Renace en el cuerpo de Sigrid, una hermosa mujer, que sufre por un mal amor.. Pero ella lo cambiará todo..
* Esta novela pertenece a un gran mundo mágico *
** Todas novelas independientes**
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Mansión Palmer
Al día siguiente, cuando el sol apenas se filtraba por las enormes ventanas de la mansión Palmer, Wyatt ya estaba despierto. No había dormido mucho.. otra vez.. pero al menos tenía una decisión clara.
Henry llegó puntual, como siempre, con una carpeta bajo el brazo.
—El informe sobre Lady Richardson, mi lord.
Wyatt lo tomó con gesto neutro, aunque por dentro ardía de impaciencia. Lo abrió y comenzó a leer.
Pueblo de la Rosa.
Distribución de alimentos.
Reunión con curandera local.
Clases improvisadas para niños…
Y al final, casi como una nota al margen..
Se la ve feliz.
Wyatt cerró la carpeta con cuidado. Feliz. Ella estaba feliz… solo que no con él.
Suspiró.
Muy hondo.
—Prepara mi caballo —ordenó de pronto.
Henry parpadeó.
—¿Irá… usted mismo?
—Sí.
—¿Al… Pueblo de la Rosa?
—Sí.
Wyatt lo miró de reojo con calma peligrosa. Henry inclinó la cabeza.
—Enseguida, mi lord.
Porque claro.. Wyatt Palmer no era hombre de visitas sociales.
No estaba dispuesto a permitir que Sigrid caminara tranquila creyendo que el mundo era una novela romántica… cuando en realidad Wilson y Wilder ya estaban escribiendo el final por ella.
Tenía que advertirla. Aunque eso significara enfrentar directamente su enojo.
El caballo negro avanzó por el camino polvoriento hasta que las casas humildes del Pueblo de la Rosa comenzaron a aparecer. Wyatt sintió esa mezcla de calma y realidad cruda que siempre lo golpeaba en ese lugar.
Y entonces la vio.
Sigrid estaba sentada en un banco de madera, rodeada de niños mientras les contaba una historia con gestos dramáticos, manos en el aire y expresiones tan vivas que los pequeños parecían hechizados. Su cabello rojo brillaba al sol, y su risa llenaba el aire.
Un ángel teatral.
De peligrosos colmillos… pero ángel al fin.
Ella levantó la vista y lo vio.
Por un instante su sonrisa vaciló.
No se acercó corriendo.
No hizo bromas.
No lanzó guiños.
Solo lo miró… tranquila. Educada. Distante.
Y eso dolió más que cualquier bofetada.
Cuando terminó con los niños, caminó hacia él con paso elegante, Vera siguiéndola a prudente distancia como escolta moral.
—Duque Palmer —lo saludó, cortés.
Nada de “Wyatt”.
Nada de sonrisa coqueta.
—Lady Richardson —respondió él, inclinando apenas la cabeza.
Se quedaron en silencio unos segundos. El aire parecía pesar.
—Quisiera hablar con usted —dijo Wyatt al fin—. En privado.
Sigrid lo observó… y aceptó con un leve gesto. Caminaron unos pasos lejos de la gente, pero no tanto como para parecer secreto. Elegante, responsable… distante.
Wyatt respiró hondo.
No era hombre de rodeos.
—Vine a decirle algo importante. Algo que debe saber sobre… mi familia.
Los ojos de Sigrid se elevaron hacia él, curiosos… pero firmes. No lo interrumpió.
—Anoche escuché una conversación entre mi hermano y Wilder —continuó—. Wilson le ordenó disculparse con usted. No porque realmente lo lamentara, sino porque espera que, cuando se casen, usted le entregue a él —y por extensión, a nuestra familia— toda la fortuna Richardson.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire.
Wyatt siguió, con voz grave..
—No planean cortejarla. Planean… usarla.
Sigrid permaneció inmóvil.
No lloró.
No se sorprendió de forma dramática.
Solo frunció suavemente los labios… y sonrió. Una sonrisa irónica, cansada.
—Ya veo —dijo al fin, con calma peligrosa.
Wyatt la miró de lleno.
—No quiero que crea que todos los Palmer somos así.
Ella lo sostuvo con la mirada.
—Lo sé —respondió—. Por eso estoy molesta con usted.
Y ahí estaba la verdad, otra vez, mirándolo directo al pecho.
Wyatt apretó la mandíbula.
—No volveré a quedarme quieto —dijo con una determinación que lo sorprendió incluso a él—. No… cuando se trata de usted.
Un viento suave pasó entre ellos, moviendo su cabello rojo.
Sigrid bajó la vista un instante, procesando. Luego lo miró de nuevo… esta vez sin tanta distancia. Aún herida, pero ya no fría.
—Gracias por decírmelo —dijo con sinceridad—. Supongo que… esta vez sí actuó como un amigo.
La palabra amigo le supo amarga y dulce a la vez.
Wyatt inclinó ligeramente la cabeza.
—Por ahora —respondió con una sonrisa leve y peligrosa.
Ella arqueó una ceja, divertida a pesar de sí misma.
Se quedaron mirándose en silencio.
Un segundo.
Dos.
Tres.
Wyatt tragó saliva.
Sigrid ladeó la cabeza, curiosa, como si estuviera evaluando un caballo en la feria.
Y entonces, sin ningún preámbulo, sin un suspiro dramático, sin música de fondo, dijo con la naturalidad con la que uno pregunta la hora..
—Wyatt ¿te quieres casar conmigo?
