En el continente de Saderia, un lugar mágico, hermoso y medieval todas las razas de seres convivían en paz. Pero la raza de los dragones por su prepotencia , decidieron ellos ser la raza dominante y comenzó una guerra con los humanos, elfos, trolls y Orcos gigantes. Cuando los dragones estuvieron a punto de ser derrotados la reina de los dragones hizo un ritual y creó en el círculo del fin al primer y único sangre de Dragon conocido como El Oscuro. Este ser salvó a los últimos 4 dragones y los repartió por todo el continente. 100 años después un joven llamado Reinders es la primera reencarnación de El Oscuro el cual se encuentran de casualidad uno de los cuatro dragones en una chica ,comenzó así su aventura , su enfrentamiento con su destino.
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Capítulo 7: El Amanecer de la Guerra
El sol apenas se asomaba por el horizonte, tiñendo las nubes de un rojo encendido que parecía presagiar sangre. El viento soplaba desde el norte, trayendo consigo el eco metálico de miles de pasos marchando sobre el campo endurecido.
Desde una colina, Reinders observaba el horizonte con el ceño fruncido. A lo lejos, el ejército humano avanzaba como una marea de acero y banderas. El aire olía a hierro, sudor y magia contenida.
A su lado, las cuatro chicas —Mar, Elsa, Estu y Creta— permanecían en silencio, cada una procesando a su manera lo que veían.
—Nunca había visto tantos humanos juntos sin que intentaran matarse entre ellos —dijo Estu, cruzando los brazos, su tono cargado de ironía.
—Eso solo pasa cuando hay una excusa para hacerlo
—respondió Elsa, ajustándose la capa. Un leve humo rojizo escapó de sus dedos, como si su sangre hirviera.
—La excusa esta vez… son 5 Runas —dijo Mar, la de ojos fríos como el invierno—. Dicen que los trols las hallaron en el Valle de Grunhar. Los humanos no permitirán que se queden con ella.
Reinders no apartó la vista del horizonte.
—Ni yo lo permitiría.
—¿Piensas intervenir? —preguntó Creta, su voz grave, casi un gruñido. Su musculatura tensó la armadura de cuero oscuro que llevaba puesta. Reinders guardó silencio por unos segundos.
—Las Runas del Fin pertenecen al Círculo. Y el Círculo… pertenece a mí.
—Tú y tus frases misteriosas —bromeó Estu, pero notó el brillo azul encendiéndose brevemente en los ojos del joven.
Horas después, los caminos que llevaban al campamento del ejército humano estaban llenos de comerciantes, curanderos y refugiados. El grupo decidió infiltrarse entre ellos. Reinders llevaba una capa oscura con capucha; Creta, por su tamaño, era imposible de disimular, pero fingía ser una escolta mercenaria. Al llegar a los límites del campamento, los guardias detuvieron el paso.
—Nombre y propósito —dijo uno con tono rutinario.
—Viajero y su séquito de… acompañantes excéntricas —respondió Reinders con una sonrisa tan natural que el guardia parpadeó confundido.
Estu, desde atrás, murmuró:
—¿Excéntricas? ¿Y tú qué eres, el normal del grupo?
—Exacto —dijo él, sin dudar.
Creta bufó. —Tienes más ego que músculo.
—Y sin embargo, sigo vivo, ¿no?
El intercambio terminó cuando una figura imponente emergió del centro del campamento. Los soldados se apartaron instintivamente. Vestía una armadura blanca y dorada, adornada con emblemas de dragones estilizados. Su presencia irradiaba autoridad y poder; el viento mismo parecía obedecerle. Tenía el cabello negro azabache, largo hasta los hombros, y una barba perfectamente cuidada.
Era Drop, el General de los Caballeros Dorados, uno de los dos líderes de la campaña contra los trols.
Sus ojos dorados recorrieron a Reinders y su grupo con atención.
—¿Quiénes son estos forasteros? —preguntó sin levantar la voz, pero con una firmeza que hizo que incluso Creta se tensara.
El guardia se enderezó al instante.
—Mi general, dicen ser viajeros en busca de trabajo, señor.
—¿Viajero, dices? —Drop avanzó un paso, deteniéndose frente a Reinders—.
