Alana muere tras su deporte favorito. reencarna en el cuerpo de una mujer de la nobleza. Una mujer que al ver la situación del reino decide actuar para cambiarlo todo.
Pero esperen... Ella no actuará sola. Ayudará al villano a obtener poder y consigo, asegurar su futuro.
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Capitulo 7: Impotencia.
El carretero discutía con el recaudador en mitad de la calle desde hacía varios minutos. No era una escena rara en ese pueblo. La diferencia era que esa vez había alguien observando con atención, recordando cada palabra que Anabel le había dicho hace rato. Ese era el lugar. Esa era la forma de empezar.
El carretero tenía las manos en alto, no como gesto de rendición, sino de cansancio. Sus dedos estaban agrietados por el frío y el trabajo. La voz le salía áspera, gastada de repetir siempre lo mismo.
—Ya pagué la semana pasada —decía—. Tengo el recibo en casa. No estoy mintiendo.
El recaudador sostenía una tablilla de madera. La miraba como si fuera la única verdad posible.
—Eso díselo a mi tabla. Aquí no hay nada —respondió sin levantar la vista—. O pagas otra vez o no pasas.
El caballo resopló, incómodo. Movió una de las patas traseras y sacudió la cabeza. La carreta llevaba sacos pequeños, nada lujoso. Harina, tal vez algo de grano. Suficiente para mantener una casa unos días, no más.
Vladimir observaba desde unos pasos atrás. Nadie lo miraba a él. Para los demás era solo otro hombre más, con la barba crecida y el abrigo viejo. Nadie esperaba que interviniera. Nadie lo reconocía.
Eso le daba ventaja.
—Déjalo pasar.
La voz no fue alta, pero sí firme. Lo suficiente para cortar la discusión.
El recaudador giró de inmediato, molesto por la interrupción.
—No te metas donde no te llaman —dijo, midiendo a Vladimir de arriba abajo.
—Te llamo yo a ti —respondió Vladimir sin moverse—. ¿Cuánto cobra la corona por este paso?
El recaudador frunció el ceño.
—Eso no es asunto tuyo.
—Lo es si mientes —replicó Vladimir—. Y estás mintiendo.
El recaudador soltó una risa breve, cargada de desprecio.
—¿Y tú quién eres?
Vladimir dio un paso al frente. No invadió el espacio del otro, pero dejó clara su presencia.
—Alguien que sabe cuándo otros roba usando el nombre del rey.
El silencio cayó de golpe. El carretero dejó de hablar. Varias personas que caminaban por la calle se detuvieron a mirar. No con interés abierto, sino con esa curiosidad temerosa que nace cuando algo rompe la rutina.
—Vete —ordenó Vladimir al recaudador—. Y no vuelvas a cobrar aquí sin una orden real.
—No tienes autoridad —escupió el recaudador, apretando la tablilla.
—Todavía no —respondió Vladimir—. Pero si sigues aquí cuando vuelva, tendrás un problema más grande que este pueblo.
El recaudador dudó. Miró alrededor buscando apoyo. No lo encontró. Nadie se movió. Nadie habló. Guardó la tablilla bajo el brazo y dio un paso atrás.
—Esto no se queda así —murmuró antes de marcharse.
El carretero bajó las manos despacio, como si temiera que aquello fuera una trampa.
—Gracias… —dijo—. No sé quién es usted.
—No importa —respondió Vladimir—. Pasa y no pierdas tiempo.
El hombre asintió y azuzó al caballo. La carreta avanzó calle abajo.
Desde una ventana, alguien observó la escena con atención. Desde otra, alguien más. Nadie dijo nada, pero algo había cambiado.
Esa misma noche, Anabel regresó a la casa con los dedos entumecidos por el frío. Caminó rápido por el jardín y entró sin hacer ruido. Se quitó la capa con cuidado y la colgó donde siempre. No había luces encendidas en el despacho de Arturo, pero el ambiente se sentía distinto. Más pesado.
Cuando cruzó el corredor principal, una criada bajó la mirada al verla.
—El señor preguntó por usted —dijo en voz baja—. Dos veces. Vino temprano.
Anabel asintió sin responder. Subió las escaleras sin prisa. Empujó la puerta de su habitación y se encontró con Arturo sentado junto a la mesa, esperándola.
