Ella es una esclava del Reino, obligada a entregarle su cuerpo a los guardias reales y Samuráis Buscará ascender En la alta sociedad sin importarle nada
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Capitulo 5
—Vendré por ti en tres días —dijo el funcionario, ajustándose la ropa con esa calma suya que tan bien conocía—. Así que prepárate y no causes problemas.
Se inclinó sobre mí, aún tendida en el futón, y bajó la voz:
—Estoy en vigilancia las veinticuatro horas. Así que no hagas nada estúpido.
Asentí.
—Está bien.
Lo besé. Un beso lento, dulce, de esos que le gustaban. Cuando nos separamos, fingí timidez:
—¿Seguiremos siendo amantes?
Él sonrió. Esa sonrisa que en otros momentos me había parecido casi tierna.
—Por supuesto que sí. Ya eres mía.
Pero entonces su rostro cambió. La sonrisa se torció en algo más oscuro.
—Aunque estoy molesto contigo por chantajearme —dijo, y su voz se volvió hielo—. Si no te amara con locura, te habría hecho pedazos.
Lo dijo como quien dice "mañana va a llover". Con naturalidad. Con certeza.
Luego se inclinó, me besó la frente con una ternura que ya no me engañaba, y se fue.
La puerta se cerró.
Me quedé inmóvil un segundo. Dos. Tres.
Entonces me incorporé, corrí al rincón y vomité.
Todo. Hasta el fondo.
Cuando terminé, me limpié la boca con el dorso de la mano y me quedé mirando la pared.
Sabía que si no encontraba el sello, me iba a matar. Eso lo tenía claro desde el principio.
Pero lo que me hizo vomitar fue otra cosa.
Fue entender que aunque encontrara el sello, aunque se lo devolviera, aunque hiciera todo perfecto... igual lo intentaría.
Porque yo lo había visto. Lo había visto desnudo, pero no de cuerpo. Lo había visto real cuando hundió la cabeza de Sakura en agua hirviendo. Lo había visto cuando sus dedos apretaron mi cuello.
Un hombre así no perdona.
Un hombre así no olvida.
Un hombre así te deja vivir mientras le sirves, mientras le das placer, mientras le eres útil. Pero en cuanto fallas, en cuanto te vuelves un problema, en cuanto alguien en el palacio empieza a sospechar...
Él me matará.
Y lo hará con la misma calma con la que me curaba las heridas.
Toqué la horquilla de jade.
Tres días.
Tenía tres días para encontrar el sello. O para encontrar otra cosa. Un plan B. Una salida. Algo.
Porque el palacio ya no era mi meta.
Era mi nueva cárcel.
Y él, mi nuevo carcelero.
Esa noche no pude dormir.
Busqué el sello hasta que mis dedos sangraron. Revisé cada rincón de mi habitación, cada tabla del suelo, cada dobladillo de mis kimonos.
Nada.
A la mañana siguiente, llamé a Kimi.
—Necesito que me ayudes —dije—. Alguien entró a mi habitación y robó algo. Algo que puede matarme.
Kimi palideció.
—¿Quién?
—No lo sé. Pero tengo que averiguarlo. ¿Has visto a alguien merodeando? ¿Alguna de las otras? ¿Algún cliente? ¿La dueña?
Kimi negó, pero sus ojos bailaron un instante. Apenas un parpadeo. Pero lo vi.
—Kimi —dije, agarrándole las manos—. Tú sabes algo.
—No —dijo demasiado rápido—. No sé nada.
—Por favor. Es mi vida.
Me miró. Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Ai... yo...
La puerta se abrió de golpe.
La dueña estaba ahí, con esa sonrisa de dientes manchados que siempre usaba cuando traía malas noticias.
—Ai —dijo—. Tienes visita.
—¿Quién?
—No lo sé. Un hombre. Dice que es amigo tuyo. Guardia imperial, por el uniforme.
Kakashi.
Mi corazón dio un vuelco.
—Dile que...
—Ya está aquí —dijo la dueña, apartándose.
Y Kakashi entró.
—Me vas a volver loca, Ai —dijo Kakashi, cerrando la puerta tras de sí.
—Lo sé —respondí.
—No. No lo sabes. —Se acercó, y por primera vez vi algo en sus ojos que no era ternura ni preocupación. Era miedo. Miedo de verdad—. Estuve escuchando cosas en el palacio. Creo que no entiendes la gravedad del asunto.
—Kakashi...
—El palacio no es como el yuukaku, Ai. Es mil veces peor. Las víboras están al acecho las veinticuatro horas. Cada palabra que digas, cada mirada, cada paso en falso... —tragó saliva—. Hay cien formas de morir allí. Y ninguna es rápida.
