El amor es un suspiro mortal; la obsesión es un hambre eterna.”
Francois es un joven florista cuya vida es un jardín de luz y serenidad. Su mundo gira en torno a Margaret, su prometida, una mujer cuya calidez es el único refugio que necesita. Pero la felicidad de los mortales siempre atrae a las sombras, y para Demon, un vampiro antiguo que ha olvidado lo que significa sentir, Francois no es solo una presa: es una obsesión.
Demon no busca simplemente la sangre de Francois; desea corromper su pureza, quebrar su voluntad y poseerlo como la joya más preciada de su colección macabra. Consumido por unos celos patológicos hacia Margaret, el vampiro inicia un asfixiante juego de manipulación psicológica. A través de visiones aterradoras, regalos envenenados y la seducción del poder prohibido, Demon comienza a aislar a Francois de la realidad, sembrando la desconfianza y la paranoia en la pareja.
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Capítulo 11: Las Ruinas de la Obsesión
El coche se detuvo con un chirrido de neumáticos frente a las verjas de hierro oxidado que custodiaban la entrada de la mansión. Aquel lugar, que una vez fue el palacio de invierno de Demon y la prisión dorada de Francois, era ahora una carcasa de piedra devorada por la maleza y el olvido. La hiedra trepaba por las gárgolas decapitadas como venas negras que intentaban bombear vida a un cadáver arquitectónico.
Francois bajó del coche primero. Sus movimientos eran rígidos; la proximidad del lugar donde su alma fue fracturada por primera vez le causaba un dolor físico. Margaret descendió tras él, aferrando el diario de ébano contra su pecho como si fuera un escudo sagrado.
—Aquí empezó todo —susurró Margaret, mirando las ventanas rotas que parecían cuencas oculares vacías—. Y aquí debe terminar.
Clara ayudó a Demon a salir del asiento trasero. El antiguo vampiro era ahora una sombra de su propia gloria. El veneno de la Adelfa, mezclado con la sangre híbrida de Clara, estaba recorriendo su sistema inmortal como un ácido de lentitud. Su piel, antes de mármol, se veía grisácea, y sus ojos de obsidiana estaban velados por una bruma de agonía.
—Pequeña... traidora —jadeó Demon, apoyándose pesadamente en el hombro de Clara.
—No soy una traidora, Demon —respondió ella, conduciéndolo hacia el gran salón—. Solo soy el resultado de tus propios experimentos. Tú querías una heredera; aquí tienes tu herencia.
El Círculo de la Voluntad Pura
Entraron en el gran salón. Los restos del diván de terciopelo donde Francois una vez fue "educado" seguían allí, convertidos en un nido de ratas y polvo. Margaret comenzó a limpiar el centro del salón con una escoba improvisada, mientras Francois marcaba el suelo con una mezcla de sal, plata y tierra de cementerio que habían traído en el maletero.
—El ritual de "La Ruptura del Ancla" no es una ejecución —explicó Francois, mirando a Clara—. Es una transferencia de carga. Demon es el Ancla que me mantiene unido a la noche. Si rompemos el vínculo sin un recipiente, yo moriré instantáneamente. Pero tú, Clara... tú eres el puente.
—¿Tengo que convertirme en su nueva Ancla? —preguntó Clara, con un rastro de temor en su voz.
—No —intervino Margaret, abriendo el diario en la página oculta—. Tienes que ser el filtro. Absorberás el vínculo, lo purificarás con tu voluntad humana y lo devolverás a la tierra. Pero para eso, Demon debe aceptar su derrota voluntariamente. Un Ancla no se puede romper por la fuerza; debe renunciar a su propiedad.
Demon soltó una risa seca que terminó en un acceso de tos negra.
—¿Renunciar? Jamás. Prefiero que todos ardamos... antes de soltar lo que me pertenece.
El Acecho de Julianis
Un trueno seco resonó en el cielo, pero no había nubes de lluvia. El aire dentro de la mansión comenzó a vibrar con una frecuencia sorda que hacía que los cristales rotos tintinearan en el suelo.
