Wishcalia es una mujer de carácter férreo: fuerte, dominante y acostumbrada a que nadie le doble la voluntad.
Al conocer a Alexander, un amor profundo e inesperado nace entre ellos. Se casan, forman una hermosa familia y llenan su hogar de risas y hijos. Juntos parecen invencibles.
Sin embargo, la armonía se quiebra cuando su suegra empieza a manipular y sembrar conflictos con sus intrigas. Como si eso no fuera suficiente, el primer amor de Alexander reaparece con una pasión renovada, removiendo viejos sentimientos y poniendo a prueba los límites de su matrimonio.
Entre celos, secretos familiares y deseos del pasado que resurgen con fuerza, Wishcalia deberá usar toda su fuerza y astucia para proteger lo que más ama. Porque en esta historia, incluso la mujer más poderosa puede verse obligada a luchar por su felicidad.
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La declaración de guerra
Wishcalia despertó con la primera luz del amanecer. Alexander dormía profundamente a su lado, con el brazo alrededor de su cintura en un gesto protector que, en otras circunstancias, la habría hecho sonreír. Hoy solo sentía una determinación fría. Se levantó sin hacer ruido, se puso una bata de seda y bajó a la cocina. Preparó café negro fuerte y se sentó en la isla con su laptop abierta.
El informe del detective había llegado a las 5:47 a.m. Camila y Elena se habían reunido la noche anterior en un café exclusivo del centro. La conversación había durado casi dos horas. Según las notas del detective, Elena había dicho textualmente: “Si no podemos sacarla por las buenas, tendremos que hacerlo por las malas. Alexander siempre ha sido débil con las mujeres fuertes. Necesita a alguien que lo guíe, no que lo domine”.
Wishcalia guardó el archivo en una carpeta encriptada titulada “Evidencia”. Luego abrió su agenda y marcó una reunión con su abogado para esa misma mañana.
A las ocho en punto, Alexander bajó con Mateo de la mano y Sofía en brazos. Los niños todavía estaban en pijama, con el cabello revuelto y sonrisas somnolientas.
—Buenos días, mi reina —dijo Alexander, acercándose para besarla.
Wishcalia le devolvió el beso, pero fue breve y controlado.
—Buenos días. Hoy tengo una reunión importante a las diez. ¿Puedes llevar a los niños al colegio y quedarte con ellos hasta que yo regrese?
Alexander frunció el ceño ligeramente.
—¿Todo bien?
—Todo bajo control —respondió ella con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Solo quiero estar segura de que nada interfiera con nuestra familia.
Después de despedir a los niños con besos y abrazos, Wishcalia se vistió con uno de sus trajes más imponentes: pantalón negro de corte perfecto, blusa de seda blanca y tacones altos. Se miró en el espejo del vestidor y enderezó los hombros. Hoy no era solo una esposa defendiendo su matrimonio. Hoy era una mujer dispuesta a proteger su imperio familiar con la misma ferocidad con la que había construido su carrera.
La reunión con el abogado duró casi dos horas. El licenciado le presentó varias opciones: una carta formal de advertencia a Elena, una solicitud de supervisión de visitas y, en caso extremo, una medida cautelar para restringir el contacto si se demostraba manipulación emocional hacia los niños.
—Señora Wishcalia, con las pruebas que tiene (mensajes, registros de llamadas y el informe del detective), tenemos un caso sólido. Pero le recomiendo empezar con algo menos agresivo. Una carta notariada puede ser suficiente para que su suegra entienda que va en serio.
Wishcalia negó con la cabeza.
—No quiero “suficiente”. Quiero que entienda que no hay vuelta atrás si cruza la línea otra vez. Prepare la carta. Y prepare también la solicitud de supervisión. La quiero lista para firmar en cualquier momento.
Salió de la oficina del abogado con una carpeta gruesa bajo el brazo. En el auto, llamó a Alexander.
—¿Cómo están los niños?
—Bien. Mateo está en clases y Sofía está en la guardería. ¿Quieres que pase por ti?
—No. Voy a casa. Necesito que hablemos cuando llegues.
Alexander llegó poco después del mediodía. Wishcalia lo esperaba en la sala principal, sentada en el sillón grande con las piernas cruzadas. Sobre la mesa de centro estaba la carpeta con la carta notariada.
—Lee esto —dijo ella sin preámbulos, entregándosela.
Alexander leyó en silencio. Su expresión se fue endureciendo a medida que avanzaba.
—Wishcalia… esto es muy fuerte. Le estás prohibiendo a mi madre venir sin invitación previa y le adviertes que cualquier intento de contactar a Camila cerca de los niños será considerado manipulación.
—Exacto —respondió ella con calma—. Y si no lo respeta, pasaremos a la siguiente fase. Supervisión de visitas o restricción temporal.
Alexander se pasó una mano por la cara.
—Es mi madre. ¿No podemos intentar hablar primero?
