Elena nunca imaginó que su libertad tendría un precio tan alto. Con su madre al borde de la muerte y las deudas asfixiándola, se ve obligada a aceptar la propuesta del hombre más poderoso y enigmático de la ciudad: Ernesto Blackwood.
El trato es sencillo: un año de matrimonio falso, una firma en un papel y ninguna pregunta. Ernesto necesita una esposa para cumplir con un legado familiar, y Elena necesita el dinero para salvar lo único que ama. Sin embargo, tras las puertas de la imponente mansión Blackwood, ella descubrirá que Ernesto es un hombre de secretos oscuros y una presencia letal.
Ahora, Elena se enfrenta a un desafío que no estaba en el contrato: sobrevivir a la intensidad de un hombre que no acepta un "no" por respuesta. En este juego de poder, ella aprenderá que no hay nada más letal que el peligro de amarlo.
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El beso de la serpiente
El humo del sobre quemado parecía haberse instalado permanentemente en mis pulmones. Durante dos días, no hablé con Ernesto. Él tampoco intentó buscarme; se limitaba a observarme desde el otro extremo de la mesa del comedor, como quien vigila a una criatura herida que en cualquier momento puede saltar a la yugular. El silencio en la mansión se volvió denso, casi sólido, roto solo por el sonido de mis propios pasos mientras vagaba por los pasillos como un alma en pena.
A la tercera tarde, recibí un paquete. No llegó por el servicio postal oficial, sino que fue dejado en la puerta trasera por un mensajero que desapareció antes de que la ama de llaves pudiera identificarlo. Era una caja pequeña, envuelta en papel negro satinado. Dentro, no había joyas ni amenazas, solo un teléfono móvil de modelo antiguo y una nota escrita con una caligrafía perfecta y elegante.
"Lo que las llamas destruyen, la memoria lo reconstruye. Si quieres saber qué decía la carta de tu padre, contesta cuando suene".
No tuve que esperar mucho. Apenas dejé la caja sobre mi cama, el aparato vibró con una intensidad que me hizo saltar. Con las manos sudorosas, presioné el botón de aceptar.
—Hola, Elena —la voz de Alexander Rossi se deslizó por el auricular, tan suave y peligrosa como la seda—. Espero que el humo de la biblioteca no te haya causado demasiada tos. Ernesto siempre ha tenido una inclinación por lo dramático cuando se trata de ocultar sus pecados.
—¿Qué es lo que quieres, Alexander? —mi voz sonó más firme de lo que me sentía—. Ernesto dice que eres una serpiente.
—Las serpientes solo muerden cuando se sienten amenazadas, querida. Y Ernesto Blackwood es una amenaza para todos, especialmente para ti —hizo una pausa deliberada—. Tu padre no murió por causas naturales en prisión, Elena. Murió porque sabía demasiado sobre la fusión ilegal que los Blackwood estaban orquestando. Ernesto no quemó ese sobre para protegerte a ti, sino para proteger el legado de su abuelo... y su propia fortuna.
Sentí un vacío en el estómago. La duda era un veneno que Alexander sabía administrar en dosis exactas.
—Si tienes pruebas, dímelas ahora —exigí, apretando el teléfono contra mi oreja.
—No por teléfono. Mañana habrá una exposición benéfica en la galería central. Ernesto estará allí, por supuesto, pero habrá un momento en que la prensa lo distraerá. Encuéntrame en la sala de esculturas griegas. Te daré lo que buscas, pero ten cuidado: una vez que veas la verdad, no podrás seguir durmiendo en la misma cama que el hombre que destruyó a tu familia.
La llamada se cortó. Me quedé mirando el teléfono, sintiendo que el mundo giraba a mi alrededor. ¿A quién creer? ¿A Ernesto, que me había salvado de la calle pero me ocultaba la verdad entre llamas? ¿O a Alexander, que me ofrecía la verdad pero cuya familia odiaba a la mía desde hacía décadas?
Esa noche, Ernesto regresó más tarde de lo habitual. Lo escuché entrar en mi habitación cuando yo fingía dormir. Sentí el hundimiento del colchón cuando se sentó en el borde de la cama. El aroma a whisky y a cansancio lo envolvía.
—Sé que estás despierta, Elena —susurró. Su mano se movió tentativamente, como si quisiera acariciar mi cabello, pero se detuvo a medio camino—. Siento lo de la biblioteca. No espero que lo entiendas ahora, pero el fuego es a veces la única forma de purificar un pasado que no merece ser recordado.
—¿Y quién decide qué merece ser recordado, Ernesto? —pregunté, abriendo los ojos y mirándolo a través de la penumbra—. ¿Tú? ¿Tu apellido?
Él suspiró y se puso en pie, su silueta recortada por la luz de la luna que entraba por el ventanal.
—En este mundo, el que tiene el poder decide la historia. Duerme. Mañana tenemos la gala de la galería. Es un evento importante para la imagen de la empresa.
—Estaré allí —dije, y mi propia determinación me asustó.
—Lo sé. Siempre cumples con tu parte del contrato.
Salió de la habitación, dejándome sola con el peso del secreto que Alexander me había entregado. El peligro de amarlo estaba siendo eclipsado por un peligro mucho más inminente: la posibilidad de que el hombre que empezaba a despertar sentimientos en mi frío corazón fuera, en realidad, mi verdugo.
Al día siguiente, mientras me preparaba para la exposición, el anillo de diamante negro parecía quemarme el dedo. Me puse un vestido de encaje oscuro, tan sofisticado como la mentira que estaba a punto de vivir. No sabía qué encontraría en la sala de esculturas griegas, pero sabía que, pasara lo que pasara, la Elena Noir que entró en esa mansión no regresaría jamás.