—Ya están aquí —dijo Francois, desenfundando sus cizallas de plata—. Julianis ha enviado a la vanguardia. El Cónclave no permitirá que un Antiguo sea procesado por "ganado".
Desde la penumbra de los pasillos, tres sombras se materializaron. No eran los recolectores de antes; eran Sombras de Guerra, entidades compuestas de oscuridad pura y voluntad de Julianis. Sus ojos eran ranuras de luz azul eléctrica que cortaban la oscuridad.
—Proteged el círculo —ordenó Francois a Margaret y Clara—. Yo los detendré.
Francois se lanzó hacia adelante. A pesar de su edad aparente, su cuerpo impulsado por el residuo de la esencia de Demon se movía con una letalidad asombrosa. Las cizallas de plata cortaban el aire, dejando rastros de luz que disolvían las sombras momentáneamente. Pero por cada sombra que Francois dispersaba, dos más parecían emerger de los muros.
La Batalla de los Testamentos
—¡Empieza, Clara! —gritó Margaret, encendiendo las velas de ruda alrededor del círculo.
Clara obligó a Demon a sentarse en el centro. Se arrodilló frente a él, tomando sus manos frías. El anillo de obsidiana en el dedo de Clara comenzó a brillar con una luz blanca incandescente, reaccionando a la proximidad de su gemelo en la mano de Demon.
—Mírame, Demon —dijo Clara, forzando al vampiro a encontrar sus ojos dorados—. Mírame y ve lo que has hecho. No ves a un monstruo, ves a una familia que destruiste porque tenías miedo de estar solo.
—Tenía... amor —susurró Demon, su voz rompiéndose.
—No era amor. Era hambre. Y el hambre siempre termina consumiendo al que la porta. Suelta a mi padre. Suéltalo y te daré una muerte digna. Si no lo haces, Julianis te atrapará y te convertirá en una fuente eterna de agonía para su Cónclave. ¿Es eso lo que quieres? ¿Ser una batería para los que desprecias?
Fuera del círculo, Francois estaba siendo superado. Una de las Sombras de Guerra le había atravesado el hombro con un filo de oscuridad, y el joven florista caído estaba perdiendo el color de sus ojos. Margaret gritaba, lanzando puñados de sal bendita contra las sombras, pero era como intentar detener una marea con arena.
La Ruptura
Demon miró a Francois, que luchaba por levantarse, mirando a Margaret con una devoción que cinco siglos de vampirismo no habían podido borrar. Luego miró a Clara, la culminación de su obsesión, y vio en ella una fuerza que él nunca poseería: la capacidad de sacrificarse por otro.
Por primera vez en medio milenio, la coraza de soberbia de Demon se agrietó. No fue por dolor, sino por una revelación de su propia insignificancia.
—Él siempre... fue mejor que yo —admitió Demon, con una lágrima de sangre rodando por su mejilla.
Demon cerró los ojos y concentró lo que quedaba de su poder en el anillo de obsidiana.
—Yo, Demon de la Estirpe de las Sombras, renuncio al Ancla. Libero la voluntad de Francois el Lirio. Que la sangre vuelva a la tierra y el alma al hombre.
El estallido de luz fue ensordecedor. Una onda de choque de energía blanca barrió el salón, disolviendo las Sombras de Guerra de Julianis al instante. Francois gritó mientras el hilo negro que conectaba su corazón con el de Demon se rompía con el sonido de una cuerda de violín estallando.
Clara sintió que un torrente de oscuridad entraba en ella. Su cuerpo se arqueó, sus venas se tornaron negras bajo su piel diáfana. Pero Margaret colocó su mano sobre el hombro de su hija, actuando como un polo a tierra de humanidad pura.
—¡Suéltalo, Clara! ¡Dáselo a la tierra! —gritó Margaret.
