Gabriela y Gonzalo apenas llevan poco de casados, pero su matrimonio se verá amenizado cuando Gabriela decide la tontería de intercambiarse con su hermana gemela, quien no es precisamente buena y que, además, está en prisión. ¿Podrá su matrimonio sobrevivir? ¿Podrá Gonzalo darse cuenta de quién está frente a él?
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CERCANÍA
...GABRIELA:...
— ¿Me permites hacer una llamada, por favor? —le pedí a Gonzalo.
— Claro, solo no te apartes mucho, por si el tipo vuelve.
— Gracias.
Saqué mi teléfono y comencé a marcar el número de mi hermana. Contestó al tercer timbrazo.
— Hola, hermanita.
— ¿Arlet, qué hiciste?
— ¡Aaay! —se quejó—. Ni un “¿cómo estás, hermana?”. Felicidades por tu nueva película, fuiste grandiosa. —Hizo todo un drama del otro lado.
No tenía tiempo para esto.
— Discúlpame, pero es bastante difícil felicitarte cuando un tipo se me acercó pensando que eras tú y se portó muy agresivo.
— No puedo creerlo, mi fama ya llega hasta donde estás.
— Arlet, por favor.
— No sé a qué te refieres —se hizo la tonta.
— Un tipo me estuvo reclamando que lo abandonaste, que lo utilizaste para subir en tu carrera y no sé cuántas cosas más.
— Aaah… Elías.
— ¿Así que sí lo conoces?
— Sí, pero no es lo que crees. En verdad espero que estés bien, hermana. —Su tono cambió drásticamente a uno de preocupación.
— Sí, estoy bien —también moderé mi voz—, pero me asusté muchísimo. Afortunadamente estaba acompañada y no pasó a mayores.
— Lo siento mucho, hermana. Elías es un chico del medio con el que salía. Lo dejé porque era muy violento. Intenté terminar bien, pero no lo aceptó y por eso desaparecí de su vida. Papá me puso seguridad y ya no lo dejaron acercarse; por eso no pudo volver a contactarme.
— Él dijo que solo lo usaste.
Gonzalo seguía esperándome cerca.
— Me ayudó algunas veces con mi carrera, lo admito, pero no por eso tenía que soportar su maltrato, como si yo no tuviera talento suficiente —dijo, indignada—. No sabía que estaba en tu ciudad. Ahora que lo sé, le diré a papá que haga llegar la notificación de la orden de restricción… también para ti.
— Está bien. Y lo siento, es que me asusté mucho.
— No te preocupes hermanita. Me alegra haber hablado contigo, aunque sea un poco.
— A mí también.
— Bueno, siendo así… adiós.
— Oye —la llamé antes de que colgara.
— ¿Sí?
— Felicidades por tu nueva película. Estuviste grandiosa.
— Lo sé.
Por fin colgamos.
Gonzalo me observaba.
— Lo siento, tenía que aclarar esto con ella.
— Está bien, no te preocupes. ¿Qué te parece si mejor vamos? Hace mucho frío.
El pobre tenía la nariz roja y seguramente yo también.
— Sí.
Comenzamos a recorrer el camino despejado.
— ¿Todo bien con tu hermana? —me preguntó.
— Sí. Al parecer sí conocía al hombre, pero dice que terminaron porque él era muy violento y no aceptó que ella lo dejara; por eso desapareció.
— Es entendible. Demostró la clase de hombre que era hace un momento.
— Sí. Igual ya hay una orden de restricción en su contra.
— Me alegro.
Caminamos unos pasos más sin decir nada.
Me abracé un poco más al abrigo.
No quería arruinar el momento, pero tampoco sabía cómo volver a la normalidad después de eso.
—Oye… —dijo Gonzalo al fin, con cuidado—. Si prefieres que vayamos a otro lugar, o que te lleve a casa, lo entiendo.
Levanté la vista hacia él.
—No —respondí casi de inmediato—. No quiero irme.
Él me miró, como asegurándose de que hablaba en serio.
—¿Estás segura?
Asentí.
—Sí. Solo… necesito un minuto.
Sonrió apenas, una sonrisa, tranquila.
—Tómate todo el que necesites.
Seguimos caminando.
Y entonces, sin decir nada, sentí cómo su brazo rozaba el mío.
No me aparte.
Llegamos a una cafetería muy acogedora, de luz cálida y con unos ventanales enormes cubiertos de nieve.