Tienes la mirada de alguien que ha visto más guerras que caminos.
Reinders sonrió levemente.
—Depende del camino. Algunos te obligan a pelear, otros a sobrevivir.
El silencio se volvió pesado por un momento. Las chicas se miraron, listas para intervenir si el ambiente se volvía hostil. Drop lo observó durante unos segundos que parecieron eternos, luego se giró y ordenó:
—Dejadlos pasar.
El guardia asintió, sorprendido. Mientras el grupo entraba, Drop habló sin mirar atrás:
—No sé quién eres, chico… pero si piensas acercarte a mis hombres sin permiso, asegúrate de poder controlarte. Aquí una chispa puede incendiar todo un ejército.
Reinders respondió sin perder la calma:
—Tranquilo, general. Si hay un fuego que se desate… sabré controlarlo.
Drop se detuvo, giró levemente la cabeza y vio, por un instante, un resplandor azul intenso en el aire que rodeaba al joven. El fuego azul. Sus ojos se entrecerraron.
—Interesante…
Más tarde, cuando el sol ya estaba alto, el grupo fue asignado a un pequeño destacamento en el límite norte del campamento. Desde allí podían observar la vasta extensión del Valle de Grunhar, donde el ejército humano se preparaba para el asalto final. En el horizonte, una sombra colosal se movía entre la neblina. Los trols gigantes estaban acampados en el otro extremo del valle.
Mar observó con sus ojos helados.
—¿Están… cantando?
—Sí —dijo Estu—. Y si tuviera que apostar, diría que es un canto de guerra.
—Cantan para honrar a su líder —murmuró Creta, seria—. Lo conocí hace años. Chin Gigante.
El nombre bastó para que hasta el viento se detuviera. Reinders la miró de inmediato.
—¿Chin Gigante?
Creta asintió.
—Un Trol antiguo, de la era previa al Círculo del Fin. Era un guerrero noble, hasta que su pueblo fue masacrado por humanos. Desde entonces, odia todo lo que camine sobre dos pies.
—¿Qué tan fuerte es? —preguntó Estu.
Creta se cruzó de brazos.
—Si yo soy nivel Élite… Chin es un nivel que no debería existir.
—Vaya, suena divertido —bromeó Reinders.
Mar lo miró con fastidio. —¿Divertido? Estamos hablando de un ser que puede destruir un castillo con una sola piedra.
—Por eso —sonrió él—. Si vamos a entrar en guerra, que sea con estilo.
Elsa soltó una carcajada.
—No sé si estás loco o si de verdad crees que el fuego azul puede con todo.
—Con todo no —dijo Reinders, mirando el horizonte—. Pero con lo necesario, sí.
Mientras tanto, del otro lado del valle, entre los montes ennegrecidos, el campamento de los Trols Gigantes hervía de actividad. El sonido de martillos golpeando piedra se mezclaba con gruñidos guturales y cánticos de guerra.
En el centro, un trono improvisado de huesos y metal sostenía la figura descomunal de Chin Gigante.
Su piel gris azulada estaba cubierta de runas talladas directamente en su carne. Cada una brillaba con un resplandor verdoso que parecía moverse como lava bajo la piel.
Frente a él, un chamán trol se inclinó.
—Señor, los humanos han acampado en el borde del valle. Marcharán al amanecer.
Chin sonrió, mostrando colmillos afilados.
—Que marchen. Quiero ver si el valor humano sigue teniendo sabor.
El chamán dudó.
—Mi señor… ¿y las Runas del Fin? Aún no hemos logrado controlarlas. Su poder es—
—¡Mío! —rugió Chin, levantándose. Su sombra cubrió a media docena de trols menores—.
— Las Runas del Círculo del Fin fueron robadas por los dragones para darse poder, además de crear al ser supremo. Luego es Círculo fue roto por los elfos y sellados por los humanos. ¡Yo las devolveré al mundo, con sangre si es necesario!
La tierra tembló cuando su puño golpeó el suelo, dejando una grieta que ardía con fuego verde.
—Prepárense —ordenó—. Al amanecer, la guerra volverá a enseñar quién es el verdadero rey del norte.
De vuelta en el campamento humano, la tensión era palpable. Las hogueras ardían, los caballos resoplaban y los soldados susurraban oraciones.
