Dentro de nosotros hay una batalla entre dos fuerzas. Unos le llaman el bien contra el mal. Otros en cambio le llaman destino. Pero para Saulo Di Ángelo de Abner esa eterna contienda estaba en las páginas gastadas de un antiguo libro. De pronto sentía el peso de todos sus ancestros a sus espaldas. Pedían sin voz que escuchará y estuviera quieto porque era el resultado del amor de miles antes que él.
¿Podrá cambiar lo que está escrito? ¿Quién triunfará en su alma? El bien, el mal... Acompañame en esta nueva obra y descubrirás si el destino puede torcerse.
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Nuevos amigos
El día que Camila llegó al Palacio de Abner estaba lloviendo y era casi de noche. La lluvia traía consigo una bendición para aquella tierra y este Reino casi desértico. La sequía había sido muy intensa. Así que por las calles se podía ver a la gente mojándose en ella con verdadera alegría. Para Camila esto era incomprensible e inverosímil. Se recordó que no estaba en Castela. Aquí en Abner las personas tenían costumbres muy diferentes y el agua era considerada sagrada.
Estaba tan agotada por el viaje, pero también por la incertidumbre. Gracias a una medicina suministrada por el Duque Costa Rivera durante la travesía. Cuyo componente principal, explicó que era un mineral procedente del Marquesado de sus abuelos Del Alba, llamado rodrocrositas, pudo conciliar un sueño reparador. Pero aunque gracias a la medicación en sus noches ya no había pesadillas, ahora el problema eran los días. Se la pasaba ansiosa. Cada Kilómetro que la acercaba a Abner le apretaba el corazón. Estaba atrapada por el horrible sentimiento de indecisión. Se debatía entre seguir adelante o volver atrás, pero a pesar de ello continuó hasta el final por cobardía y también un poco de rebeldía y ahora estaba aquí.
Su tío Saulo la estaba esperando. Hablaron por el camino sobre la familia, el pueblo y la Academia. Él, la conducía a los aposentos que ocuparía ese año. Cual no sería la sorpresa de la muchacha al reconocer el pasillo mágico de su niñez. Esta vez no había música. Un silencio cubría el paisaje y allá al final de los magníficos arcos se asomaba tímida la luna. Esto era como volver a ser niña, aunque esta vez no estaba pérdida y al parecer se le permitía el acceso a tan ilustre lugar, sin embargo, su tío Saulo la llevó a la misma habitación que un día visitó clandestinamente. Sus ojos buscaron la mesa donde estaba la caja de música. Allí estaba, pero cerrada.
- ¿Te gusta Mila?
- Sí es preciosa.- y decía la verdad, era increíble que de todas las habitaciones fuera precisamente esta la que le ofrecieran. Pensó que la vida era tan loca. Lo reparó todo curioseó un poco por aquí y por allá bajo la complacida mirada de su tío. Luego se detuvo y con algo de duda le preguntó:- ¿Pero está bien que yo me quedé aquí? Esto parece un aposento real.
- Y lo es, pero tú eres mi familia y vivirás un año conmigo. No pienso alojarte en una habitación de invitados.
- Gracias. Estoy conmovida por este detalle. ¿Estás seguro de que a Gabriel no le molestará?
- No, para nada. Fue él quien propuso que te alojaras aquí. Es un lugar muy grato y especial para él. Esta era la habitación de Amalia su madre.
- ¿Dios mío, dices que esta habitación era de la Reina?
- Sí, pero no te preocupes. Se han retirado todas las ropas y los efectos personales. Podrás acomodar tus cosas sin problemas. - Gabriel entró en ese momento y le dio la bienvenida a su sobrina política. Luego le dijo:
- Disculpa que retrasara mis saludos, pero Saulito no se quería dormir. Últimamente tiene pesadillas y se levanta gritando, pero hablemos de eso después. Lo he mencionado por si lo escuchas esta noche, no te vayas a asustar. Mira te tengo un regalo muy especial. Esto ha pasado de generación en generación en la familia. Mi madre fue su última dueña. Ahora te la regalo a ti como bienvenida a Abner y a nuestras vidas.- Gabriel le había obsequiado la caja de música.- Se activa cuando se levanta la tapa. La melodía fluyó con su innegable belleza, pero para Camila cada acorde activaba un verdadero horror. Dios del cielo. Con esa música empezó todo. Ahora lo sabía. Se estaba erizando hasta la raíz del pelo. La melodía llegó a su fin. Y entonces se escuchó un agudo grito de terror.
Ella no pudo fingir más y cerró la tapa de la cajita. Como si con esa acción pudiera detener los acontecimientos. Por suerte Gabriel y Saulo no la estaban mirando o pensarían que era una malagradecida. La preocupación de esos dos estaba con Saulito. Ella se ofreció a acompañarlos. Encima de la mesa quedó la caja abandonada y la chica pensaba esconderla en lo más profundo del baúl que no usaría. Esa noche se ofreció a dormir con su primo. Saulito la miró con verdadera adoración. Lo que el niño no sabía es que ella estaba más aterrada que él y por eso aunque él nunca había sido santo de su devoción hoy lo toleraba.