El lugar era hermoso, sin duda. Tenía una vista espectacular a las montañas nevadas y, detrás de ellas, el bosque también cubierto de blanco.
Mientras esperábamos a que nos recibieran, apartó con cuidado un copo de nieve de mi cabello.
Cada pequeño roce y contacto suyo me estremecía más que el frío.
Nos guiaron hasta nuestra mesa.
Me acomodé en el asiento con vista al ventanal.
—Si te sientas de ese lado —dije, señalando el lugar frente a mí—, te vas a perder la vista.
Gonzalo alzó una ceja, miró hacia afuera… y luego me miró a mí.
—Creo que desde aquí tengo una vista mucho más linda.
Sentí calor en las mejillas, pero no bajé la mirada.
—Bueno —respondí, fingiendo calma—. Entonces puedes disfrutar de ambas.
Sonrió. No necesité ser más directa; se sentó a mi lado.
Disfrutamos de la vista, de las bebidas calientes, de la conversación.
De vez en cuando colocaba un mechón de mi cabello detrás de mi oreja, cuando este se rebelaba.
Hubo un momento en que su mirada se volvió intensa.
—Eres increíblemente bella e inteligente.
Yo iba a beber mi café, pero su rostro estaba demasiado cerca.
Y derramé un poco de café sobre mi abrigo.
Genial.
—¿Estás bien? —preguntó de inmediato.
Afortunadamente, lo caliente no llegó a mi piel.
—Sí, solo que… —hice una pausa—. Lo siento.
—Sobrevivimos a un acosador —dijo con una leve sonrisa—, podemos sobrevivir a un poco de café.
Hasta ahora, siempre se tomaba todo con buen humor, y eso me gustaba.
—¿Tardará mucho el postre? —pregunté, aún limpiando mi abrigo con una servilleta.
Justo en ese momento llegó el mesero.
—Señores, disculpen, pero solo nos queda una rebanada de este postre. ¿Desean algo más?
—Este está bien —respondió Gonzalo.
El mesero se retiró.
—Todo tuyo —dijo, acercando el plato hacia mí.
Su postura era abierta. Tenía un brazo apoyado detrás de mí, en el respaldo.
—Ay, no, por favor —dije—. Fue tu idea pedir este postre.
—Tienes un punto —admitió—, pero quiero dártelo.
—Creo que podemos compartirlo —sugerí—. Sí, compartamos.
Me observó con atención.
Tomé la pequeña cuchara y la llevé hasta su boca. Pareció un poco avergonzado, pero lo miré, animándolo.
Probó el postre.
—¿Y? ¿Qué tal? —pregunté expectante.
—Está muy bueno —dijo, cubriéndose un poco la boca mientras aún saboreaba.
—¿Sí? A ver…
Probé yo también y, efectivamente, era delicioso.
Tomé otro trozo para él, y seguimos intercalando entre ambos.
De pronto lo noté serio, observándome fijamente.
—¿Pasa algo?
—Nada, es solo … —tragó saliva—. Tienes crema.
Pasó su pulgar lentamente por mi labio inferior. Yo estaba mal, pero un mal que me gustaba.
—Listo —susurró.
—Gracias.
Me reacomode de un poco.
La cena terminó y nos retiramos. Afuera hacía mucho frío, pero yo no tenía.
Era una locura.
—Esta cena también fue muy linda —dije—, gracias por traerme a experiencias tan bonitas.
—Bueno, no todo fue perfecto —respondió—, pero sin duda siempre me esforzaré.
¿Acaso dijo… siempre?
Gabriela, estás yendo muy rápido. No te das cuenta de que apenas es la segunda vez que salen.
Lo observé un momento.
Era tan atractivo. El corte de cabello perfecto, su perfil, sus manos tan grandes sobre el volante.
—¿Podemos apagar un momento la calefacción? —pregunté.
Me miró extrañado.
—Sí, como gustes.
—Y abrir un poco la ventana.
—De acuerdo.
Bajó un poco la ventana y yo me quité la bufanda.
—¿Te encuentras bien? —preguntó.
—Sí, es solo que creo que la calefacción estaba un poco fuerte y me sentí sofocada de pronto.
—Entiendo.
Después de eso, el camino fue silencioso.
Lo vi apretar el volante en varias ocasiones.
Tal vez estaba molesto por algo. Ya no me atreví a decir nada más, y él tampoco habló.
No quería que la cita terminara así, con esa sensación amarga flotando entre los dos.
