Valeria Rivas vive luchando por sobrevivir: trabaja como mesera, cuida a sus hermanos y trata de salvar a su madre enferma. Muy lejos de su realidad, su hermana gemela Isabella vive rodeada de lujo como heredera de la poderosa familia De Alvarenne.
Separadas por el dinero, el orgullo y un pasado lleno de secretos, sus vidas parecen destinadas a no cruzarse jamás… hasta que una inesperada llamada obliga a Valeria a regresar al mundo que la rechazó.
Entonces comienza un juego peligroso de mentiras, poder y destinos cambiados.
Porque a veces, para salvarlo todo…
tendrás que fingir ser alguien más.
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CAPITULO #1 - MI NOMBRE ES VALERIA
El sonido de un plato rompiéndose siempre me hace pensar en lo fácil que es perderlo todo. A veces basta un pequeño descuido… un segundo… y algo que parecía firme se hace pedazos contra el suelo.
—¡Valeria!
La voz de don Ernesto atravesó el ruido del restaurante.
—¡Cuidado con esos platos! ¡No estamos para pagar más vajilla rota!
—Lo siento —murmuré rápidamente.
Mis manos temblaban un poco mientras acomodaba los vasos sobre la bandeja. Traté de disimularlo. Aquí nadie tiene paciencia para las meseras torpes.
El restaurante estaba lleno esa noche. El murmullo de las conversaciones, el choque de los cubiertos y el olor a comida caliente llenaban el aire. Afuera ya era de noche, pero dentro las luces amarillas hacían que todo pareciera cálido… acogedor… casi feliz.
Casi.
Porque yo sabía que, en cuanto saliera por esa puerta, la realidad me estaba esperando.
Y la realidad nunca es cálida.
Caminé entre las mesas con la bandeja apoyada contra mi brazo. Sentía los pies pesados, como si cada paso pesara el doble. Llevaba más de diez horas trabajando y todavía faltaba cerrar.
Pero no podía quejarme. Necesitaba este trabajo, desesperadamente.
—Aquí tienen —dije al dejar dos platos frente a una pareja joven.
La chica llevaba un vestido bonito. El chico no podía dejar de mirarla. Ella se reía con esa risa ligera de las personas que no tienen que preocuparse por el mañana.
Por un segundo me quedé mirándolos. No con envidia. Solo con curiosidad.
¿Cómo se siente vivir así?
¿Cómo se siente no tener miedo de llegar a casa?
Sacudí la cabeza y regresé al mostrador antes de que don Ernesto volviera a gritar. Tomé mi pequeño cuaderno de pedidos, pero mis ojos no se detuvieron en las órdenes. Se detuvieron en la última página.
Ahí estaba la lista que llevo semanas escribiendo.
• Medicamentos.
• Tratamientos.
• Consultas médicas.
• Exámenes.
Cada palabra tenía un número al lado. Y cada número parecía más grande que el anterior. Tragué saliva.
La medicina de mamá se estaba acabando otra vez. Metí la mano en el bolsillo del delantal y saqué mi teléfono viejo. La pantalla estaba un poco rota, pero aún funcionaba.
Tenía dos mensajes nuevos.
El primero era de Daniel. Mi hermano menor.
"Vale… ¿puedo comer el último yogurt? Tengo mucha hambre."
Sentí un pequeño nudo en la garganta. Tiene solo nueve años. A esa edad los niños deberían preocuparse por videojuegos o tareas de la escuela… no por si queda comida en el refrigerador.
Respondí rápido.
"Sí, cómelo. Mañana compro más."
Mentira. No sabía si podría comprar más.
El segundo mensaje era de Lucía. Mi hermana.
"Valeria… mamá volvió a vomitar. Dice que no quiere ir al hospital otra vez."
El corazón me dio un golpe fuerte dentro del pecho. Apoyé las manos en el mostrador porque de pronto sentí que las piernas me fallaban.
Mi mamá lleva enferma casi un año. Al principio los doctores decían que el tratamiento ayudaría. Luego dijeron que sería largo. Después… dejaron de prometer cosas. Y las promesas son importantes cuando estás enfermo.
Respiré hondo. No puedo llorar aquí. No puedo. Si don Ernesto me ve llorar dirá que asusto a los clientes. Y si pierdo este trabajo… No quiero ni pensar qué pasaría.
Guardé el teléfono y traté de concentrarme en limpiar una mesa cercana, pero algo dentro de mi pecho no dejaba de apretarse. Porque además de todo… sabía que había otro problema esperándome en casa.
El alquiler. Ayer encontré un sobre debajo de la puerta del apartamento. Todavía podía recordar las palabras escritas en letras frías.
"Si no se realiza el pago correspondiente antes de siete días, se procederá con el desalojo."
Desalojo. Una palabra tan corta para algo tan grande. Porque si nos sacan…
¿A dónde iremos?
¿A dónde llevo a mamá con su enfermedad?
¿Dónde duermen Daniel y Lucía?
Cerré los ojos un momento. Respira, Valeria. Solo respira. Mi mamá siempre dice que soy fuerte. Pero creo que está equivocada. No soy fuerte. Solo soy la única que no puede romperse. Porque si yo me rompo… todo se cae.
—¡Valeria! —gritó otra vez don Ernesto.
Abrí los ojos rápidamente.
—¡Mesa cuatro!
—Ya voy.
Tomé otra bandeja y caminé hacia los clientes. Una señora mayor me sonrió cuando dejé su sopa frente a ella.
—Gracias, querida.
La palabra querida me atravesó como una aguja. Hace mucho que nadie me dice algo así. Asentí y me alejé antes de que notara que mis ojos empezaban a arder.
El reloj en la pared marcaba las diez de la noche. Faltaban dos horas para cerrar. Dos horas más antes de poder ir a casa. A nuestro pequeño apartamento con paredes agrietadas y ventanas que dejan entrar el frío.
A Daniel haciendo la tarea en la mesa de la cocina.
A Lucía intentando parecer fuerte mientras cuida a mamá.
A mamá… tan pálida que a veces parece una sombra de la mujer que solía ser.
Seguí caminando entre las mesas, repitiendo sonrisas que no sentía.
“Buenas noches.”
“Con gusto.”
“Enseguida.”
A veces pienso que mi vida se ha vuelto una actuación. Finjo que estoy bien. Finjo que no tengo miedo. Finjo que todo está bajo control.
Pero la verdad… la verdad es que cada día siento que estoy caminando sobre hielo demasiado delgado. Y cualquier paso en falso podría hundirnos a todos.
Mientras recogía unos vasos vacíos, una idea cruzó mi mente. Una idea que todavía no existía del todo. En ese momento todavía no sabía cómo iba a pasar. Ni cuándo.
Pero lo que sí sabía… es que muy pronto tendría que tomar una decisión.
Una decisión que salvaría a mi familia… o destruiría todo lo que queda de mí.
Y así fue como comenzó todo.
No con amor.
No con sueños.
Sino con desesperación.
Con miedo.
Y con una mentira tan grande… que terminaría cambiando mi vida para siempre.
Porque a veces, cuando el mundo te quita todas las opciones… lo único que te queda…
es fingir ser alguien más.
espero puedas seguirla disfrutando..!! 🥰🥰