Valeria muere asesinada por su esposo, Alejandro, un empresario frío y perfecto ante el mundo.
Pero despierta 8 años en el pasado, antes de conocerlo.
Decide cambiar su destino, evitar ese matrimonio…
y vivir una vida tranquila.
Lo que no sabe es que en su vida pasada, ella ignoró a la única persona que realmente intentó amarla.
El hombre que siempre estuvo a su lado…
pero al que nunca miró.
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Capítulo 5: El hombre del sofá
Volvió a casa al atardecer, cuando el cielo se teñía de esos tonos vibrantes que en la otra vida nunca había tenido tiempo de apreciar, siempre demasiado ocupada preparándose para cenas a las que no quería asistir o esperando a alguien que no llegaba.
Su madre la esperaba en la cocina con cara de pocos amigos, esa expresión que ponía cuando algo no salía como ella esperaba, cuando el orden establecido de la casa se veía alterado por imprevistos. Los brazos cruzados sobre el pecho, el delantal manchado de la salsa que había estado preparando para la cena, el cabello escapándose de la trenza improvisada que se había hecho esa mañana.
—Tienes visitas —dijo, señalando la sala con un movimiento de cabeza, como si el simple hecho de anunciarlo le causara molestia física—. Otra vez ese chico. Ya es la tercera vez que viene esta semana. ¿Es tu novio? ¿Debería saberlo? ¿Debería invitarlo a quedarse a cenar? Porque ya casi está lista la comida y no me gustaría que se fuera con hambre.
—¿Qué chico? —preguntó Valeria, deteniéndose en el umbral de la cocina.
—El de la universidad. El que siempre trae apuntes. Daniel, creo que se llama. Un poco tímido, pero muy educado. Se ha quedado sentado ahí casi dos horas, diciendo que te esperaba, que no te importaría. No quise echarlo porque... bueno, es un buen chico. Se nota.
El corazón de Valeria dio un pequeño salto en el pecho. No era amor, no todavía, no en esta vida temprana donde todo era nuevo y confuso. Era otra cosa. Una mezcla de sorpresa, de gratitud, de algo cálido que no sabía nombrar pero que se parecía peligrosamente a la esperanza.
Daniel.
El nombre resonó en su mente, trayendo consigo una avalancha de recuerdos de la otra vida. Recuerdos fragmentados, destellos de momentos que no habían tenido el peso que merecían: él sentado en la última fila de las clases que compartían, él dejando libros en su escritorio cuando ella faltaba, él sonriendo tímidamente cada vez que sus miradas se cruzaban por azar. Y al final, en ese último instante en el suelo frío, su nombre fue lo único que salió de sus labios. El nombre del hombre que siempre estuvo ahí, invisible para ella hasta que fue demasiado tarde.
Entró en la sala.
Daniel estaba sentado en el sofá, con una mochila desgastada en el regazo y esa expresión suya de quien no está seguro de ser bienvenido en ningún lugar. Tenía los hombros ligeramente encorvados, como si intentara ocupar el menor espacio posible, y las manos sujetando la correa de la mochila con fuerza, los nudillos blancos por la tensión, como si ese trozo de tela fuera un salvavidas en medio de un océano tormentoso.
Sus rodillas no dejaban de moverse, un temblor nervioso casi imperceptible que delataba su ansiedad. Cada pocos segundos, su mirada se desviaba hacia la puerta, como si calculara la distancia hacia la salida, como si se preparara mentalmente para la rechifla que estaba convencido que llegaría.
Cuando la vio entrar, se levantó tan rápido que casi tropieza con sus propios pies, golpeando la mesa de centro con la espinilla y haciendo un gesto de dolor que intentó ocultar inmediatamente. Una sonrisa nerviosa se dibujó en su rostro, una de esas sonrisas que piden perdón antes de que se cometa ninguna falta.
—Valeria. Hola. Tu mamá me dijo que habías salido, pero que podía esperar. Si molesto, me voy, solo quería... bueno, no sé, asegurarme de que estuvieras bien. Porque no fuiste a clases otra vez hoy, y me preocupé, y pensé que quizás estabas enferma o te había pasado algo, y... no sé. Aquí estoy.