Reinders y su grupo habían conseguido una tienda algo apartada, cerca del límite del bosque.
Estu estaba ajustando sus armas metálicas mientras tarareaba una melodía.
—Bueno, jefe, ¿cuál es el plan?
Reinders se recostó en el tronco de un árbol, con los brazos detrás de la cabeza.
—Esperar. Observar. Y cuando la Runa aparezca… movernos antes que los demás.
—¿Y si los humanos la reclaman primero? —preguntó Elsa.
Reinders sonrió.
—Entonces la “liberamos”.
Creta soltó una carcajada ronca.
—Tienes el descaro de un dragón, eso te lo admito.
—Debe ser la sangre —replicó él con un guiño.
Mar, que había estado en silencio todo el rato, habló finalmente:
—Reinders… ¿crees que esa guerra tiene sentido?
Él la miró, serio.
—Ninguna guerra lo tiene. Pero algunas son inevitables.
Su voz se tornó grave. —Y si hay 5 Runas ahí fuera, prefiero que su poder lo use alguien que sepa cuándo detenerse. Más tarde, una figura se acercó a su campamento. El brillo dorado de su armadura reveló quién era antes de que hablara.
—Así que aquí estaban los “viajeros excéntricos”. —Drop se cruzó de brazos frente a ellos—.
¿Puedo preguntar qué asunto tienen en medio de una guerra que no les pertenece?
Reinders se levantó lentamente.
—Digamos que el destino tiene mal sentido de la orientación.
—¿Destino? —Drop arqueó una ceja—. El destino no te lleva a un campo de batalla, chico. Tus decisiones sí.
Reinders sostuvo su mirada, firme.
—Entonces decidí estar aquí.
El silencio se extendió entre ambos. Creta observó con interés; sabía que era una batalla de orgullo más que de palabras.
Finalmente, Drop rompió el silencio:
—Tienes agallas. Pero recuerda esto: en la guerra, el valor sin control es solo una forma elegante de morir.
—Gracias por el consejo, general —dijo Reinders—. Espero vivir lo suficiente para devolvértelo.
Drop sonrió apenas, como si aquel intercambio le hubiera resultado más interesante de lo esperado.
—Nos veremos en el campo, chico. Y entonces veremos si tu fuego azul brilla tanto como tu lengua.
Esa noche, el cielo se cubrió de nubes negras. El viento trajo un olor a tormenta… y a magia. Desde su posición en la colina, Reinders observaba las luces del campamento trol al otro lado del valle. Un rugido lejano hizo vibrar la tierra. Elsa se acercó, su cabello rojo resplandeciendo bajo el fuego de la hoguera.
—¿No puedes dormir?
—No —respondió él—. Algo me dice que mañana el amanecer traerá más que luz.
—¿Miedo?
—No —sonrió levemente—. Expectativa.
Elsa suspiró.
—Solo asegúrate de no convertirnos a todos en cenizas con ese fuego tuyo.
—Sin promesas —respondió Reinders con una sonrisa.
Creta se unió a ellos, su mirada fija en el horizonte.
—El viento ha cambiado. Los trols se están moviendo.
—¿Tan pronto? —preguntó Mar, que salió de la tienda envuelta en su capa.
—Sí —respondió Creta—. Y no solo ellos. Los humanos también.
El sonido de las trompetas resonó en la distancia. El amanecer comenzaba… y con él, la guerra.
Reinders desenfundó su espada Coleman. La hoja emitió un leve resplandor azul, como si respondiera a la tensión del momento. Aún sellada, pero viva.
—Es hora —dijo él en voz baja.
Las chicas se alinearon a su alrededor.
—Reinders —dijo Mar—, pase lo que pase, no te atrevas a morir primero.
—No planeo hacerlo. Tengo demasiadas razones para seguir molestando al mundo.
Un trueno sacudió el cielo. El viento arrastró las primeras cenizas del campo enemigo. Y a lo lejos, entre la neblina del amanecer, la figura colosal de Chin Gigante emergió de su ejército, portando un martillo del tamaño de una casa.
El fuego azul del amanecer iluminó su rostro. El destino acababa de empezar a moverse.