Completa
Sofía Marchetti llegó a Puerto Sereno con dos maletas, un equipo de buceo y el corazón roto. Vino a estudiar los arrecifes de coral. A esconderse del mundo. A recordar quién era antes de que un hombre la convenciera de que no era suficiente.
Lo que no esperaba era a Andrés Villareal.
Alto, silencioso, con las manos curtidas por el mar y una mirada que no sabe mentir. Un hombre que no juega, no esconde, no promete lo que no puede cumplir. Todo lo contrario a lo que Sofía conocía.
Pero Sofía aprendió a desconfiar. Y las heridas que no se ven son las que más duelen.
Entre buceos al amanecer, noches con olor a sal y un océano que parece guardar secretos, dos personas que no buscaban nada terminarán encontrándose de la única manera que el mar permite:
Sin aviso. Sin red. Sin vuelta atrás.
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Capítulo 21 — Alianzas en la sombr
Puerto Sereno nunca había sido un lugar para los que buscaban pasar desapercibidos, y esa noche, el aire pesaba más que la red de un pescador en día de mala racha.
Ricardo se había instalado en la mejor habitación de la posada de Doña Carmen. Sofía lo escuchaba desde el pasillo: el ruido de su computadora, el tono arrogante de sus llamadas de negocios, el olor a su perfume cítrico que invadía el aire de madera vieja y salitre.
Sofía bajó a la cocina, huyendo de esa presencia que le recordaba todo lo que había dejado atras.
—Mijita, ese hombre no me gusta — sentenció Doña Carmen, sin despegar la vista de su costura —. Tiene los ojos de quien mira el mundo como si fuera su propiedad.
—Lo sé, Carmen. Lo sé mejor que nadie.
Mientras tanto, en el muelle, bajo la luz mortecina de las farolas, Marcela esperaba apoyada en el barandal. Escuchó los pasos seguros de Ricardo acercándose.
—Vaya, Marcela. Quién te viera en este rincón del mundo — dijo Ricardo, encendiendo un cigarrillo —. Nunca te imaginé rodeada de gente que huele a pescado.
Marcela sonrió con frialdad.
—Estoy aquí por negocios, Ricardo. Rafael Villareal es un cliente importante. Aunque ahora parece que mi trabajo es convencer a su hijo de que acepte una fortuna que le queda demasiado grande.
Ricardo se apoyó a su lado, mirando hacia la posada.
—Tenemos un problema común — dijo él —. Yo quiero a Sofía de vuelta en Caracas. Ella pertenece a mi mundo, a mi nivel. Y tú... tú quieres que Andrés se enfoque en la herencia y se aleje de las distracciones locales, ¿no?
Marcela lo miró de reojo. Sus ojos negros brillaron con inteligencia.
—Andrés es un hombre terco. Cree que la bióloga es el amor de su vida porque es lo único diferente que ha visto en siete años. Si ella se va, él aceptará la herencia y se vendrá a la ciudad conmigo para manejar el imperio.
—Pues hagamos un trato — Ricardo extendió la mano —. Ayúdame a que ella vea que no pertenece aquí. Recuérdale a Andrés quién soy yo en la vida de Sofía. Y yo me encargaré de que ella suba a ese Jeep antes de que termine la semana.
Marcela estrechó su mano. Una alianza de seda y acero se acababa de sellar en la oscuridad.
Andrés regresó del mar casi a medianoche.
Sofía lo estaba esperando en el muelle, sentada en el mismo lugar de siempre. El ruido del motor de la lancha se detuvo y el silencio regresó, solo roto por el suave golpe del agua contra la madera.
Andrés bajó de la proa. Se veía cansado, con la ropa húmeda de rocío y los ojos azules cargados de una fatiga que no era física.
—Andrés — susurró ella.
Él se detuvo. No se acercó.
—¿Sigue ahí? — preguntó él. No hacía falta decir nombres.
—Sigue ahí. Pero no importa, Andrés. Mañana se va a ir, yo misma lo voy a echar.
Andrés soltó una risa seca, sin alegría.
—Ese tipo cree que te posee, Sofía. Habla de ti como si fueras un contrato que no ha terminado de firmar. — Dio un paso hacia ella, quedando bajo la luz de la farola —. Y lo peor no es eso. Lo peor es que te mira y ve a la mujer que yo no conozco. La mujer de Caracas. La bióloga de los laboratorios caros.
—Esa mujer ya no existe — dijo Sofía, desesperada por acortar la distancia —. La única mujer que existe es la que está frente a ti. La que te eligió.
Andrés la miró durante un momento eterno. La furia de la tarde se había transformado en una tristeza profunda.
