrera
➕ más ➕ capítulos
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