Wyatt parpadeó.
Su cerebro hizo un sonido interno similar a una carreta rompiéndose.
—¿Q-qué? —balbuceó, señalándose a sí mismo como si existiera la posibilidad de que hubiera otro Wyatt detrás.
—Contigo, sí —repitió Sigrid, apoyando el mentón en su mano—. Me serviría. Y creo que tú tampoco saldrías tan perjudicado.
Wyatt abrió la boca… y no salió nada. La cerró. La volvió a abrir. Era como observar a un pez recién sacado del agua tratando de improvisar una ópera.
—¿C-casarnos? —logró articular por fin—. ¿Tú y yo? ¿Ahora?
—Bueno, no ahora —respondió ella encogiéndose de hombros—. Digo, no tengo el vestido. Y tú pareces a punto de morir.
Y no estaba exagerando. Wyatt estaba tan pálido que incluso una sábana blanca le hubiera pedido que por favor le devolviera algo de color. Dio un paso hacia atrás, tropezó con un arbusto que claramente no estaba allí hacía dos segundos (aunque sí estaba)
—¿Por… qué…? —preguntó con voz temblorosa, como si le hubieran propuesto enfrentarse a un dragón en batalla.
Sigrid lo miró con una calma desarmante.
—Porque me caes bien. Porque confío en ti más que en los demás. Y porque me niego a casarme con tu sobrino inútil —dijo, tan tranquila como si estuviera enumerando ingredientes para una receta.
Wyatt sintió que su corazón daba una voltereta. O tres.
—Ah —respondió, como un genio brillante de la lógica.
Se hizo silencio.
Un pajarito trinó afuera.
Y Wyatt, con toda la dignidad que pudo reunir, murmuró..
—Creo que necesito sentarme.
—Adelante —dijo Sigrid, sonriendo apenas—. Pero considéralo. Mi propuesta era seria.
Él se dejó caer en la silla y se cubrió el rostro con las manos, intentando procesar que la mujer que lo enfurecía, lo descolocaba y lo dejaba sin palabras… acababa de pedirle matrimonio como quien invita a tomar té.
Y lo peor.. o lo mejor.. fue que una parte de él… no lo veía como una mala idea.
Pero eso sí.. todavía sentía que en cualquier momento iba a desmayarse.
Wyatt seguía sentado, todavía con cara de haber sido atropellado por un carruaje lleno de gansos cuando Sigrid, muy tranquila, volvió a hablar.
—Ah, y otra cosa —dijo como si estuviera recordando un detalle menor—. Mi padre quería casarme con alguien de la familia Palmer.
Wyatt levantó la cabeza de golpe. La información le atravesó el cerebro como una flecha… lenta, pero igual de dolorosa.
—¿Con… los Palmer? —repitió, horrorizado.
—Sí —respondió ella, cruzándose de brazos—.
—Así que pensé.. si de todas formas quieren amarrarme a una familia poderosa, al menos que sea a alguien que no me caiga mal. —Lo miró de reojo, con una media sonrisa— Ese eres tú, por si no lo habías notado.
Él sintió algo extraño en el pecho. Orgullo. Pánico. Afecto. Todo mezclado como sopa mal revuelta.
Pero antes de que pudiera responder, Sigrid soltó otra bomba… con la misma naturalidad.
—Además, tú sabes que tu hermano mayor te odia porque tu padre, el duque Palmer, te dejó el ducado a ti en lugar de a Wilson.
Wyatt pestañeó otra vez. Sigrid tenía ese talento único de soltar verdades como si leyera el clima.
—No es que quiera meter el dedo en la herida —añadió, mientras claramente metía el dedo, la mano y probablemente el brazo entero—, pero se le nota en la cara. Cada vez que te mira parece que está haciendo cuentas de cuántas formas podría desaparecerte sin dejar rastro.
Wyatt suspiró, resignado.
—Lo sé —admitió—. No lo soporta desde el testamento.
—Claro que no lo soporta —respondió ella, con humor—. Imagínate.. toda la vida creyéndose el heredero predilecto y ¡zas! aparece el duque con su última voluntad y le entrega todo al hijo que menos esperaba. Si eso fuera una obra de teatro, yo aplaudiría.
Wyatt no pudo evitarlo.. se le escapó una risa baja.
Sigrid sonrió victoriosa, como si hubiese marcado un punto invisible.
—Así que yo pensé —continuó ella—: si me caso contigo, matamos dos pájaros de un tiro. Yo evito a los Palmer malvados.. tú te fortaleces en el ducado… y de paso fastidiamos un poquito a Wilson.
—Eso suena… estratégicamente retorcido —murmuró Wyatt.
—Gracias —respondió ella, inclinando la cabeza, como si le hubieran hecho un cumplido exquisito.
Luego lo miró con ojos brillantes, cargados de humor pero también de una honestidad suave.
—Y además —añadió—, confío en ti. Lo cual es más raro que encontrar una dama noble que no se desmaye cuando se le rompe una uña.
Wyatt la observó largo rato. Esa mujer, graciosa, directa, peligrosa para su tranquilidad emocional… acababa de ponerle sobre la mesa matrimonio, intrigas familiares y un chiste sobre uñas, todo en el mismo paquete.
No sabía si quería abrazarla… o sentarse a respirar dentro de una bolsa de papel.
Quizás ambas cosas.
Y por primera vez, el desmayo ya no parecía la opción principal.
y se entregaron a la pasión
🥰🥰🥰🥰
–Sigrid Richardson, 2026 🤣🤣