Un tornado rosa contra un bloque de hielo
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El aniversario de la muerte de sus padres era el único día del año en que el "Espectro de Moscú" permitía que las sombras de la mansión se disiparan un poco, aunque solo fuera para dejar entrar la luz grisácea del cementerio privado de la familia.
Ivan se despertó antes del amanecer. Su aura, usualmente imponente y peligrosa, ese día se sentía pesada, como si el hierro de su voluntad se hubiera oxidado por la melancolía. Se vistió con un traje negro impecable —esta vez sin ninguna marca de labial— y bajó al despacho. Pero Mila ya estaba allí.
No llevaba su tul rosa habitual. Vestía un abrigo de lana color crema, sencillo y elegante, sosteniendo un enorme ramo de peonías blancas, las favoritas de su madre. Sus ojos, normalmente chispeantes de travesura, reflejaban una madurez silenciosa que solo aparecía en esta fecha.
—Vania —susurró ella, acercándose para entrelazar su brazo con el de él.
Caminaron juntos por los jardines traseros hasta el mausoleo de mármol. Igor los esperaba a unos metros de distancia, manteniendo una guardia silenciosa; él entendía que este momento era el núcleo sagrado de lo que quedaba de los Petrov.
Frente a las lápidas, Ivan no rezó. Los hombres como él no suelen tener línea directa con el cielo. En cambio, puso su mano sobre el frío mármol y cerró los ojos. Su voz, esa barítono que desarmaba almas, sonó apenas como un hilo de viento:
—Sigue a salvo, madre. Sigue orgulloso, padre. Yo me encargo del resto.
Mila dejó las flores y se apoyó en el hombro de su hermano. Durante esa hora, no hubo preguntas sobre novias, ni peticiones de brillos labiales, ni bromas sarcásticas. Solo eran dos huérfanos sosteniéndose en medio de un imperio construido sobre cicatrices.
Al regresar a la mansión, el ritual cambiaba. Ivan cocinaba —una de las pocas habilidades "humanas" que conservaba— el plato favorito de su padre, mientras Mila ponía la música que solían escuchar en la infancia. Era un día de tregua. Por unas horas, Ivan no era el jefe de la mafia rusa y Mila no era la niña caprichosa; eran simplemente dos hermanos que habían sobrevivido a un naufragio de sangre.
Esa noche, mientras cenaban en silencio bajo la luz de las velas, Mila rompió la calma con una voz suave pero firme:
—Ellos estarían felices de ver que no te has convertido totalmente en piedra, Vania. Aunque te quejes de mis brillos, sé que los guardas en el cajón de tu escritorio.
Ivan la miró con esos ojos hipnóticos, esta vez carentes de frialdad. No negó nada. Solo asintió, sabiendo que esa "luz rosa" era lo único que evitaba que él se perdiera para siempre en el despacho lúgubre de su propia alma.
Mila era su puente con Dios ella se encargaba de orar por el de pedir redención para su alma aunque en el proceso el lápiz labial fuera moneda de cambio.
Igor era su cómplice aquel que no necesitaba decir nada y daba todo por el hermano que había encontrado hace años.