Tras una vida de maltrato, Akira consigue una beca para la universidad más prestigiosa del continente. Allí descubre que los seis príncipes de las bestias están ligados a su destino y que ella es la última Vinculadora. Un antiguo poder ha despertado... y todos la están buscando.
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Capítulo 6
El bosque volvió a quedar en silencio.
Solo se escuchaba el sonido del viento moviendo las hojas y la respiración agitada de Akira.
Todavía intentaba comprender todo lo que acababa de suceder.
Una marca había aparecido en su pecho.
Seis desconocidos afirmaban que era una "Vinculadora".
Y, para completar el caos, todos hablaban de protegerla como si ella no pudiera tomar sus propias decisiones.
Akira respiró hondo y los miró uno por uno.
—Escúchenme bien.
Los seis príncipes fijaron la vista en ella.
—Agradezco que me hayan ayudado con esos lobos...
Hizo una breve pausa.
—Pero no soy una niña.
Kael sonrió de lado.
—Nunca dijimos que lo fueras.
—Entonces dejen de actuar como si yo no pudiera defenderme.
El príncipe dragón cruzó los brazos.
—Si esos lobos te hubieran alcanzado, ahora estarías muerta.
Akira sostuvo su mirada sin retroceder.
—Puede ser.
—¿Puede ser?
—Pero eso no les da derecho a decidir por mí.
Aquellas palabras dejaron a todos en silencio.
Nadie se atrevía a hablarle así a un príncipe.
Mucho menos a seis al mismo tiempo.
Sin embargo, Akira no parecía impresionada por sus títulos.
El príncipe Varkhan dio un paso al frente.
—No entendés el peligro.
—Entonces explíquenmelo.
—No podemos.
—¿Por qué?
—Porque todavía no es el momento.
Akira soltó una risa incrédula.
—Siempre la misma respuesta.
Se dio media vuelta y comenzó a caminar.
—¿A dónde vas? —preguntó Kael.
—A mi casa.
El Varkhan la siguió de inmediato.
—No deberías ir sola.
Akira se detuvo de golpe.
Giró lentamente hasta quedar frente a él.
Los dos quedaron tan cerca que apenas los separaban unos centímetros.
Ella levantó la cabeza para mirarlo a los ojos.
Él no apartó la vista.
Por primera vez, el heredero Varkhan sintió que alguien era capaz de desafiarlo sin miedo.
—¿Siempre sos tan mandón? —preguntó Akira.
Los otros cinco ocultaron una sonrisa.
Nadie le hablaba de esa manera.
—No.
—Pues no lo parece.
Él respiró profundamente.
—Mi deber es protegerte.
—¿Y quién decidió eso?
Él guardó silencio.
Porque la respuesta era sencilla.
Su bestia.
Y eso era algo que todavía no podía explicarle.
Akira negó con la cabeza.
—Mirá...
Su voz se suavizó un poco.
—No sé quiénes son ustedes.
—No sé qué significa esa marca.
—Y tampoco entiendo por qué insisten tanto conmigo.
Levantó un dedo señalándolos a todos.
—Pero quiero que algo les quede claro.
Los seis la observaron atentos.
—No soy de nadie.
Las palabras cayeron como un golpe.
Especialmente sobre las bestias que habitaban en el interior de los seis príncipes.
Todas reaccionaron al mismo tiempo.
El lobo gruñó.
El dragón rugió.
El león golpeó el suelo con su enorme pata en el mundo espiritual.
La serpiente siseó inquieta.
El zorro caminó en círculos.
Y el Varkhan abrió lentamente los ojos dentro de la conciencia de su heredero.
Una sola idea atravesó la mente de los seis.
"Todavía no."
Ellos mismos se sorprendieron.
¿Por qué sus bestias habían respondido así?
¿Por qué sentían aquella necesidad de permanecer cerca de Akira?
Antes de que alguno pudiera decir algo, un fuerte temblor sacudió el bosque.
Los árboles comenzaron a balancearse.
Las aves levantaron vuelo.
El rostro del Varkhan cambió por completo.
—¡Agáchense!
Sin pensarlo, sujetó a Akira por la cintura y la atrajo hacia él justo cuando una enorme roca cayó desde un acantilado cercano.
El estruendo hizo temblar toda la tierra.
Akira quedó inmóvil.
Podía escuchar claramente los latidos del corazón del joven.
Él también podía sentir los de ella.
Por un instante, ambos quedaron completamente quietos.
El tiempo pareció detenerse.
Entonces ocurrió.
Una pequeña chispa de luz dorada salió de la marca de Akira y recorrió el brazo del Varkhan.
Los dos se separaron inmediatamente.
Él observó su mano con el ceño fruncido.
Akira llevó una mano a su pecho.
—¿Vieron eso?...
Los otros cinco príncipes palidecieron.
Habían visto esa luz en antiguos manuscritos.
Era la primera señal.
El vínculo acababa de comenzar.
Y una vez iniciado...
Ya no había forma de detenerlo.