Obra narrativa de fantasía espiritual que narra la formación de cuatro hermanos elegidos por el Padre Celestial para proteger la Tierra tras una antigua guerra en el cielo. Esta primera saga está centrada en la profecía, el entrenamiento espiritual de los protagonistas y la revelación progresiva de su propósito divino. Inspirada en valores espirituales con fuerte simbolismo del bien, el mal, la fe y el propósito eterno.
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EL RUGIDO DEL LEÓN - MAIKEL
El guía celestial descendió sin anunciarse, atravesando nubes densas y corrientes de viento hasta hundirse en la respiración húmeda de la selva. Las copas de los árboles se abrieron apenas para dejarlo pasar. Llevaba a Maikel dormido entre sus brazos, pequeño y liviano, ajeno al destino que lo esperaba. Cuando tocaron tierra en lo más profundo del bosque, lo depositó con cuidado sobre un lecho de hojas húmedas. Lo observó un instante, con una mirada serena que no necesitaba palabras, y luego desapareció entre la neblina.
Maikel despertó solo.
El aire era espeso. El suelo estaba tibio y vivo bajo sus manos. A su alrededor, la selva no callaba nunca: chillidos lejanos, ramas que se partían, hojas agitadas por algo que se movía sin dejarse ver. Tenía cinco años. Sus pies descalzos se hundían en el barro, su ropa apenas lo cubría. La inocencia seguía en su mirada, pero el miedo comenzó a crecer como una sombra pegada a su espalda.
Los primeros días fueron brutales. No entendía qué frutos podía comer y cuáles no. Bebía agua de donde podía, se cortaba con espinas, tropezaba con raíces ocultas bajo la tierra húmeda. Dormía mal, sobresaltado por cualquier ruido. Los insectos le picaban la piel sin tregua. Lloró más de una noche, en silencio primero, luego sin contenerse.
Una manada de hienas lo detectó desde temprano. Al principio eran cinco figuras que lo observaban a distancia, moviéndose entre la maleza con paciencia. No atacaban. Esperaban. Lo seguían cuando caminaba, se acercaban cuando descansaba, lo obligaban a correr hasta que se refugiaba trepando a un árbol bajo o escondiéndose entre raíces gruesas.
Una tarde tropezó y se golpeó la frente contra una piedra. El mundo le dio vueltas. Lloró con rabia, con miedo, con agotamiento.
—Mamá… —susurró entre sollozos.
Y el recuerdo llegó nítido: ella inclinada sobre su cama, acariciándole el cabello con suavidad.
—Maikel, incluso en la oscuridad, tú puedes encontrar tu luz. No olvides quién eres.
El niño respiró hondo, como si esas palabras aún flotaran en el aire caliente de la selva. Se secó el rostro con el dorso del brazo y se obligó a levantarse. No podía seguir moviéndose como presa.
A partir de entonces comenzó a observar. Descubrió que los pájaros cambiaban su canto cuando un depredador se acercaba. Notó que algunas hojas servían para cubrir su olor. Aprendió a trepar más alto, a construir pequeños refugios entre ramas entrelazadas. Las hienas volvieron a buscarlo, pero ya no corría sin rumbo; elegía el terreno, provocaba, desaparecía entre la vegetación.
Sin embargo, la selva nunca concede tregua definitiva.
Una tarde, junto a un arroyo, la emboscada fue directa. No eran cinco esta vez. Eran más. Lo rodearon sin ruido, cerrándole la salida hacia el agua y hacia los árboles. Maikel sostuvo una rama afilada con manos temblorosas, lanzó una piedra, gritó para intentar asustarlas. Una hiena saltó y lo mordió en el brazo. Otra lo derribó. El barro le llenó la boca. Intentó levantarse, pero una pata lo presionó contra el suelo.
El miedo lo atravesó completo.
Entonces, un rugido sacudió la selva.
No fue un sonido cualquiera. Fue profundo, dominante, antiguo.
De entre la vegetación emergió un león de melena amplia y dorada. Sus músculos se movían bajo la piel con una calma poderosa. Se lanzó sobre la hiena más cercana y la apartó con violencia. Las demás retrocedieron, dudaron apenas un segundo, y luego huyeron entre los árboles.
El león no persiguió. Se quedó allí.
Maikel respiraba con dificultad, con el brazo herido y el cuerpo cubierto de barro. Levantó la vista. El animal se acercó despacio, sin mostrar los dientes. Lo observó como si midiera algo más que su tamaño.
—¿Estabas… mirando? —preguntó Maikel, con la voz quebrada pero firme.
El león no respondió, claro, pero tampoco apartó la mirada. Finalmente se sentó frente a él, en silencio.
Ese día no regresó solo.
La manada lo toleró primero, luego lo aceptó. Dormía cerca, nunca demasiado pegado al inicio, pero lo bastante como para sentir el calor de los cuerpos. Aprendió a interpretar gestos mínimos: una oreja que se movía, una cola que marcaba tensión, una mirada que advertía peligro. Con el tiempo corrió con ellos. No como un cachorro, sino como algo distinto. No tenía garras ni colmillos, pero compensaba con agilidad, estrategia y una determinación que sorprendía incluso al gran león.
Los años en la selva lo moldearon. Su cuerpo se volvió resistente. Sus movimientos silenciosos. Su mirada dejó de ser temerosa.
Una mañana, desde una colina rocosa, observaba el territorio. El viento traía olores de lluvia y tierra removida. De pronto, un estruendo quebró la calma. Parte de la ladera de una montaña comenzó a ceder. Rocas enormes rodaban pendiente abajo, arrancando árboles en su camino.
En la parte baja, varios cachorros jugaban sin notar el peligro.
Maikel sintió que algo le oprimía el pecho.
—No… —murmuró al principio.
Luego gritó.
—¡No!
Corrió cuesta abajo unos pasos y extendió las manos por puro instinto, como si pudiera empujar el aire mismo. Sintió una presión intensa en la cabeza, en los brazos, en el centro del pecho. No era dolor exactamente, pero ardía.
La roca más grande descendía directo hacia los cachorros.
—¡Detente! —ordenó con toda su voluntad.
El mundo pareció tensarse.
La roca se frenó bruscamente a pocos metros del suelo, suspendida en el aire como si una fuerza invisible la sostuviera. Maikel temblaba, las venas marcadas en sus brazos, la respiración descontrolada. Con un movimiento lento de su mano, desvió la masa de piedra hacia un lado. Cayó lejos, levantando una nube de polvo, sin herir a nadie.
Las demás rocas siguieron su curso, pero el peor impacto había sido evitado.
La selva quedó en silencio unos segundos.
El gran león subió hasta donde estaba Maikel. Lo miró fijamente, y luego inclinó la cabeza frente a él. No fue sumisión. Fue reconocimiento.
Maikel bajó las manos poco a poco. Sentía el pulso latiendo en todo el cuerpo, pero también una claridad nueva, firme.
Ya no era el niño que lloraba entre raíces.
La selva no lo había devorado.
Lo había forjado.
Y dentro de él, algo poderoso había despertado.