—No molestas —lo interrumpió ella, y le sorprendió la sinceridad que oyó en su propia voz, la calidez que no tuvo que fingir—. Siéntate. Por favor. Y... gracias por esperar. No esperaba que alguien lo hiciera.
Él obedeció, volviendo a su lugar en el sofá con esa postura de alguien listo para huir en cualquier momento, como un animal pequeño que no termina de confiar en que no le harán daño, que la mano extendida no esconderá una trampa.
—Traje los apuntes de hoy —dijo, sacando un cuaderno de la mochila con movimientos torpes pero cuidadosos, como si estuviera manipulando algo frágil—. El profesor explicó lo del examen final, dijo que va a entrar todo lo que vimos en el semestre, pero que hay unos temas clave que son el sesenta por ciento de la calificación. Los marqué con post-its de colores para que los veas primero. También te hice una especie de resumen en las últimas páginas, con lo más importante explicado de forma simple. No quiero que te atrases por haber faltado. Sé que a veces la vida se complica y es difícil volver a ponerse al día cuando te pierdes las clases.
Valeria tomó el cuaderno, sintiendo el peso del objeto en sus manos. La letra de Daniel era ordenada, casi obsesiva en su claridad, con títulos perfectamente subrayados y márgenes impecables. Notas al margen con explicaciones adicionales, fechas subrayadas en colores diferentes según la importancia, pequeños dibujos junto a los conceptos más difíciles para hacerlos más fáciles de recordar, diagramas que simplificaban ideas complejas.
Había dedicado horas a esto. Horas que podría haber usado para estudiar para sí mismo, para descansar, para divertirse, para cualquier otra cosa que no fuera preocuparse por una compañera que apenas le dirigía la palabra en circunstancias normales.
—Siempre haces esto —murmuró, sin darse cuenta de que hablaba en voz alta, arrastrada por la emoción que le provocaba tener en sus manos una prueba tangible de esa bondad silenciosa—. Siempre apareces. Traes cosas. Te preocupas. Por mí. Siempre.
Él se encogió de hombros, como si fuera lo más natural del mundo, como si cualquier otra persona haría lo mismo.
—No es para tanto. Cualquiera lo haría. Es lo mínimo.
—No. No cualquiera. Tú lo haces. Siempre tú. Y no es lo mínimo, Daniel. Es muchísimo.
Daniel la miró, confundido por su tono, por la intensidad inesperada de sus palabras, por algo en sus ojos que no alcanzaba a descifrar. Había algo en la forma en que Valeria lo miraba ahora, como si lo estuviera viendo por primera vez, como si estuviera viendo algo que siempre estuvo ahí pero que ella nunca notó.
—¿Pasó algo? ¿Estás bien? Te veo... diferente. No sé. Como si estuvieras más triste y más feliz al mismo tiempo. ¿Tiene sentido eso?
Valeria dudó. En su teléfono, el mensaje de Alejandro seguía grabado en su memoria, una sombra que se extendía sobre su presente. En su memoria, la otra vida pesaba como una losa insoportable, una colección de errores y dolores que amenazaban con asfixiarla. Y delante de ella, este hombre, sentado en su sofá con esa torpeza entrañable y una bondad que no pedía nada a cambio, había estado a su lado hasta el final sin pedir nada, sin condiciones, sin segundas intenciones.
—¿Por qué? —preguntó de repente, sin poder evitarlo, necesitada de entender—. ¿Por qué haces todo esto? ¿Por qué vienes, te preocupas, me traes apuntes, me preguntas cómo estoy, esperas durante horas en una casa que no es la tuya? Ni siquiera somos tan amigos. No lo éramos. No en realidad. Solo compañeros de clase que a veces coinciden en los pasillos.
Daniel se quedó en silencio. Sus dedos jugaron con la correa de la mochila, enrollándola y desenrollándola en un gesto nervioso que había perfeccionado durante años de inseguridades. Cuando finalmente habló, su voz era baja, casi un susurro, como si confiara un secreto que nunca había planeado revelar.
