Renace en una época diferente.. ahora es rica y hermosa por lo que su único objetivo es disfrutar la vida..
* Esta novela pertenece a un mundo mágico*
** Todas las novelas son independientes**
NovelToon tiene autorización de LunaDeMandala para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Eleanor
Una hora después, cuando Abigail ya había terminado de discutir mentalmente con su versión pasada y estaba planeando cómo no volver a hacer estupideces románticas, la puerta se abrió con suavidad.
Entró una mujer mayor.
Mayor… pero de esa forma elegante que impone respeto. Cabello rojo como el de Abigail, aunque atravesado por hebras plateadas que no le quitaban belleza, sino que la hacían más imponente. Espalda recta. Vestido sobrio, pero costoso.
Sus ojos verdes.. los mismos.. estaban cargados de preocupación.
Lady Eleanor Stevens.
Su madre.
Apenas la vio sentada en la cama, pálida pero despierta, cruzó la habitación en tres pasos y la abrazó con fuerza.
No fue un abrazo aristocrático.
Fue un abrazo de madre.
Abigail se quedó rígida un segundo.. porque nadie la había abrazado así desde su otra vida.. y luego respondió.
Y algo en su pecho se aflojó.
—Mi niña… Nos has dado el mayor susto de nuestras vidas.
Abigail sintió un nudo en la garganta.
Ah.
[Así que sí la amaban.]
No era una familia distante de novela inglesa fría. Había miedo real en esa voz.
—Estoy bien, madre —dijo, probando cómo sonaba esa palabra en su boca.
[Madre..]
Se sentía… extrañamente cálido.
Eleanor se apartó apenas para mirarla, tomando su rostro entre las manos.
—Estuviste delirando. Fiebre alta durante días. El médico temía lo peor.
[Si supieras que técnicamente sí pasó lo peor… pero en versión reinicio.]
Su madre respiró hondo, como si estuviera conteniendo algo.
—Abigail.. No tienes que quedarte aquí.
Ella inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Aquí?
Eleanor dudó apenas.
No necesitaba decir el nombre Sterling.
Todo el mundo sabía.
—Podemos irnos a la capital. A la mansión que tenemos allí. Cambiar de ambiente. Olvidar… todo.
La pausa fue cuidadosa. Respetuosa.
Abigail sintió que el universo le estaba sirviendo la oportunidad en bandeja de plata.
La capital.
Un lugar más grande. Más movimiento. Más personas. Más oportunidades.
Y, lo más importante… Más lejos de la maldita mansión Sterling.
Pero no podía parecer demasiado entusiasmada. Tenía que mantener el papel de joven delicada que aún se recuperaba.
Así que frunció un poco el ceño, fingiendo duda.
—No quisiera causar molestias… —murmuró, bajando la mirada con modestia ensayada.
[¡Sí! ¡Sí, sí, sí! ¡Sáquenme de este pueblo antes de que vuelva a lanzarme de algo!]
Eleanor acarició su cabello.
—No hay molestia alguna. Tendrás todo lo que desees allí. Vestidos nuevos. Eventos. Nuevas amistades.. Pero eso no importa. Lo único que quiero… es que estés bien.
Eso la golpeó diferente.
No era presión social.
No era estrategia.
Era amor.
Abigail tragó saliva.
En su vida pasada, había tenido amigos, sí… pero nadie que la mirara con ese miedo sincero de perderla.
Se permitió apretar un poco más el abrazo.
—Estoy bien, madre.. Y… quizás un cambio de aire no sería mala idea.
Eleanor sonrió por primera vez en días.
—Entonces iremos.
Así de simple.
Abigail bajó la mirada otra vez, fingiendo todavía cierta fragilidad.
—Si usted lo considera prudente…
Por dentro estaba haciendo una fiesta privada.
Capital del reino.
Más grande. Más vibrante. Más interesante.
Nada de viñedos silenciosos llenos de recuerdos humillantes.
Nada de cruzarse con el duque en eventos locales.
Nada de miradas incómodas.
Se imaginó calles amplias, carruajes elegantes, bailes importantes, salones llenos de nobles con chismes frescos.
Y, sobre todo, hombres.
Muchos hombres.
Y esta vez no iba a enamorarse como adolescente sin experiencia.
Esta vez iba a divertirse.
Cuando su madre salió para comenzar los preparativos, Abigail se quedó sola nuevamente.
Miró alrededor de la habitación donde había despertado.
La habitación donde la antigua Abigail había llorado.
Donde había delirado de fiebre.
Donde casi termina todo.
Sonrió.
—Gracias por el cuerpo hermoso y el patrimonio, querida versión uno.. Yo me encargo del resto.
Se levantó con más firmeza.
—Capital del reino… allá voy.
Y mientras el sol iluminaba los viñedos Stevens por última vez antes de su partida, Abigail sintió algo que no había sentido ni siquiera antes de morir en su otra vida.
Expectativa.
No por un hombre.
No por un amor imposible.
Sino por el simple, glorioso hecho de estar viva… Y lista para causar problemas en un pueblo mucho más grande.
La señora Eleanor Stevens no era mujer de hacer las cosas a medias.
Si iban a la capital, iban con dignidad.
En menos de un día, la mansión estaba patas arriba. Criadas doblando vestidos, baúles abiertos sobre la cama, listas interminables escritas con letra elegante. Carruajes revisados. Joyas seleccionadas. Invitaciones enviadas a contactos en la capital para anunciar su inminente llegada.