—No sé si este pueblo es suficiente para ti, Sofía — dijo él, en voz muy baja —. No sé si yo soy suficiente cuando aparece alguien que te ofrece el mundo que conoces.
Sofía se acercó y le puso las manos en el pecho. Sintió su corazón latiendo fuerte, como un tambor de guerra.
—Tú eres mi mundo, Andrés Villareal. No necesito nada más.
Él la tomó por la cintura y la atrajo hacia sí con una fuerza desesperada. La besó con rabia, con hambre, como si quisiera borrar el rastro de cualquier otro hombre de sus labios. Fue un beso amargo y dulce a la vez, el beso de alguien que tiene miedo de perder lo que más quiere.
Al día siguiente, la tensión estalló.
Era la hora del almuerzo. Ricardo estaba sentado en el restaurante del muelle, el lugar donde Andrés y los pescadores solían comer. Marcela estaba sentada con él, compartiendo una botella de vino blanco que claramente no era de la casa.
Andrés entró con Miguel y otros tres pescadores. El ambiente se congeló al instante.
Ricardo levantó su copa hacia Andrés.
—Lanchero — dijo en voz alta, para que todos escucharan —. Estábamos hablando de Sofía. Marcela me contaba lo mucho que le ha costado adaptarse a este... pintoresco lugar.
Andrés se detuvo frente a su mesa. Sus manos, grandes y calladas, se cerraron en puños a los costados.
—Cierra la boca — dijo Andrés.
—Solo digo la verdad — continuó Ricardo, levantándose. Era casi tan alto como Andrés, pero mucho más delgado —. Sofía es una mujer sofisticada. Le gusta el buen vino, las óperas, los viajes. Tú le ofreces... ¿qué? ¿Un paseo en lancha y una arepa de cazón? No seas ridículo. Déjala ir con alguien que pueda darle lo que merece.
Andrés no respondió con palabras. Dio un paso adelante, invadiendo el espacio de Ricardo.
—Ella es mi mujer — dijo Andrés. Su voz no fue un grito, fue un rugido contenido que hizo que Marcela se enderezara en su silla —. Y en este puerto, lo que es mío se respeta.
—¿Tu mujer? — Ricardo soltó una carcajada —. Ella es mi prometida. Tenemos una historia que tú no podrías ni empezar a entender. Ella está aquí por despecho, por una rabieta. Pero cuando el sol se ponga y se dé cuenta de que esto es todo lo que hay, volverá a mis brazos.
Andrés no aguantó más. Tomó a Ricardo por la solapa de su camisa de lino y lo levantó casi del suelo.
—Vuelve a mencionar su nombre — susurró Andrés al oído de Ricardo — y te juro por la memoria de mi mujer que te saco de este pueblo flotando en el mar.
—¡Andrés, basta! — el grito de Sofía llegó desde la entrada del restaurante.
Andrés soltó a Ricardo, que retrocedió tropezando con la silla, tratando de recuperar la compostura mientras se ajustaba la ropa.
Sofía corrió hacia ellos. Miró a Ricardo con asco y luego a Andrés con preocupación.
—Ricardo, vete. Ahora mismo. No quiero volver a verte — dijo Sofía.
Ricardo la miró, y por primera vez, su máscara de arrogancia se rompió para mostrar algo de despecho real.
—Te vas a arrepentir, Sofía. Este lugar te va a tragar viva.
Ricardo salió del restaurante, seguido por la mirada satisfecha de Marcela, que sabía que la semilla de la duda ya estaba sembrada.
Andrés no miró a Sofía. Pasó por su lado y salió hacia el muelle, necesitando el aire salado para no explotar.
Esa tarde, el teléfono de Andrés sonó. Era una llamada de Caracas.
Elena, que estaba a su lado en el patio, vio cómo la cara de su hijo se ponía blanca.
—¿Andrés? — preguntó ella, con el corazón en la garganta.
Andrés colgó el teléfono. Miró a su madre y luego a Sofía, que acababa de llegar.
—La operación terminó — dijo Andrés. Su voz era un hilo —. Rafael entró en crisis en la mesa. No saben si va a pasar la noche.
El silencio que siguió fue más pesado que cualquier tormenta. El destino de los Villareal colgaba de un hilo, y el pasado de Sofía seguía acechando en las sombras de la posada.
Esa noche Sofía escribió en su cuaderno:
Andrés dijo "mi mujer" frente a todos.Lo dijo con una fuerza que me hizo temblar. Pero el pasado no se rinde.
Rafael está luchando por su vida en Caracas.Elena no deja de rezar.Y yo... yo siento que la marea está subiendo tanto que nos va a ahogar a todos.
Ricardo no se ha ido.Y Marcela sonríe.
Fin del Capítulo 21 ✨