—Ya lo sé —dije, y mi voz sonó cansada incluso para mí—. Pero ahora no tengo tiempo para preocuparme por eso, Kakashi. No puedo. Tengo otras cosas.
Él abrió la boca para replicar, para seguir advirtiéndome, para intentar salvarme una vez más.
Entonces me vio.
Vio mis ojos. Vio el temblor de mis labios. Vio lo que llevaba años sin ver.
Y empecé a llorar.
No lágrimas bonitas, de esas que se derraman con elegancia. Llorar de verdad. Desesperada. Fea. Con hipidos que me sacudían el cuerpo entero.
Kakashi se quedó paralizado.
Porque él lo sabía. Me conocía. Sabía que yo no era de las que lloran. Que todos los años de maltrato y abusos en el yuukaku me habían hecho de hielo. Que mi corazón se había enfriado por tanta oscuridad.
Si yo lloraba, era el fin del mundo.
—¿Qué ocurre ahora? —preguntó, y su voz era un susurro aterrado.
—Me robaron el sello, Kakashi —dije entre sollozos—. El del funcionario. Debo encontrarlo en tres días... o me van a matar.
Por un momento, no dijo nada.
Luego, sus brazos me rodearon.
Me abrazó con tanta fuerza que creí que mis huesos crujirían. Pero no me importó. Me dejé abrazar. Me dejé sostener. Me dejé, por primera vez en años, ser la que necesita ayuda.
—Tranquila —susurró contra mi cabello—. Lo vamos a encontrar.
—¿Cómo? —pregunté con la voz ahogada contra su pecho—. ¿Cómo vamos a encontrarlo si no sé quién lo tomó?
Kakashi se separó lo justo para mirarme a los ojos.
—Dime todo lo que recuerdes. Cada detalle. ¿Cuándo lo viste por última vez? ¿Quién ha estado cerca? ¿Alguna visita extraña? ¿Alguna de las otras mujeres?
Me sequé las lágrimas con el dorso de la mano. Intenté pensar.
—Lo guardé en mi escondite. Detrás de la tabla suelta. Nadie sabía que estaba ahí. Nadie excepto...
Me quedé en blanco.
Kakashi esperó.
—Nadie —dije—. No se lo dije a nadie.
—¿Estás segura?
—Sí. Completamente.
Kakashi frunció el ceño. Miró alrededor de la habitación, como si las paredes pudieran hablar.
—Entonces —dijo lentamente—, quien lo robó no sabía que estaba ahí. Lo encontró por casualidad. O te estaba vigilando.
Un escalofrío me recorrió la espalda.
—¿Vigilándome?
—Tú eres la favorita. La que recibe al cliente más importante. La que tiene oro, joyas, secretos. —Kakashi me sostuvo la mirada—. En este lugar, Ai, siempre hay alguien mirando.
Recordé las risas cuando Sakura me quemó. Los cuchicheos que se detenían cuando yo pasaba. Las miradas de las otras mujeres, siempre pendientes, siempre calculando.
—La dueña —dije de repente—. Ella sabe todo lo que pasa aquí. Ella podría...
—¿La dueña sabe lo del sello?
—No. Pero sabe que él es importante. Sabe que viene a verme. Sabe que algo ha cambiado en mí.
Kakashi asintió lentamente.
—Voy a hablar con ella.
—¿Así nomás?
—Soy guardia imperial —dijo, y por primera vez noté el peso real de esas palabras—. Puedo hacer preguntas. Puedo inspirar miedo. Es lo único para lo que sirve este uniforme a veces.
Me agarró las manos.
—Tú quédate aquí. No hagas nada. No hables con nadie. Si alguien viene, dices que estás enferma. ¿Entiendes?
Asentí.
—Kakashi...
—Dime.
—Ten cuidado.
Él sonrió. Esa sonrisa suya, la única luz en tanta oscuridad.
—Siempre.
Salió de la habitación con la mano en la espada.
Me quedé sola, temblando, con el corazón latiendo tan fuerte que creí que se me saldría del pecho.
Toqué la horquilla de jade.
Tres días, pensé.
Y esperé.
El hecho de que desde el comienzo nuestra prota amara y cuidara con devoción los regalos que él le daba, demuestran que siempre fue el indicado y apesar de que no estuvieron como pareja frente al mundo, el hecho de que la relación sea de ellos y para ellos es hermoso. Pido un Kakashi que me ame de tal manera y si llega lo amare de igual forma que él. Me encantó su novela querido/a autor/a, me fascinó, tuve muchas emociones mientras la leía y en lo personal, si estuviera en el lugar de ella, habría hecho lo mismo, sabiendo el destino que se les daba a las mujeres en esa época./Heart/
me encantó!!