Abigail observaba todo desde una butaca junto a la ventana, aparentando delicadeza post..fiebre, mientras por dentro pensaba..
[Esto sí es logística eficiente, no como cuando yo hacía maletas cinco minutos antes del vuelo..]
Su madre se movía con energía renovada. Tener un plan la tranquilizaba. Ver a Abigail recuperándose también.
Todo marchaba perfecto.
Hasta la mañana siguiente.
Un mensajero llegó cubierto de polvo del camino. Traía una carta sellada con el escudo familiar.
Eleanor la abrió con naturalidad… que duró exactamente tres segundos.
Su expresión cambió.
No fue pánico. No fue enojo.
Fue preocupación profunda.
Abigail lo notó de inmediato.
—¿Madre? —preguntó, incorporándose un poco.
Eleanor bajó la carta lentamente.
—Es de Anna.
Anna, era la segunda hija. Casada, viviendo a varias jornadas de distancia. Embarazada de su segundo hijo.
La carta era clara.. su embarazo se había adelantado. El doctor recomendaba reposo absoluto. Quería regresar a la mansión Stevens para dar a luz cerca de su madre.
Anna venía.
Y venía pronto.
Eleanor cerró los ojos un instante.
Amaba a sus cuatro hijas con la misma intensidad. Y ahora… dos de ellas la necesitaban.
Una recién recuperada de una tragedia.
Otra a punto de dar a luz.
Abigail notó inmediatamente algo distinto en su postura.
No era la mujer firme que organizaba viajes.
Era una madre dividida.
—Abigail.. Debo hablar contigo.
Eso hizo que Abigail se sentara recta.
Eleanor se acercó y se sentó frente a ella, algo que pocas veces hacía. Siempre mantenía cierta compostura. Ahora no.
Le mostró la carta.
—Anna viene. Su parto será antes de lo esperado.
Abigail sintió un pequeño golpe de realidad.
Claro.
La vida no gira solo alrededor de sus dramas románticos y planes de reinicio personal.
Eleanor respiró hondo.
—No sé qué hacer.. Te prometí que iríamos a la capital. Y quiero cumplirlo. Pero Anna me necesita… y tú también.
Esa confesión era desnuda. Sin orgullo. Sin jerarquías.
Abigail sintió algo apretarle el pecho.
En su vida pasada, pocas veces vio a adultos admitir dudas así.
Miró a su madre.
Ojos verdes cansados. Amor evidente. Preocupación real.
Y por primera vez desde que despertó en este cuerpo, no pensó en el duque. Ni en la capital. Ni en planes brillantes.
Pensó en familia.
Se levantó despacio y tomó las manos de Eleanor.
—Madre… —dijo con suavidad.
Eleanor la miró, casi esperando reproche.
—Quédese con Anna.. Ella va a traer una vida al mundo. Eso es más importante que cualquier viaje.
Eleanor parpadeó, sorprendida.
—¿Y tú? ¿Estarás bien?
Por dentro, Abigail estaba haciendo fuegos artificiales.
[¿Ir sola a la capital? ¿Sin supervisión materna constante? ¿Con presupuesto ilimitado? ¿En una mansión propia? Esto es el cielo administrativo.]
Pero su rostro mostró serenidad madura.
—Estoy mejor, madre. Mucho mejor.. Y quiero conocer la capital por mí misma. Cuando mi sobrino nazca, nos encontraremos allí.
Eleanor la observó largo rato.
Algo en su hija había cambiado.
Había firmeza donde antes había fragilidad.
Había calma donde antes había tormenta.
—¿De verdad estás segura? —insistió.
Abigail apretó suavemente sus manos.
—Lo estoy.
[Segurísima. Absolutamente segura. Emocionalmente preparada y estratégicamente encantada.]
Eleanor suspiró, aliviada y aún preocupada a partes iguales.
—Te enviaré escolta adicional. Y escribirás cada semana.
—Por supuesto —respondió Abigail con obediencia ejemplar.
La madre la abrazó de nuevo.
—Estoy orgullosa de ti.
Eso le dio un pequeño pinchazo de culpa.
Porque sí, había nobleza en su decisión… pero también una parte enorme de entusiasmo egoísta.
Cuando Eleanor salió para reorganizar todos los planes otra vez.. porque una Stevens nunca hace algo a medias.. Abigail se dejó caer en la cama y miró el techo.
Y entonces, finalmente, sonrió.
Una sonrisa amplia.
Brillante.
Traviesa.
[Capital del reino… Y esta vez, sin supervisión maternal directa.]
Se sentó y estiró los brazos.
[Perfecto. Nuevo escenario. Nueva ciudad. Nueva reputación.. Y ningún duque altísimo dando órdenes sobre mi existencia..]
Se levantó con energía renovada.
Iba a viajar sola, sí.
Pero no vulnerable.
No triste.
No huyendo.
Iba como una mujer que ya murió una vez… y que ahora tenía cero paciencia para desperdiciar su segunda oportunidad.
Y mientras en la mansión Stevens comenzaban a cambiar los preparativos.. unos para recibir a una hija en labor de parto, otros para enviar a otra hacia la capital.. Abigail sintió algo electrizante.
Libertad.
Y una sospecha deliciosa..
La capital aún no tenía idea de que estaba a punto de recibirla.