Todo lo que hace una mamá por el bien de su hijo.
Anastasia una joven mamá que se verá obligada a tomar una drástica desicion para salvar la vida de su hijo.
Podrá Anastasia salvar asu hijo y también encontrar el amor verdadero.
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Ojala alguna vez pueda ser feliz
Anastasia permaneció inmóvil, con el corazón martilleando contra sus costillas mientras procesaba la magnitud de su decisión. El silencio en el despacho era absoluto, roto únicamente por el sonido metálico del reloj de pared que parecía marcar el inicio de su nueva y oscura realidad.
—No tengo todo el día, Anastasia. Decídete ya —sentenció Antonio, poniéndose en pie con una parsimonia que denotaba poder absoluto.
La joven se levantó, sintiendo que sus piernas apenas le respondían. El miedo le nublaba el juicio, pero la imagen de su hijo, Lucas, luchando contra la leucemia, se impuso sobre cualquier otra consideración.
—Lo haré, señor. Firmaré —dijo ella, con voz trémula—. Pero tengo un problema: no podré mudarme hoy mismo. Mis fines de semana están comprometidos con asuntos personales que no puedo postergar.
Antonio, que se encontraba sirviéndose un trago de un fino licor en el mueble bar del despacho, se giró lentamente. Sus ojos, fríos y calculadores, se clavaron en ella.
—Todo eso cambia a partir de este instante —respondió él, caminando hacia ella con paso firme—. Tendrás que estar instalada en la hacienda pasado mañana. Debo volver y, mientras esté aquí, exijo pasar tiempo con mi esposa. ¿Lo firmas ahora o no?
La presión era insoportable. Los fines de semana eran el único tiempo que tenía para estar con su pequeño, pero la desesperación no le dejaba margen de maniobra. Pensó en el viaje a Estados Unidos, en la posibilidad de encontrar a Óscar y convencerlo de ser el donante que Lucas necesitaba desesperadamente. Con el pulso acelerado, tomó el bolígrafo. Sus manos, antes temblorosas, se volvieron extrañamente gélidas mientras estampaba su rúbrica en los tres documentos. Había firmado su propia venta, pero el sacrificio, a sus ojos, estaba justificado por la vida de su hijo.
Al entregarle los papeles, Antonio esbozó una sonrisa de triunfo que le heló la sangre.
—Hay un chofer esperándote afuera —anunció, acercándose peligrosamente a ella—. Ve por tus cosas. Quiero que estés de vuelta antes del mediodía. Como ya te dije, tengo muchas ganas de disfrutar de mi esposa.
La cercanía del hombre era asfixiante; sus alientos se mezclaban en la penumbra del despacho. Antonio, con una arrogancia que rozaba la crueldad, levantó el rostro de Anastasia tomándola de la barbilla con firmeza.
—Te demostraré lo buen esposo que seré para ti, chiquilla —susurró antes de pasar su lengua por la mejilla de la joven.
Anastasia tembló, sintiéndose como gelatina ante el contacto. El hombre descendió hasta su cuello, dejando una marca violenta que la dejó sin aliento. Cuando finalmente la soltó, ella salió del despacho con lágrimas desbordando sus ojos, sintiéndose profundamente miserable. Sin embargo, al recordar la sonrisa de Lucas, se obligó a caminar erguida. *Todo por mi hijo*, se repitió como un mantra para mantener la cordura.
Frente a la mansión, un hombre de traje impecable la esperaba junto a un vehículo de lujo.
—Buenos días, señora. Mi nombre es Miguel, seré su chofer de ahora en adelante —dijo él, abriéndole la puerta con una cortesía que se sentía artificial.
Miguel, un empleado leal a Antonio, tenía una misión clara: vigilar cada uno de los pasos de la nueva señora Santoro e informar de cualquier anomalía a su jefe. Anastasia apenas pudo murmurar un agradecimiento antes de hundirse en el asiento trasero, perdida en sus pensamientos.
Al llegar a la casa de la señora Emma, la joven bajó del vehículo y se dirigió hacia el jardín, donde la mujer regaba las plantas con tranquilidad.
—¡Cariño, regresaste! ¿Cómo te fue? —preguntó Emma, apagando la manguera al verla acercarse.
—Conseguí el dinero —respondió Anastasia, con una voz carente de brillo.
La expresión de la joven lo decía todo. Emma, intuyendo la tragedia, se acercó con preocupación.
—Por tu cara veo que no fue un trato sencillo. ¿Qué te pidió a cambio? —cuestionó la mujer.
—Me casé con él —sollozó Anastasia, rompiendo en un llanto desconsolado mientras se refugiaba en los brazos de Emma.
—¡¿Qué hiciste, Ana?! —exclamó la señora, sosteniendo el rostro de la joven entre sus manos—. ¡Dime la verdad!
—Me compró, Emma —respondió ella entre hipidos—. Firmé un acta de matrimonio y otros contratos... me vendí a cambio del dinero para salvar a Lucas.
La señora Emma, horrorizada, no podía creer la magnitud del sacrificio. Anastasia, desesperada, gritó al vacío:
—¡¿Qué querías que hiciera?! ¡No tenía otra opción!
El abrazo de Emma fue su único consuelo.
—Todo estará bien, te lo prometo —intentó animarla, aunque su voz también estaba quebrada.
—Tengo que llevar mis cosas a la hacienda Santoro, es una de sus condiciones —explicó Anastasia, secándose las lágrimas con esfuerzo—. No podré traer a Lucas hoy. ¿Podrías ir a verlo por mí? Dile que el lunes por la tarde pasaré por él, que ahora tengo mucho trabajo en la peluquería. No soportaría verlo triste si yo misma le doy la noticia.
Emma asintió, con el corazón oprimido. Mientras Anastasia comenzaba a empacar sus pocas pertenencias, la tristeza de abandonar aquel hogar, donde se sentía querida, la invadía.
—No quiero irme, Emma, pero es esto o dejar que mi hijo muera —confesó la chica, cabizbaja.
—No digas eso ni en broma, Anastasia —respondió la señora con ternura, acariciando su mejilla—. Lucas se pondrá bien. Todo este dolor, todas estas lágrimas que hoy derramas, serán recompensadas con su felicidad.
Anastasia miró al horizonte, sintiéndose pequeña y sin esperanza.
—Ojalá algún día pueda ser feliz con mi hijo, Emma. Ojalá.