—Ya hablamos. Varias veces. Y cada vez que hablamos, ella trae a Camila o hace una escena. Ya no estoy dispuesta a seguir negociando mi paz ni la de mis hijos.
Alexander se sentó frente a ella, mirándola con una mezcla de admiración y preocupación.
—Eres increíblemente fuerte. A veces me asusta lo lejos que estás dispuesta a llegar.
Wishcalia se inclinó hacia adelante y tomó su mano.
—No es fuerza lo que me asusta. Es la debilidad. Si permito que tu madre y Camila sigan entrando en nuestra vida como si tuvieran derecho, un día los niños van a sufrir. Y yo no voy a permitirlo. ¿Estás conmigo en esto?
Alexander apretó su mano.
—Estoy contigo. Firmaré lo que sea necesario.
Esa tarde enviaron la carta notariada a Elena por mensajería certificada. Wishcalia se sintió más ligera, como si hubiera recuperado un poco del control que tanto valoraba.
Pero la respuesta no tardó en llegar.
A las siete de la noche, mientras la familia cenaba juntos, el teléfono de Alexander sonó. Era Elena. Él miró a Wishcalia antes de contestar. Ella asintió.
—Madre… sí, recibimos la carta. No, no es negociable… Mamá, por favor… Entiende que esto es por el bien de los niños.
La voz de Elena se escuchaba alta incluso desde el otro lado de la mesa.
—¡Esa mujer te tiene completamente dominado! ¡Camila nunca te habría tratado así! ¡Ella te respeta!
Alexander cerró los ojos un momento.
—Wishcalia es mi esposa. La madre de mis hijos. Y si no puedes respetarla, entonces sí, tendrás que aceptar las consecuencias.
La llamada terminó con Elena llorando y colgando bruscamente.
Wishcalia extendió la mano y tomó la de Alexander por encima de la mesa.
—Gracias —dijo en voz baja—. Sé que no es fácil.
Después de acostar a los niños, la pareja subió al dormitorio. Wishcalia cerró la puerta y se acercó a Alexander con pasos lentos y deliberados. Llevaba puesto un camisón corto de encaje negro que dejaba poco a la imaginación.
—Esta noche —susurró mientras le desabotonaba la camisa— quiero que olvides todo lo demás. Solo nosotros.
Lo empujó suavemente contra la cama y se subió sobre él. Sus manos recorrieron el cuerpo de Alexander con posesión absoluta. Cada beso, cada caricia era una afirmación: él era suyo y nadie más lo tendría. Alexander se entregó por completo, gimiendo su nombre mientras Wishcalia marcaba el ritmo, exigente y apasionada. El placer fue intenso, casi salvaje, como si ambos necesitaran reafirmar su unión después de tanta tensión.
Cuando terminaron, exhaustos y abrazados, Alexander le acarició el cabello.
—Eres mi todo, Wishcalia. No lo dudes nunca.
Ella sonrió contra su pecho, pero en su mente ya planeaba el siguiente movimiento.
A la mañana siguiente, mientras Wishcalia revisaba correos en su despacho, recibió una llamada de un número desconocido. Contestó con voz firme.
—¿Sí?
—Wishcalia… soy Camila. Por favor, no cuelgues. Solo quiero decirte algo importante.
Wishcalia se recostó en su silla.
—Habla rápido.
—Elena me contó lo de la carta. Está destrozada. Pero hay algo que no sabes. Alexander y yo… nunca terminamos realmente. Antes de que tú aparecieras, teníamos planes de casarnos. Él me prometió que si alguna vez regresaba, lo intentaríamos de nuevo. Solo quiero que sepas que no soy la villana aquí. Solo soy una mujer que todavía ama al padre de la hija que perdí.
Wishcalia sintió un golpe en el pecho, pero su voz no tembló.
—¿Hija?
—Sí —respondió Camila con voz quebrada—. Tuve una hija con Alexander hace años. La perdí en un aborto cuando él decidió irse al extranjero. Él nunca te lo contó, ¿verdad?
El silencio que siguió fue ensordecedor.
Wishcalia apretó el teléfono con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos.
—Camila… si esto es otra de tus mentiras, te vas a arrepentir.
—No es mentira. Pregúntale a él. Pregúntale por la carta que me escribió antes de conocerte. Pregúntale por qué nunca quiso tener más hijos después de Mateo y Sofía.
Wishcalia colgó sin decir una palabra más.
Se quedó mirando la pared durante varios minutos, con el corazón latiéndole con fuerza. Luego se levantó, caminó hasta la ventana y apretó los puños.
Alexander le había ocultado algo tan grande.
La grieta que había tratado de cerrar acababa de abrirse de nuevo, más profunda que nunca.
Wishcalia respiró hondo y cuadró los hombros.
No iba a derrumbarse.
Iba a confrontarlo.
Y esta vez, no aceptaría medias verdades.