—No sé —dijo al fin, la honestidad en sus palabras era tan cruda que dolía—. Supongo que... porque cuando te vi por primera vez, el primer día de clases, hace ya casi dos años, supe que eras importante. No pregunté por qué. No analicé el sentimiento. Solo... supe. Como cuando ves una película y sabes, antes de que termine, que va a ser tu favorita de por vida. O cuando escuchas una canción por primera vez y algo en ti reconoce que la vas a tararear durante semanas, que va a acompañarte en momentos importantes. Así me sentí cuando te vi. Como si te reconociera de algún lugar que no puedo nombrar.
La frase cayó entre ellos como una piedra en un estanque tranquilo, creando ondas que se extendían en todas direcciones, alterando la superficie de lo que hasta ahora había sido una amistad incipiente y desigual.
Valeria sintió que el corazón se le aceleraba, un tambor en su pecho que marcaba un ritmo nuevo. No era amor, no todavía. Era otra cosa. Un reconocimiento. Una confirmación de lo que en la otra vida había ignorado sistemáticamente, demasiado ocupada persiguiendo una ilusión de grandeza para ver lo que tenía frente a los ojos.
—Daniel... yo no soy quien tú crees. No soy la persona que merece que te preocupes así. No soy... especial.
—¿Y quién creo que eres?
—Alguien buena. Alguien que merece que se preocupen por ella. Alguien digno de esto... este cariño que das tan libremente.
—¿Y no lo eres?
Ella negó lentamente, con la mirada fija en algún punto indefinido de la pared, incapaz de sostenerle la mirada.
—He hecho cosas malas. He herido a gente que me quería. He sido egoísta, ciega, estúpida. He elegido mal una y otra vez, persiguiendo cosas que no importaban. He priorizado a quien no debía. He ignorado a quien sí merecía mi atención. Soy un desastre, Daniel. Un desastre que ni siquiera sabe cómo arreglarse.
—Todos hemos hecho eso. Todos nos hemos equivocado. Es parte de estar vivo.
—No como yo. No con las consecuencias que tuvieron mis errores. No con lo que perdí en el proceso.
Daniel la miró largamente, y en sus ojos no había el juicio que ella temía, ni la decepción que esperaba. Había algo más suave, más compasivo. Luego, con una calma que la desarmó por completo, dijo:
—No me importa lo que hayas hecho. Me importa lo que quieras hacer de ahora en adelante. Me importa quién quieres ser, no quién fuiste. El pasado es un lugar al que no podemos volver, pero el futuro... el futuro todavía no está escrito. Podemos escribirlo juntos, si quieres.
Valeria sintió que los ojos se le humedecían, una presión atrás de los párpados que amenazaba con convertirse en lágrimas. Las contuvo, tragando con fuerza.
—¿Por qué eres así? ¿Tan bueno? ¿Tan paciente? ¿Estas tan dispuesto a dar sin esperar nada a cambio?
Él sonrió. Una sonrisa triste, como si esa bondad le hubiera costado más de lo que dejaba ver, como si tuviera cicatrices que nunca mostraba.
—No soy bueno. Solo aprendí que la vida duele menos cuando intentas que a los demás no les duela tanto. Es... egoísmo, en realidad, si lo piensas bien. Si hago sentir bien a otros, yo también me siento bien. Es una forma de supervivencia. Una estrategia de afrontamiento.
—¿Y a ti quién te hace sentir bien? ¿Quién se preocupa por ti?
Daniel no respondió inmediatamente. Su mirada se desvió hacia la ventana, hacia el atardecer que teñía la habitación de colores cálidos, dorados y rosados que se reflejaban en su perfil.
—No muchos —admitió finalmente—. Mi familia es... complicada. Mi papá se fue cuando era pequeño. Mi mamá trabaja todo el tiempo para mantenernos. No tengo hermanos. Los amigos de verdad son pocos. Así que aprendí a ser mi propia compañía. Y a encontrar satisfacción en pequeñas cosas. Como traerle apuntes a alguien que quizás ni los mire.
