Una coreografía letal de obsesión y traición donde el deseo se convierte en el arma más afilada de una venganza que busca destruir la corona del verdugo y la inocencia de la víctima.
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Capítulo 17: El santuario de los proscritos
El motor de la camioneta de Javier rugía mientras devoraba los kilómetros de la carretera secundaria que serpenteaba hacia el norte, alejándose de las luces rojas y azules que aún parpadeaban en el campus de Saint-Michel. El silencio en el habitáculo era denso, interrumpido solo por el pitido constante de la laptop de Mateo, que seguía procesando los datos robados del Nodo Zero.
—¿A dónde nos llevas, Javier? —preguntó Adrián, limpiándose una mancha de aceite de la mejilla. Su voz sonaba hueca, como si una parte de él se hubiera quedado atrapada en aquel sótano.
—A un lugar que no figura en los mapas del Servicio de Inteligencia —respondió Javier sin apartar la vista del camino—. Beatriz ha infiltrado mi unidad. Ya no puedo confiar en mis superiores. El "Archivo Cero" que Matt liberó ha causado un cortocircuito en las altas esferas. Ahora mismo, nadie sabe quién es aliado y quién es enemigo.
La cabaña en el límite del mundo
Dos horas después, la camioneta se detuvo frente a una estructura de madera y piedra oculta bajo la sombra de unos pinos centenarios. Era una cabaña de aspecto rústico, pero al entrar, Mateo notó inmediatamente las antenas de comunicación satelital y los cristales reforzados.
—Bienvenidos a la "Caja de Sombras" —dijo Javier, dejando su arma sobre la mesa de madera—. Aquí no hay señal de celular que no pase por mis filtros. Estaremos seguros... al menos por doce horas.
Javier se dirigió a una habitación contigua para iniciar las comunicaciones con sus contactos leales, dejando a Mateo y Adrián solos frente a la chimenea apagada. La adrenalina empezaba a bajar, dejando paso a un frío que calaba hasta los huesos.
El estallido de la fragilidad
Adrián se dejó caer en un viejo sofá de cuero, cubriéndose el rostro con las manos. Los hombros le temblaban. Mateo se acercó con cuidado, sentándose a su lado.
—Adri...
—No puedo más, Mateo —soltó Adrián, levantando la vista. Sus ojos estaban inyectados en sangre—. Cada vez que intentamos construir algo, ella lo quema. La universidad, nuestras identidades, nuestra paz... Todo lo que toco se convierte en cenizas. Thorne tenía razón en algo: somos pasivos que deben ser liquidados.
Mateo lo tomó por las manos, obligándolo a sentir su pulso.
—Thorne es un peón, igual que nosotros lo fuimos alguna vez. Pero lo que hicimos hoy en el Nodo Zero... eso no fue una huida. Fue un golpe al corazón del sistema. Ya no estamos a la defensiva, Adri. Hemos obligado a Beatriz a salir de su escondite.
—¿Y a qué precio? —gritó Adrián, poniéndose de pie bruscamente—. ¡Ahora somos criminales nacionales! ¡Tu carrera de arquitectura, mi título de derecho... todo se ha ido! ¡Estamos en una cabaña en medio de la nada esperando a que unos mercenarios vengan a terminarnos!
Mateo se levantó también, su calma habitual quebrándose ante la angustia de su pareja.
—¡Lo hice para salvarte! ¡Si no instalaba ese virus, Thorne te habría incriminado como el autor del robo! ¡Preferí que el mundo nos odiara como fugitivos a que te viera como un ladrón de pensiones!
La tensión explotó. No fue una discusión de palabras, sino una colisión de cuerpos. Adrián empujó a Mateo contra la pared de piedra, no con odio, sino con una desesperación devoradora. Se besaron con una violencia que sabía a miedo, a rabia y a un deseo que era lo único que los mantenía anclados a la realidad. En ese santuario improvisado, el romance se volvió un acto de resistencia.
La sombra de la Viuda Negra
Mientras tanto, en una suite privada de una clínica de lujo que servía como su base de operaciones secreta, Beatriz de la Vega observaba las noticias en una pared llena de monitores. El escándalo de Saint-Michel estaba en todos los canales.
—Han sido creativos —murmuró Beatriz, acariciando el borde de una copa de cristal—. El chico tiene talento para el caos.
Silas Thorne estaba de pie a su lado, con un vendaje en el brazo debido a la descarga eléctrica de la puerta del Nodo Zero. Su orgullo estaba herido, y eso lo hacía doblemente peligroso.
—La policía federal está emitiendo órdenes de captura, señora —dijo Thorne—. Pero mis hombres han localizado la señal del bloqueador de Javier cerca del sector forestal. Estarán allí en menos de dos horas.
Beatriz se giró, su mirada gélida clavándose en Thorne.
—No quiero que los maten todavía. Quiero que me traigan a Mateo. Adrián es mi hijo, él volverá al redil cuando se quede solo. Pero el arquitecto... el arquitecto necesita entender que en este mundo, las estructuras más hermosas son las que se construyen sobre el dolor de los demás. Tráeme a Mateo vivo. A Adrián... puedes romperle las piernas si es necesario.
El amanecer de la cacería
En la cabaña, el momento de intimidad fue interrumpido por el pitido estridente de la laptop de Mateo. Se separó de Adrián, respirando con dificultad, y corrió hacia la pantalla.
—Javier, ¡están aquí! —gritó Mateo.
Javier salió de la habitación con el rostro pálido.
—Han hackeado los satélites civiles para triangular el rebote de mi señal. No son federales, son el grupo táctico de Thorne. Mercenarios privados.
—¿Cuántos? —preguntó Adrián, recuperando la compostura y agarrando un cuchillo de caza de la pared.
—Suficientes para rodear el perímetro —respondió Javier, entregándole a Mateo una pistola compacta—. Matt, tú quédate en el terminal. Si logran entrar, tienes que borrar el rastro del servidor de la universidad permanentemente. Adrián, conmigo a la línea de defensa.
La noche se llenó del sonido de rotores de helicópteros acercándose y el crujido de ramas bajo botas tácticas. Mateo se sentó frente a la computadora, sus dedos volando sobre el teclado mientras las lágrimas de frustración empañaban su visión. Estaba haciendo lo que mejor sabía hacer: construir muros digitales, mientras el hombre que amaba salía a enfrentarse a las balas.
—Mateo —dijo Adrián desde la puerta, justo antes de salir al frío exterior.
Mateo levantó la vista.
—Si no salimos de esta... —empezó Adrián.
—Saldremos —le interrumpió Mateo con una firmeza que no sentía—. Porque todavía tengo que diseñarte esa casa frente al mar que te prometí. Y los cimientos van a ser de verdad esta vez.
Adrián sonrió, una sonrisa triste pero valiente, y desapareció en la niebla.