El día que Sofía Reyes descubrió que debía casarse con Santiago Ferrer, su mejor amigo de toda la vida, decidió alejarse de él.
Santiago hizo lo mismo.
Pero años después, un secreto familiar, un imperio peligroso y una muerte inesperada los obligarán a volver a encontrarse.
Y algunos destinos… simplemente no se pueden evitar.
NovelToon tiene autorización de N. Garzón para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 24
Sofía
Desperté lentamente.
La habitación estaba en penumbra. Las cortinas gruesas apenas dejaban pasar la luz, creando una atmósfera tranquila… casi irreal, como si el mundo afuera no existiera.
Y entonces lo sentí.
Calor.
Mi mejilla estaba apoyada sobre el pecho de Santiago.
Su respiración era constante, profunda.
Estaba dormido.
Y yo…
Yo estaba completamente pegada a él.
Su brazo rodeaba mi cintura con firmeza, como si incluso dormido no quisiera soltarme. Mi pierna lastimada reposaba sobre las suyas, y su otra mano descansaba sobre mi piel desnuda, justo encima del vendaje.
Era cálido.
Demasiado.
Pero también…
Agradable.
No quería moverme.
No quería romper ese momento.
Santiago se movió ligeramente, y por reflejo intenté apartarme.
Pero su brazo se tensó.
Y me acercó más a él.
Mi corazón dio un pequeño salto.
Y entonces…
Lo recordé.
El beso.
En su cuello.
La noche anterior.
Me sonrojé al instante.
—¿Por qué hice eso…? —murmuré para mí misma.
No lo entendía.
No sabía en qué momento algo entre nosotros había cambiado…
O si, tal vez, siempre había estado ahí y yo simplemente no lo había querido ver.
Santiago se movió de nuevo y, esta vez, me soltó.
Se estiró ligeramente.
—¿Cómo sigues?
—Me duele un poco —respondí, incorporándome con cuidado.
—Ya te traigo agua para el medicamento.
Se levantó sin decir más.
Volvió minutos después con un vaso de agua y una pequeña maleta.
—Aquí hay ropa para ti.
—Gracias.
Tomé el medicamento.
—¿Hoy qué tienes que hacer?
—Revisar los informes de lo que pasó esta madrugada —respondió con naturalidad—. ¿Por qué?
Lo miré.
—Porque quería que nos quedáramos aquí… a descansar. A pensar qué vamos a hacer con todo esto.
Hice una pausa.
—Y debemos escoger el color de la boda.
Santiago, ya caminando hacia la puerta, respondió sin pensarlo:
—Negro. Y listo.
—¡Santiago!
Giró apenas el rostro.
—¿Qué? A ambos nos gusta el negro.
—Sí, pero… —fruncí el ceño— no todo puede ser negro.
—Sería diferente. Piénsalo. Sería lindo.
Negué con la cabeza, resignada.
En ese momento entraron dos personas con el desayuno.
Organizaron todo en silencio.
Colocaron una mesa plegable sobre mis piernas.
Fruta.
Jugo.
Pan.
Demasiada comida.
—Es mucho —dije.
Santiago tomó su jugo con total calma.
—No, es normal.
Lo miré.
—Comes, como si no hubiera un mañana
Sonrió levemente.
No respondió.
Miré alrededor.
—Santiago… esta es la habitación principal.
Negó con la cabeza.
—No. Esta siempre fue mi habitación.
Hizo una pausa, como si midiera sus palabras.
—La principal está al otro lado del pasillo… pero siento que al ocuparla estaría ocupando el espacio de mi papá.
Se encogió de hombros.
—Es estúpido, lo sé.
Lo miré con suavidad.
—No es estúpido… es normal.
Por un segundo, su mirada se suavizó.
Después, volvió a su expresión habitual.
---
Después de desayunar, nos bañamos.
Con cuidado.
Con distancia.
Pero aún así…
Había algo diferente en el ambiente.
Salimos a la terraza.
El sol era suave.
Agradable.
Perfecto.
Me senté frente a él y, sin pensarlo demasiado, apoyé mis pies sobre sus piernas.
Santiago no dijo nada.
Solo empezó a revisar los informes en su tablet.
Y entonces…
Comenzó a acariciar mis piernas.
De manera distraída.
Inconsciente.
Como si fuera lo más normal del mundo.
Mi respiración se volvió más lenta.
Más profunda.
Era un gesto simple.
Pero…
Se sentía demasiado íntimo.
Demasiado natural.
Y eso… me desconcertaba.
Tomé mi teléfono.
Un mensaje.
Ricardo.
“¿Cómo estás? Me alegra saber que estás bien. Te dejo esto…”
Un enlace de una noticia.
Y una invitación a comer.
Fruncí ligeramente el ceño.
No respondí.
Bloqueé la pantalla.
No sabía por qué… pero me incomodaba.
Y eso era extraño.
Porque antes… no lo habría sido.
—¿Santi?
—Dime —respondió sin dejar de mirar la pantalla.
—¿Me ayudas a caminar?
Dejó el dispositivo a un lado de inmediato.
—Claro.
Se levantó.
Se acercó a mí.
Y, con esa misma firmeza de siempre, rodeó mi cintura.
Me ayudó a ponerme de pie.
Comenzamos a caminar despacio por la terraza.
—Vas mejor —dijo.
—Gracias a tu “amable” costura.
—De nada —respondió con una leve sonrisa.
Caminamos en silencio unos segundos.
El viento movía ligeramente mi cabello.
El sol calentaba mi piel.
Y su mano…
Seguía firme en mi cintura.
—Santiago…
—¿Sí?
Dudé.
Pero pregunté.
—¿Tú crees que… todo esto va a parar?
Se quedó en silencio.
Un segundo.
Dos.
—No —respondió finalmente.
Directo.
Sin suavizarlo.
Asentí.
—Yo tampoco.
Nos detuvimos.
Quedamos frente a frente.
Cerca.
Demasiado cerca.
—Pero —añadió— vamos a hacer que pare.
Sostuve su mirada.
Y por primera vez en mucho tiempo…
Le creí sin dudar.
Porque ya no era solo Santiago, mi mejor amigo.
Ahora era el hombre que se estaba quedando a mi lado…
Incluso en medio de la guerra.
Y eso…
Eso empezaba a significar algo más de lo que estaba dispuesta a aceptar.