—Yo los miraré —dijo Valeria con una firmeza que la sorprendió—. Los miraré todos. Y te agradeceré adecuadamente. En cuanto... en cuanto resuelva algunas cosas que tengo pendientes.
—No tienes que agradecer nada. No es un intercambio. No estoy llevando la cuenta.
—Lo sé. Y eso es precisamente por lo que mereces que te lo agradezca.
—¿Tomas café? —preguntó ella de repente, cambiando el tema porque el anterior era demasiado profundo, demasiado intenso para sostenerlo más tiempo sin romperse—. Quiero decir, ¿te quedas un rato? Mamá casi tiene lista la cena, y probablemente insistirá en que te quedes, pero si quieres, podemos tomar un café antes. Tengo una forma especial de prepararlo. No tan buena como la de Laura, pero... es algo.
—Sí —respondió él, y su sonrisa fue diferente esta vez, menos triste, más genuina—. Me quedo. Me gusta el café. Cualquier café.
—¿Cómo te gusta?
—Solo. Sin azúcar. Negro como el pecado, diría mi abuela.
—Qué raro. Todo el mundo le pone azúcar. O leche. O esas cosas fancy que venden ahora.
—Lo sé. Siempre me lo dicen. Soy raro en general, supongo. Pero me gusta así. Amargo. Te acostumbras. Y después, cualquier otra cosa te parece demasiado dulce.
Ella sonrió, y fue una sonrisa real, que le iluminó el rostro.
—Entonces ven. Te enseño cómo lo hago yo. Aunque igual no es tan bueno como el de las cafeterías fancy que probablemente frecuentas cuando no estás en clases.
—Seguro que es mejor. Porque tú lo harás.
Caminaron hacia la cocina, un espacio pequeño pero acogedor, lleno de olores a hogar y historia. El sonido de la salsa burbujeando en la estufa, el repiqueteo de los utensilios contra los bordes de los cacharros, la luz cálida de la tarde entrando por la ventana. Mientras Valeria preparaba el café con movimientos que recordaba de su madre, Daniel se quedó en la puerta, observando, como si quisiera grabar ese momento en su memoria, como si temiera que pudiera desvanecerse si parpadeaba.
—Gracias —dijo ella de repente, sin mirarlo, concentrada en verter el agua caliente sobre los granos molidos—. Por estar aquí. Por no irte cuando habrías tenido mil razones para hacerlo. Por ser tú.
—No tengo otro lugar donde ir —dijo él, y aunque las palabras sonaban tristes, su tono no lo era—. Bueno, sí tengo. Pero prefiero estar aquí. Contigo.
—Eso no es verdad. Podrías estar en cualquier lado, con cualquiera. Pero eliges estar aquí. En esta casa modesta, esperando a una chica que ni siquiera sabe qué hacer con su vida.
—Eso es lo que intento decir. No es elección. Es... necesidad. Como respirar. Simplemente sucede.
Por un instante, cuando ella le tendió la taza, sus dedos se rozaron. Fue un contacto mínimo, insignificante en términos físicos. Pero para Valeria, fue suficiente.
Porque en ese roce sintió algo que no había sentido en años de matrimonio en la otra vida: calor genuino. No el calor sofocante y calculador de la pasión interesada, ni el frío glacial del desprecio, sino el calor tranquilo y constante de quien está donde debe estar, con quien debe estar.
Y en algún lugar de la ciudad, mientras ella reía por algo que Daniel decía, Alejandro Rivas miraba una foto de ella en su teléfono, una foto robada de redes sociales o tomada por alguno de sus hombres. No sabía por qué esa chica le resultaba tan familiar, tan inquietante. No sabía por qué no podía dejar de pensar en ella desde que la vio cruzar la calle frente a su auto hace unos días, ajena a su presencia, con esa belleza natural que no requería maquillaje ni ropa de diseñador.
Pero iba a averiguarlo.
Cueste lo que cueste.
...Madre de Valeria...
...Daniel...