Lola vive bajo una regla de oro: su espacio personal es sagrado. Es inteligente, retraída y encuentra paz en el silencio. Su único error fue dejar entrar en ese refugio a Mateo, su mejor amigo, un torbellino de imprudencia que solo entiende de tácticas de fútbol y de cómo hacerla reír cuando más lo necesita.
Pero el equilibrio se rompe cuando el "Rey del Campo" se convierte en el objetivo de la chica más popular, y un rival inesperado decide que la brillante timidez de Lola es el trofeo que realmente quiere ganar
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Capítulo 6: El Lunes del Arrepentimiento
El peso del fin de semana aún flotaba en el ambiente como una llovizna invisible. Para Lola, el lunes no era solo el comienzo de la rutina escolar, sino el día designado para procesar el desastre. La escena de la fiesta del sábado seguía regresando a su mente con una nitidez molesta: la voz destemplada de Mateo interrumpiendo su conversación con Andrés, el chiste pesado y fuera de lugar sobre la inteligencia de su compañero, la risa incómoda de los presentes y esa punzada de vergüenza ajena que la había obligado a tomar su abrigo y marcharse antes de tiempo.
Esa tarde, la casa de Lola estaba sumida en un silencio reconfortante. Tras regresar del colegio —donde había evitado minuciosamente cruzar miradas con Mateo en los pasillos—, se había encerrado en su habitación. Su cuarto era un templo de orden meticuloso: las paredes de color crema, las repisas alineadas con libros clasificados por autor y la luz tibia filtrándose por la cortina delgada. Allí, el mundo exterior perdía su capacidad de lastimarla.
Sentada en el borde de la cama con un volumen de narrativa contemporánea sobre el regazo, Lola intentaba concentrarse. Sin embargo, cada tres páginas, su mirada se desviaba hacia la puerta. Sabía que él vendría. Mateo no era el tipo de persona que dejaba pasar los conflictos por mensaje de texto; su culpa, cuando se encendía, era una fuerza motriz impaciente que lo obligaba a dar la cara, aunque no supiera exactamente qué decir.
A las cinco y veinte de la tarde, el timbre de la calle sonó dos veces. Un toque corto y uno largo. La firma inconfundible de Mateo.
Lola no se levantó de inmediato. Esperó a escuchar los pasos de su madre abriendo la puerta y el murmullo bajo de Mateo pidiendo permiso para subir. Unos segundos después, unos nudillos rozaron suavemente la madera de su dormitorio. No fue el golpe estruendoso habitual, sino tres toques tímidos, casi dubitativos.
—Loli... ¿puedo pasar? —escuchó al otro lado.
Lola cerró el libro despacio, dejando un marcapáginas de tela entre las páginas. Respiró profundo para serenar el rostro y dijo con voz neutra:
—Entra.
La puerta se abrió con lentitud. Mateo apareció en el umbral sosteniendo una bolsa de papel estraza arrugada que soltaba un vapor delicioso y familiar. Vestía una sudadera gris holgada, pantalones de chándal y unos tenis que traían rastros de tierra del entrenamiento. Tenía el cabello castaño ligeramente húmedo y revuelto, y sus ojos claros, habitualmente cargados de un brillo desafiante, buscaban el suelo antes de atreverse a fijarse en ella.
—Te traje los tacos de canasta del puesto de la esquina de la plaza —dijo él en voz baja, levantando la bolsa como si fuera una bandera de tregua—. Los de chicharrón prensado y los de papa con chorizo. Sé que son tus favoritos y que los lunes siempre te da flojera cocinar.
Lola lo observó en silencio desde la cama. Notó la postura tensa de sus hombros, la forma en que sus dedos apretaban el borde de la bolsa y la manzana de Adán moviéndose al tragar saliva. Detrás de la fachada del atleta impulsivo que infundía respeto en las canchas, Mateo se reducía a un chico desarmado cuando comprendía que la había decepcionado.
—Déjalos en el escritorio —ordenó ella, sin dureza, pero marcando una distancia clara.
Mateo obedeció al instante. Caminó sobre la punta de los pies, como si temiera ensuciar el aire pulcro de la habitación. Colocó la bolsa junto a la lámpara de lectura y se quedó de pie en el centro de la alfombra beige que cubría el piso de madera.
—Lola, yo... de verdad lo siento —empezó a decir, pasándose una mano grande y áspera por la nuca, un gesto involuntario que delataba su nerviosismo—. Sé que arruiné tu noche el sábado. Sé que fui un pesado con Andrés y un imbécil contigo. No debí meterme así. Ni siquiera sé por qué dije esa estupidez sobre él.
Lola cruzó las piernas sobre la cama y apoyó las manos en las rodillas. La frialdad con la que había planeado recibirlo empezó a agrietarse ante la franqueza desordenada de su amigo.
—No fue solo el chiste, Mateo —dijo ella, mirándolo fijamente a los ojos—. Fue la actitud. Estabas marcando territorio como si yo fuera de tu propiedad o como si no tuviera derecho a tener una conversación civilizada con alguien que no sea de tu círculo. Me hiciste pasar una vergüenza enorme frente a todos.
—Lo sé —admitió él, agachando la cabeza de golpe. Su voz sonó ronca, cargada de una frustración dirigida hacia sí mismo—. Me dio un cortocircuito en la cabeza, Loli. Vi a ese tipo hablándote tan cerca, sonriéndote... y sentí una rabia estúpida que no pude frenar. Mi cerebro dejó de funcionar. Cuando me di cuenta, la babosada ya había salido de mi boca.