—¿Dónde estabas? —preguntó él sin levantarse.
—Fui a tomar aire —respondió ella mientras se quitaba los guantes.
Arturo levantó una ceja.
—¿Casi a medianoche?
—Sí —dijo Anabel—. La noche es más relajada. No veo el problema.
Arturo se puso de pie.
—No te cuestiones —dijo—. Mañana iremos a la corte. Quiero que te comportes y te quedes callada.
Anabel lo miró fijamente.
—Siempre me quedo callada —respondió.
Arturo no replicó. Salió de la habitación sin decir nada más.
A la mañana siguiente, la familia Boyer se presentó en la corte como era costumbre. El palacio estaba lleno. Los nobles hablaban entre ellos. Los reyes los observaron apenas, con interés calculado.
El príncipe estaba de mal humor.
—Alaben a la corona —ordenó sin mirarlos directamente.
Anabel dio un paso al frente, como siempre. Se inclinó con corrección, pero su voz no fue sumisa.
—La corona brilla más por la paciencia del pueblo que por el oro que la adorna—dijo.
Hubo un murmullo. El príncipe la miró con molestia.
—¿Qué has dicho?
Arturo intervino de inmediato.
—Mi esposa quiso decir que estamos agradecidos por la protección de la corona —dijo con una sonrisa tensa—. Disculpe su torpeza.
El príncipe chasqueó la lengua, aburrido.
—Váyanse —ordenó—. Hoy hay festejo. No arruinen el ambiente.
Arturo no corrigió a Anabel. No allí. No ese día. Había una pequeña fiesta en el palacio y estaban invitados. Sonrió, habló con otros nobles, fingió normalidad.
Grecia estaba a su lado, incómoda.
—Padre —dijo una de las criadas acercándose—. El prometido de la señorita no pudo asistir, pero envió esto.
El sirviente entregó una pequeña caja. Grecia la abrió con cuidado. Dentro había joyas de amatista, finamente trabajadas. Sus ojos se abrieron con sorpresa.
—No esperaba esto —murmuró.
Había una carta. Grecia la leyó en silencio.
Señorita Grecia Boyer:
Lamento profundamente no poder presentarme hoy ante usted. Mi estado de salud no me lo permite y no quise faltar a mi palabra sin dar una explicación. Espero que acepte este pequeño gesto como señal de respeto y de mi interés genuino en conocerla pronto. Confío en que habrá ocasión para ello.
Con consideración,
Duque Brecht.
Grecia dobló la carta con cuidado.
—Lo entiendo —dijo en voz baja—. Pero me gustaría conocerlo.
Arturo sonrió satisfecho.
—Eso llegará —respondió—. Lo importante es la posición.
Anabel observó la escena sin intervenir. Analizó cada gesto y palabra. La nobleza estaba llena de grietas. Un paso mal dado y todo podía romperse. Una guerra interna no era imposible. Solo requería paciencia y el momento adecuado.
De regreso en casa, ya entrada la noche, Grecia se retiró temprano. Anabel se quedó en el corredor. Arturo apareció de repente y la tomó de los brazos con fuerza. Sus dedos se clavaron en la piel.
—Me hiciste quedar en ridículo —dijo entre dientes.
Antes de que Anabel pudiera responder, Arturo la abofeteó. El golpe resonó en el silencio.
—No soporto tu actitud —continuó—. Estás cambiando, y no me gusta.
La soltó y se fue sin mirar atrás.
Anabel se quedó quieta unos segundos. Volvió a pasar. Se llevó la mano al rostro. No lloró. Respiró hondo. Porque tenía un plan y requería el favor de él. Sin embargo, se llenó de impotencia por no devolverle el golpe.
Era de noche.
Y tenía que reunirse con Vladimir.
James se fue tranquilo haciendo casi todo lo q quería hacer con su pequeña esposa y protegiéndola hasta el final, ambos estaban enamorados y pidieron mostrarse y entregarse su amor completamente, Grecia aprecio y logro conocerlo aún más antes de partir, él se fue sin remordimiento y sin sufrimiento, se fue feliz y ella lo recordara x siempre pues espero q un bebé haya quedado ahí