Llegamos y bajamos del auto.
—Es todo por hoy —dije nerviosa. De pronto me sentí como al principio.
—Sí.
Caminé hacia el edificio. Esta vez no hubo beso ni nada. Me giré antes de entrar.
—Tengo arriba un vino que me gustaría que probaras. Me interesa tu opinión honesta.
Me miró distinto. Más oscuro.
—Si quieres…
Vi la duda cruzarle los ojos.
—Sí, claro.
Subimos de nuevo al elevador. Tenía que tranquilizarme o iba a desmayarme.
Y por favor, que Zoé no esté en el departamento.
Saqué el teléfono y le envié un mensaje.
“Si estás en mi departamento, sal ahora.”
Eso fue todo. No es que necesariamente fuera a pasar algo, pero aun así quería privacidad.
—Espero que el vino esté muy bueno —sonrió, rompiendo un poco la tensión.
—Lo es, te lo prometo.
El ascensor se abrió y caminamos hacia mi puerta.
Si Zoé no estaba dentro, seguramente estaría espiando por el picaporte desde su propio departamento.
Abrí la puerta y entramos.
El ambiente era agradable, así que me quité el abrigo.
Noté que me observó más de la cuenta, pero no me enfoqué en eso. Estaba demasiado nerviosa.
Caminé hacia la cocina.
—Ponte cómodo, por favor.
Asintió y se sentó en el sofá.
—Tu casa es muy linda.
—Muchas gracias —respondí mientras buscaba la botella de vino.
Por favor, que Zoé no se la haya tomado.
No la encontré de inmediato. Perfecto.
—Aquí está.
Tomé dos copas del minibar y las coloqué sobre la barra.
Claro… era de corcho.
Intenté meter el sacacorchos, pero estaba batallando.
No podía creer que una astrofísica con maestrías y doctorados no pudiera abrir una botella de vino.
—¿Quieres que te ayude? —preguntó.
—Por favor.
Se levantó y caminó hacia la cocina. Con la facilidad de alguien experto, sacó el corcho.
Me ayudó a servir el vino y, unos minutos después, lo probamos.
—Es realmente muy bueno.
—Lo es. Quería compartirlo contigo.
Sonrió.
Se se veia realmente hermoso bajo la tenue luz de la barra.
Seguimos conversando, y las copas volvieron a llenarse.
Pero yo no estaba ebria en absoluto. Me había mareado más en la cita anterior. Él tampoco parecía afectado.
La noche ya había caído y la botella estaba vacía.
—Bueno —dijo—, creo que ya debo irme.
Asentí.
—¿Te gusta el fútbol, cierto?
—Soy fan, debo admitirlo.
—El sábado juegan los Cowboys. Zoé lo va a ver y seguramente me obligará a acompañarla. ¿Te gustaría venir?
—Me parece bien.
Él se colocó el abrigo y lo acompañé hasta la puerta.
—Gracias por el vino.
Solo asentí.
Suspiró. Yo lo miré.
Dio un paso… y luego otro. Se detuvo muy cerca de mi rostro, como si dudara si debía cerrar la distancia.
Así que fui yo quien la cerró.
Pude sentir cómo contenía la respiración.
No hizo más. Fue un beso sencillo, incluso más contenido que el de ayer.
—Nos vemos.
—Hasta pronto —susurré.
Nos separamos y cerré la puerta.
No, el calor que sentía en las mejillas no era normal.
Tenía la respiración entrecortada… y todo solo por un beso.
Fui a la cocina a recoger las copas y entonces lo noté.
Sus llaves.
Las tomé para alcanzárselas.
Cuando abrí la puerta, él seguía ahí.
Justo donde lo había dejado.
Pero ya no era el mismo.
La mirada oscura, la postura tensa, los hombros rígidos… no estaba ahí por las llaves.
—Carajo —lo escuché murmurar.
No me dio tiempo de decir nada.
Me besó.
Esta vez no fue contenido.
Fue urgente, profundo, como si hubiera pasado todo el camino luchando contra sí mismo y hubiera perdido justo ahí.
Su mano se cerró con firmeza en mi cintura, acercándome a él, sosteniéndome como si temiera que pudiera escapar… o que él mismo se detuviera.
Mis pensamientos se nublaron por completo.
El mundo se redujo a su boca, a su respiración agitada contra la mía, al latido acelerado que sentí cuando me sostuvo un segundo más de lo que debía.