Gabriel y Saulo esperaron junto a su hijo a que la chica regresara. Había ido a cambiarse el atuendo y colocarse el de dormir. Camila acostumbrada en su casa a caminar en negligé hizo aquí lo mismo. Los soldados giraban la cara a su paso y Saulo quedó consternado. Mañana tendría que explicarle a esta niña que no podía caminar por ahí como si nada con semejante vestimenta y con ese cuerpo que ya empezaba a mostrar seductoras curvas. Hasta Saulito quedó hipnotizado y olvidó la reciente pesadilla. Su prima era una muchacha linda y recién se acababa de dar cuenta. Camila que se había cambiado a la velocidad de la luz, pues la habitación de Amalia le daba verdadero pavor, lo abrazó como si de un peluche se tratara. Esa noche los dos durmieron bien y ninguno tuvo pesadillas.
A la mañana siguiente Saulito fue el primero en despertar. Se extrañó al sentir unos brazos suaves que rodeaban su cuerpo y después recordó que su prima había llegado por la noche y lo había ayudado a dormir. Esta vez no se había orinado en la cama. Se sintió orgulloso. Tenía diez años. Una doncella entró con ropa para la chica. La había enviado Gabriel. No quería que la joven se paseara por ahí con su revelador atuendo nocturno. La condenada era igualmente inconsciente que su madre. Después del desayuno Saulo pasó por su sobrina. La llevaba a la Academia de música y baile. Ella observaba las calles de Abner fascinada desde la carroza. Aquí era tan diferente de casa. Había venido antes a este Reino, pero siempre se alojaba en el palacio. Nunca había caminado por la laberíntica ciudad. Esta era exótica por describirla de alguna manera.
La laberíntica ciudadela de Abner
La Academia era un edificio de tres plantas, toda una rareza si se comparaba con las construcciones de alrededor. Según le explicó su tío. Este lugar lo había diseñado su madre. ¿Por qué no le sorprendía? Algo tan único solo podía ser obra de Santa Sol su inalcanzable progenitora. Camila por dentro reprimía el sentimiento de envidia. Era una batalla que tenía consigo misma casi todos los días. Quería superar a su madre en algo. Lo que fuera. El resto del día lo pasó tocando el piano o a veces el arpa, pero con lo que de verdad quedó fascinada fue con el violín. Este último instrumento le gustó más que todos y no le importó que también fuera uno de los inventos de su madre.
Aunque era más difícil de dominar de lo que ella pensaba, pero se decidió. Quería aprender a tocar este en específico. En consonancia con su decisión, Saulo le presentó a dos alumnos, explicándole que la dejaba en sus capaces manos para que se familiarizara. La muchacha era bonita con un cabello ondulado rojizo y unos ojos francos y transparentes. Tenía un aire de fragilidad que daba ganas de proteger. El joven era apuesto apesar de que tenía una cicatriz en su mejilla izquierda, pero eso le daba un aire seductor de chico malo. Sus rasgos faciales eran delicados, pero varoniles. Según su tío ellos eran los mejores estudiantes de la Academia de música y baile.
Un tanto cohibida se presentó solo como Lady Camila sin más apellidos. Ellos a su vez dijeron llamarse Kai y Lucía de Santa Cruz. Eran hermanos. Tenían catorce años igual que ella. La chica poseía un talento profundo con el violín. Sacaba sonidos tan puros y hermosos que Camila llegó incluso a llorar pues la melodía evocaba un sentimiento de nostalgia. En el caso del joven, también era extraordinario con dicho instrumento, pero su verdadero don era escribir y componer la música en algo que llamó partituras.
Él le mostró una hoja con las "partituras" y ella quedó conmocionada. Era el mismo lenguaje extraño que tenía la caja de música de Amalia. Estaba fascinada por el misterio. Ya su decisión no le parecía tan loca. Iba a aprender ese idioma y desentrañaría su secreto. Era evidente que alguno poseía, pues según estos chicos la escritura de la música era algo nuevo en este mundo. ¿Entonces cómo podía ser esto cierto, si según Gabriel, la caja era muy antigua? Por primera vez en su vida Camila socializó con desconocidos y se sintió muy a gusto. Cuando se enteraron que ella era de Castela la volvieron loca con tantas preguntas. Comentaron que su mayor deseo era matricularse en la Academia Delta Adhara cuando cumplieran los quince. Ya habían enviado incluso la solicitud.
Le contaban con alegría que su papá el Marqués de Santa Cruz había visitado Castela y siempre decía que a partir de ahí es que comenzó a vivir de verdad. También su madre les contaba que estudió allí y era una de las épocas más hermosas de sus vidas. De hecho fue ella quien le escribió a los Señores Cael y Soledad Flamme para pedir que los aceptarán como alumnos el próximo año en la Institución. Su madre era amiga de ellos.
Camila terminó confesando que esos eran sus padres un poco amoscada, pues hasta aquí se extendía la sombra de sus progenitores. Los hermanos le hicieron un montón de preguntas sobre su madre y ella se las contestó todas. A ellos les gustó que a pesar de que Camila era hija de la Santa y miembro de dos familias reales, no fuera presumida. A la muchacha a su vez le agradó que aquellos hermanos, a pesar de su curiosidad la vieran a ella, como algo separado de sus padres. Y así como por azar y capricho del destino empezaron una amistad que trascendería en la historia de los dos Reinos.
...Kai de Santa Cruz...
...Lucía de Santa Cruz...