—Tienes que aprender a controlar tus impulsos —respondió Lola con firmeza, aunque el tono de su voz se suavizó apenas un matiz—. No puedes ir por la vida empujando a la gente o soltando burlas cada vez que algo no sale como tú quieres. Ya no tenemos doce años.
Mateo asintió en silencio, aceptando la reprimenda sin intentar defenderse ni buscar excusas. Esa falta de resistencia era la prueba definitiva de su arrepentimiento. Se quedó ahí parado, mirando la alfombra, esperando que ella determinara el castigo o la sentencia.
Lola suspiró. Se deslizó hacia el borde de la cama, tomó la bolsa de la mesa y la abrió. El aroma acre y ahumado de la salsa roja y la tortilla sudada llenó el ambiente, desplazando por un momento el olor a libros viejos.
—¿Trajiste refresco? —preguntó ella sin mirarlo.
Mateo levantó la cabeza de golpe. Una chispa diminuta de esperanza iluminó sus ojos.
—Sí, dos latas de manzanita en los bolsillos de la sudadera. Siguen frías.
—Siéntate —dijo Lola, indicando el suelo al pie de la cama.
Mateo no esperó a que se lo dijera dos veces. Se quitó los tenis con torpeza rápida y se dejó caer sobre la alfombra, apoyando la espalda contra la estructura de madera de la cama. Lola le entregó dos tacos envueltos en papel encerado y se quedó con otros dos. Comieron durante unos minutos en un silencio cauteloso, roto solo por el crujido del papel y el sonido de las latas de aluminio al abrirse.
El espacio de Lola, su lugar más sagrado y restringido, abría sus puertas una vez más para él. Mateo lo sabía. Conocía perfectamente que nadie más en la escuela tenía permitido poner un pie en esa habitación. Ese privilegio no provenía de una atracción romántica declarada ni de un pacto formal, sino de años de historia compartida, de tardes enteras haciendo tareas en el suelo y de un entendimiento mutuo que sobrevivía a todas las torpezas.
A medida que el estómago lleno calmó la tensión del ambiente, el cansancio acumulado de Mateo comenzó a hacerse evidente. Se había levantado a las cinco de la mañana para el entrenamiento de alto rendimiento, había soportado el peso de la culpa todo el día y la caminata hasta la casa de Lola lo había dejado agotado. Sus párpados empezaron a pesarle.
—¿Vas a seguir leyendo? —preguntó Mateo en un murmullo, estirando las piernas largas a lo largo de la alfombra.
—Sí. Tengo que terminar este capítulo hoy —respondió Lola, reacomodándose contra los cojines de la cabecera.
—Está bien. Me quedo un rato... solo para asegurarme de que ya no estés enojada conmigo.
—Ya no estoy enojada, Mateo. Solo quiero paz.
—Te prometo paz —murmuró él, dejando escapar un bostezo profundo que le hizo saltar una lágrima en la esquina del ojo.
Mateo buscó a tientas un cojín de repuesto que descansaba sobre la silla del escritorio. Se lo acomodó bajo la cabeza, dobló los brazos sobre el pecho y se recostó de lado sobre la alfombra, mirando hacia la ventana por donde la luz dorada del atardecer comenzaba a extinguirse.
Lola reabrió su libro. Durante diez minutos, el único sonido en la habitación fue el leve roce de los folios al pasar. De pronto, la respiración de Mateo cambió de ritmo. Se volvió profunda, lenta y rítmica.
Lola bajó ligeramente el volumen de su mirada sobre el texto y observó a su amigo. Mateo se había quedado completamente dormido.
Sin la tensión de la arrogancia ni la hiperactividad de sus gestos habituales, el rostro de Mateo se veía extrañamente joven y vulnerable. Las cejas pobladas que solía fruncir al menor desafío estaban relajadas; la mandíbula, que siempre mantenía apretada como si estuviera a punto de salir a la cancha, descansaba suavemente. Su cuerpo grande ocupaba casi la mitad del espacio libre en el piso, pero ya no resultaba invasivo. Era simplemente él, desarmado por completo en el único lugar del mundo donde no necesitaba demostrar nada a nadie.
Lola contempló la escena durante un largo momento. Una sonrisa imperceptible, cargada de una ternura resignada, apareció en sus labios. Ahi residía la paradoja de su amistad: Mateo era el desorden que ponía a prueba su paciencia, el huracán que amenazaba con derrumbar sus murallas; pero también era la única persona capaz de ofrecerle una lealtad absoluta y desinteresada. Él cometía errores garrafales por impulso, sí, pero era capaz de humillarse, atravesar la ciudad con su comida favorita y quedarse dormido en su alfombra solo para estar cerca y reparar el daño.
El viento de la tarde hizo crujir suavemente el marco de la ventana. Lola estiró el brazo desde la cama, tomó la manta ligera que guardaba a los pies del colchón y la dejó caer con delicadeza sobre los hombros de Mateo. Él se movió apenas un milímetro en sueños, soltando un leve suspiro de comodidad, pero no se despertó.
Lola volvió a su lectura. La penumbra fue ganando terreno en la habitación, pero ella no encendió la lámpara de noche para no molestarlo. Se quedó allí, en medio de esa penumbra tranquila, leyendo bajo la luz tenue que agonizaba tras el cristal, acompañada por el pulso sereno de la respiración de su mejor amigo. En ese instante de paz perfecta, las diferencias entre el ruido de él y el silencio de ella dejaron de importar.