A sus veintiocho años, Damiano Serrano lo tiene todo... o eso cree el mundo. Es el brillante y millonario fundador de una de las empresas automotrices más prestigiosas del mercado, un hombre hecho a sí mismo a base de sudor, rabia y un pasado oscuro que prefiere mantener bajo llave. Pero detrás de los motores de lujo y las portadas de revistas, Damiano arrastra las secuelas de una adolescencia perdida en las adicciones y un rencor asfixiante hacia su padre. Está solo, atormentado por una esterilidad que hiere su orgullo, y con un vacío en el pecho que ninguna cantidad de dinero puede llenar.
Scarlett Moreno tiene veintidós años, una meta clara y las reglas muy bien definidas. Para ella, trabajar en la aplicación más exclusiva de acompañantes íntimas es solo un negocio; un intercambio frío de tiempo por dinero que le permite asegurar su futuro. No hay espacio para los sentimientos en su agenda.
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Capitulo 6
El silencio en el dormitorio principal del penthouse era absoluto, roto únicamente por el compás pausado de dos respiraciones que intentaban recuperar la normalidad. La colosal cama de matrimonio era un caos de sábanas de seda gris enredadas y almohadas tiradas por el suelo. El aire aún conservaba el magnetismo eléctrico de la pasión que acababa de consumirlos: el rastro del perfume de vainilla de Scarlett mezclado con el aroma almizclado y varonil de Damiano.
La luz plateada de la luna se filtraba por el imponente ventanal, bañando la estancia con una claridad tenue y casi irreal.
Scarlett estaba tumbada de lado, con la sábana cubriéndole el cuerpo de la cintura para abajo. Tenía el cabello castaño desparramado sobre la almohada y una expresión de dulce letargo en el rostro, pero sus ojos avellana estaban muy despiertos. Observaba a Damiano. El titán de la industria automotriz yacía boca arriba a su lado, con un brazo doblado bajo la cabeza y el torso desnudo expuesto a la penumbra. Los músculos de su pecho y sus abdominales seguían ligeramente satinados de sudor, reflejando la luz lunar.
Con una lentitud cargada de timidez —algo extraño en ella—, Scarlett estiró la mano. Sus dedos rozaron la piel cálida del hombro de Damiano, justo donde empezaba el intrincado tatuaje de alas y engranajes que le cubría el brazo. Sintió cómo él se tensaba imperceptiblemente ante el contacto, pero no se alejó.
Guiada por una curiosidad que iba mucho más allá de lo físico, la punta de los dedos de Scarlett descendió por el costado de su torso. Entonces, se detuvo. Justo por encima de las costillas, su tacto tropezó con una textura diferente. No era la suavidad de la piel ni el relieve del tatuaje. Era una cicatriz. Una marca lineal, pálida y ligeramente rugosa, de unos pocos centímetros.
—¿Qué es esto? —preguntó Scarlett en un susurro, apenas un hilo de voz que acarició la quietud de la noche.
Damiano no se movió de inmediato. Cerró los ojos y dejó escapar un suspiro pesado, un sonido ronco que pareció nacer desde lo más profundo de su pecho. Durante unos segundos, Scarlett pensó que volvería a levantar su muro de hielo, que le ordenaría vestirse o que simplemente cambiaría de tema con su habitual arrogancia de jefe. Pero el sexo que habían compartido en el coche y que había culminado en esta cama no había sido mecánico; había derribado defensas que ninguno de los dos planeaba perder.
—Un recordatorio de que una vez fui un imbécil que no sabía medir las consecuencias —respondió Damiano, con la voz más grave y rota de lo habitual.
Se giró lentamente de lado para quedar frente a ella. En la oscuridad, sus ojos grises ya no brillaban con la frialdad del acero, sino con una vulnerabilidad cruda que encogió el corazón de la joven de veintidós años. Damiano atrapó la mano de Scarlett, pero no para apartarla, sino para entrelazar sus dedos con los de ella, presionando sus palmas sobre la cicatriz.
—Me la hice a los dieciséis años —continuó él, mirando fijamente el punto donde sus manos se unían—. En un callejón, detrás de un club de mala muerte. Estaba tan jodidamente drogado que ni siquiera sentí el corte cuando caí sobre unas botellas rotas. Pasé la noche sangrando en el suelo, deseando no despertar al día siguiente.
Scarlett contuvo el aliento. La imagen de un Damiano adolescente, solo, herido y consumido por las adicciones, contrastaba violentamente con el hombre poderoso y seguro que tenía delante. La atracción física que sentía por él mutó en algo más profundo, un lazo invisible que le tensó el pecho.
—¿Por qué un chico de dieciséis años querría no despertar, Damiano? —preguntó ella con suavidad, usando su mano libre para apartarle un mechón de cabello oscuro de la frente. Su tacto fue tan tierno que Damiano cerró los ojos un instante, saboreando el consuelo.