Clara hundió sus manos en el suelo de tierra del salón, descargando la esencia de Demon hacia las profundidades de la mansión. El suelo vibró, y de las grietas comenzaron a brotar flores blancas de una pureza insultante, alimentadas por la energía del Antiguo.
El Precio de la Libertad
Cuando la luz se disipó, el silencio regresó a la mansión. Demon seguía sentado en el centro del círculo, pero su cuerpo estaba empezando a desmoronarse como ceniza al viento. Ya no había rastro de maldad en sus ojos; solo un cansancio infinito.
—Gracias... pequeña espina —susurró Demon, antes de convertirse en un montón de polvo gris sobre el que cayó un pétalo blanco.
Francois yacía en el suelo, respirando con dificultad. Margaret corrió hacia él. Al tocarlo, él gimió de dolor, pero era un dolor humano. Sus ojos eran castaños de nuevo. El anillo dorado había desaparecido para siempre.
—Maggie... —susurró Francois, reconociendo a su esposa no como una fuente de sangre, sino como su hogar.
Clara se levantó. Su anillo de obsidiana se había roto en pedazos. Se sentía vacía, pero era un vacío limpio. Sin embargo, al mirar hacia la entrada de la mansión, vio que la victoria era parcial.
Julianis estaba allí. No era una sombra, sino el hombre mismo. Vestía un abrigo largo y oscuro y sostenía un bastón con pomo de plata. A su alrededor, la maleza de la mansión parecía apartarse con respeto.
—Un espectáculo fascinante —dijo Julianis, su voz resonando en el salón como el tañido de una campana—. Demon siempre fue un melodramático. Ha muerto como vivió: rindiéndose ante el sentimiento.
Julianis caminó hacia Clara. Ella se puso en guardia, pero él levantó una mano, indicando que no tenía intención de atacar.
—No te equivoques, niña. No busco venganza. Demon era un estorbo. Pero tú... has realizado un ritual que solo los más sabios de mi raza conocen. Has purificado una esencia antigua.
Julianis miró a Francois y Margaret, quienes se abrazaban en el suelo.
—Vete con tus padres, Clara. Disfruta de su mortalidad. Pero recuerda: has probado el poder. Has tocado el tejido de la noche. La tierra que has alimentado con la ceniza de Demon ahora te pertenece.
Julianis se giró y comenzó a desvanecerse en la niebla matutina que empezaba a entrar por las ventanas.
—Volveremos a vernos, Clara. Porque una vez que una espina de cristal florece, el Cónclave siempre encuentra un lugar en su jardín para ella.
El Nuevo Comienzo
Semanas después, la florería "El Jardín de los Susurros" volvió a abrir sus puertas en San Jude. Pero ya no era un lugar de sombras. Francois, con sus manos de nuevo callosas por la tierra real, trabajaba junto a Margaret en los arreglos para las bodas del barrio.
Clara, sin embargo, pasaba mucho tiempo en el sótano. Ya no era un laboratorio de horrores, sino un santuario de plantas que nadie más conocía. Ella sabía que Julianis tenía razón. Algo en ella había cambiado. No era una vampira, pero tampoco era completamente humana. Era la guardiana de un equilibrio que la ciudad de San Jude necesitaba desesperadamente.
Una tarde, mientras ordenaba los libros de su madre, Clara encontró una pequeña rosa de obsidiana en el fondo de una caja. No era mágica, no tenía veneno. Era simplemente una flor de piedra. La puso en el mostrador, justo al lado de los lirios blancos.
—La fragilidad del lirio —susurró ella, recordando el antiguo título de la obra de su padre— ...y la fuerza de la espina.
La familia Miller había sobrevivido al ala del demonio. El círculo se había cerrado, pero en las sombras de la ciudad, un nuevo tipo de leyenda estaba naciendo. Una que no se alimentaba de sangre, sino de la voluntad de aquellos que eligen su propio destino, incluso cuando la eternidad intenta arrebatárselo.
ah y otra cosa que pasara cuando se le quite la obsesión y lo pruebe por que a parecer todo es un simple capricho el no esta enamorado de francois?!!!