Cande, ceo de una gran empresa, muere y reencarna en Fiorella. Volviéndose la niñera del hijo del villano. El frívolo Giovanni. Tiene que proteger al niño para que no muera de una traición por parte de la corona. De lo contrario, ella es quien morirá. ¿lo malo a parte de que su vida depende de un niño? Es que nunca tuvo uno o cuido tan siquiera. Por eso, el joven amo le resulta tan estresante.
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Capitulo 7: Ataque.
El ambiente del castillo se volvió más rígido; aparecieron más guardias en los pasillos, hombres que antes no había visto, armaduras nuevas, turnos dobles. Las sirvientas dejaron de conversar mientras trabajaban, los cocineros ya no bromeaban.
Fiorella lo notó desde la mañana.
Se despertó con esa sensación incómoda de que algo no encajaba, como siempre, se vistió rápido, se recogió el cabello y salió al pasillo, contó tres guardias donde normalmente había uno, dos puertas cerradas que solían estar abiertas, y un silencio extraño a esa hora en que el servicio ya debería estar corriendo de un lado a otro.
No preguntó. Porque aprendió que cuando el castillo está en demasiado silencio, es porque algo se avecina.
Desde ese día dejó de confiar incluso en los rostros conocidos.
La cocinera que le había dado pan extra semanas atrás, el chico que limpiaba las lámparas, el anciano que cuidaba el jardín; los miraba a todos con la misma distancia, no por crueldad sino por necesidad. Si bajaba la guardia, si asumía que alguien era inofensivo, Gabriel pagaría el precio.
Y ella también.
Gabriel percibió el cambio enseguida.
Ya no se separaba de ella.
Mientras Fiorella ordenaba la habitación, él se sentaba en la cama y la observaba en silencio, abrazando las rodillas.
—Estás rara otra vez —murmuró una tarde.
—Estoy igual que siempre.
—No, no es verdad, cuando te pones así eres más callada.
—No tengo motivos para hablar tanto.
—Antes sí.
Fiorella dobló una camisa pequeña, la guardó con cuidado. Gabriel frunció el ceño.
—¿Va a pasar algo?
Ella se detuvo un segundo, lo miró de frente.
—No lo sé, y justamente por eso me preparo.
—No quiero que te pase nada.
—Entonces obedece todo lo que te diga, sin discutir.
—Si eso hace que estés bien. Lo haré.
—Yo debería decírtelo.
El niño bufó, pero no respondió; bajó de la cama y se acercó a ella, le tomó la manga con disimulo, como si no quisiera que ella notara el gesto.
Fiorella fingió no verlo, pero caminó más despacio para que él pudiera seguirle el paso.
Esa noche decidió acomodar personalmente la habitación antes de dormir.
Revisó las ventanas, tocó los marcos, comprobó que no hubiera huecos, miró debajo de la cama, detrás del armario, dentro del baúl; cambió el agua de la jarra, olió las mantas, dejó el cuchillo pequeño escondido bajo la almohada, algo que nadie sabía.
Gabriel la miraba desde el colchón.
—Pareces un guardia—dijo.
—Peor, soy tu niñera.
—Los guardias no revisan tanto.
—Los guardias no te quieren tanto.
El niño se quedó callado, sorprendido.
—¿De verdad?
— Sí.
— Pensé que solo te obligaban.
— Al principio sí, ahora no. Creo que me acostumbré a tus malcriades.
Gabriel bajó la mirada, sus orejas se pusieron rojas.
— Entonces… quédate aquí hasta que me duerma.
— Me quedaré.
Se sentó a su lado, acomodó la manta, le pasó la mano por el cabello con torpeza, todavía no se acostumbraba a ese tipo de gestos.
El silencio era tranquilo. Demasiado. Pero el golpe en la puerta rompió todo. La madera se abrió de golpe contra la pared.
Tres hombres armados irrumpieron sin aviso.
—¡Agárrenlo!
—¡Rápido!
—¡No lo dejen escapar!
No hubo tiempo para pensar.
Fiorella no gritó, pero su cuerpo se movió antes que su mente; se lanzó sobre Gabriel, lo empujó contra el colchón y lo cubrió con su propio cuerpo, abrazándolo fuerte, encorvada para taparle la cabeza.
—¡No te muevas! —le susurró— ¡No mires!
Sintió el primer golpe en la espalda, contundente, la hizo perder el aire.
—¡Quítenla!
—¡Apártenla!
Intentaron jalarla del brazo.
Ella forcejeó, pateó, arañó.
—¡No lo toquen!
—¡Suéltalo, mujer!
—¡Mátame a mí primero!— saco el cuchillo oculto bajo la almohada y se la clavo al tipo en la mano.
Contuvo su grito. Luego uno de ellos la golpeó en la cara, vio luces blancas por un segundo.
Gabriel gritaba.
—¡Fiorella! ¡Fiorella!
—¡Cállate! —ella apretó más fuerte— ¡Cierra los ojos!
Sintió algo afilado. Un corte limpio en el costado con su propio cuchillo. Fue un dolor inmediato. Luego la sensación húmeda de la sangre atravesando la tela.
El aire le tembló en el pecho.
—¡La herí!
—¡Apártala ya!
—¡Muévete!
Ella no se movió.
Apretó más al niño.
—No… —murmuró— no te lo voy a dar…
—¡Estás sangrando!
—¡No me importa!
Gabriel lloraba sin control. Su sangre caía encima de él.
—¡No te mueras! ¡No te mueras, por favor!
—Estoy bien… estoy bien… —mintió— quédate quieto…
Las voces empezaron a bajar. Fiorella parpadeó. Esperaba que la arrastraran, que la patearan, que terminaran el trabajo.
Pero no.
Los hombres retrocedieron ordenados, como soldados que reciben una señal. No como asesinos.
Algo no cuadraba.
Levantó la vista con dificultad. La puerta seguía abierta. Y allí estaba él. Giovanni. De pie, recto, las manos detrás de la espalda, observando la escena sin alterarse, sin una sola emoción visible.
Sus ojos recorrían el cuarto como si estuviera evaluando una decoración.
Fiorella entendió. No era un ataque real. Era una prueba. Era esa maldita prueba.
La rabia le subió más fuerte que el dolor.
Intentó hablar.
—Maldito loco...
La vista se le nubló.
El suelo se inclinó. Escuchó a Gabriel gritar su nombre otra vez, sintió sus manos pequeñas agarrando su ropa.
—¡Fiorella! ¡Despierta! ¡No te duermas!
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