—Porque esa misma semana había enterrado a mi madre —confesó, y la rabia contenida tiñó sus palabras—. Ella era lo único bueno que había en mi vida. Mi padre... Héctor Serrano... se encargó de destruir su espíritu día a día. La trataba como si fuera de su propiedad, la humillaba y, cuando ella enfermó, él simplemente miró hacia otro lado. Se gastaba el dinero en casinos y vicios mientras ella se apagaba en una cama de hospital público.
La mandíbula de Damiano se apretó tanto que Scarlett pudo ver el recorrido de los músculos en su cuello. El rencor que guardaba hacia su progenitor era una llama viva.
—Cuando ella murió, yo me rompí por completo. No sabía cómo lidiar con el dolor, así que busqué el camino más rápido para no sentir nada. Caí en lo peor, Scarlett. Durante dos años fui una sombra que deambulaba por los barrios bajos, gastando lo poco que tenía en sustancias que me borraran la mente. Mi padre ni siquiera me buscó. Me abandonó a mi suerte porque ya no le servía para nada.
Scarlett sintió una opresión en la garganta. Ella sabía lo que era la escasez y el sufrimiento familiar; trabajaba en *Velvet* precisamente para evitar que su propia abuela sufriera el desamparo de la enfermedad. Entendía el dolor de ver desvanecerse a quien amas. Sin pensarlo, se acercó más a él, reduciendo el espacio entre sus cuerpos hasta que sus pechos se rozaron. Envolvió a Damiano con sus brazos, pegando su rostro a su pecho musculoso, escuchando el latido acelerado de su corazón.
—Pero lograste salir —murmuró ella contra su piel—. Construiste un imperio tú solo. Te salvaste.
Damiano rodeó la cintura de Scarlett con un brazo de hierro, pegándola a él con una posesividad protectora. El calor juvenil de la chica parecía ahuyentar los fantasmas que siempre lo acechaban a oscuras.
—A medias —respondió él, con un deje de amargura que Scarlett no llegó a comprender del todo.
Damiano guardó silencio sobre la secuela más dolorosa de esos años de excesos: su esterilidad. La idea de confesarle a esa joven mujer, rebosante de vida, futuro y sensualidad, que él estaba biológicamente incapacitado para dar vida, le provocaba un pánico irracional. Sentía que si lo decía, la magia se rompería, que ella lo miraría con lástima, y el orgullo de Damiano no podría soportarlo. Prefirió guardarse esa última pieza del rompecabezas, aunque el secreto le pesara en el alma.
—Nadie sale ileso de un infierno así, Damiano —dijo Scarlett, levantando la vista para mirarlo a los ojos. Su rostro estaba a centímetros del de él, sus labios carnosos rozando los suyos al hablar—. Pero esas cicatrices no te hacen defectuoso. Te hacen real. El hombre que construyó *Serrano Motors* nació de ese chico que sobrevivió en el callejón. No tienes que avergonzarte de tu pasado conmigo.
Damiano la miró fijamente. Nadie en su vida, ni los socios comerciales, ni las modelos vacías con las que solía rodearse, se había preocupado por mirar lo que había detrás de su fortuna. Scarlett, una chica a la que conoció a través de una aplicación de acompañantes y a la que pagaba una suma ridícula de dinero, estaba desnudando su alma con una madurez y una empatía que lo desarmaban por completo.
La atracción mutua volvió a encenderse, pero esta vez con una carga emocional devastadora. Ya no era solo el deseo de poseer un cuerpo hermoso; era la necesidad imperiosa de fundirse con la única persona que parecía entender su oscuridad.
Damiano acunó el rostro de Scarlett con ambas manos, sus pulgares delineando sus pómulos. La miró con una devoción tan intensa que a Scarlett se le aceleró el pulso.
—Estás alterando todas mis jodidas reglas, Scarlett —susurró él, justo antes de inclinar la cabeza.
El beso que siguió fue completamente distinto al del coche. Fue un beso lento, pausado, cargado de una ternura desgarradora y una sensualidad latente. Sus lenguas se encontraron en un baile suave, saboreándose sin prisa, como si estuvieran sellando un pacto silencioso a oscuras. Scarlett jadeó, enredando sus piernas con las de él mientras Damiano se posicionaba encima de ella, cuidando de no dejar caer todo su peso.
La noche continuó bajo el amparo de la luna, pero el juego había cambiado de rumbo. Mientras se entregaban de nuevo al placer, de una forma más íntima y profunda, Scarlett se dio cuenta de una verdad aterradora: se estaba enamorando del titán roto, y el contrato de exclusividad se estaba convirtiendo en la jaula más peligrosa de su vida.