En el pueblo costero de Mar Azul, una antigua maldición ha permanecido oculta durante siglos: cada luna llena, una sirena de belleza deslumbrante pero esencia demoníaca emerge de las aguas, trayendo consigo desgracia, locura y muerte. Nadie se atreve a hablar de ella, pero sus susurros llegan a los oídos de quienes tienen el destino marcado. Cuando Lyssa, una joven con la capacidad de escuchar voces del más allá, llega al pueblo para investigar la desaparición de su madre, se cruza con Christhian, un hombre atormentado por un pasado oscuro y un vínculo inevitable con la criatura marina. Entre ellos nace una atracción peligrosa, mezcla de amor y odio, pasión y recelo. Pero la sirena no está dispuesta a compartir lo que considera suyo: es posesiva, cruel y ha tejido una red de hechizos que atrapa a quienes se acercan a lo que ella reclama. Lo que empieza como una investigación se convierte en una lucha por la supervivencia y el alma. La maldición no es solo una leyenda.
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Capítulo 14: Amor y odio.
Apenas la silueta de Serena se hubo desvanecido en las aguas oscuras, dejando tras de sí un rastro de espuma que brillaba con resplandor rojizo, el peso opresivo que llenaba el aire se alivió un poco, pero no desapareció del todo. La luna seguía colgando, grande y sangrienta, sobre Mar Azul, y el silencio que cayó sobre la playa era más aterrador que cualquier grito.
Lyssa seguía arrodillada en la arena, temblando todavía por el tacto helado de la sirena y por las palabras que le habían quemado el alma. Christhian estaba a su lado, con las manos apoyadas en sus hombros, queriendo levantarla, queriendo protegerla, pero ella se apartó bruscamente de su contacto. Se puso de pie de golpe, limpiándose la arena de la ropa con movimientos bruscos, evitando mirarlo. Sentía la cabeza llena de ruido, de confusión, de todo lo que Serena les había dicho, y lo que sentía por él se mezclaba con una rabia repentina, furiosa y dolorosa.
—¿Por qué no le dijiste nada? —le soltó de repente, girándose hacia él con los ojos brillantes de lágrimas y cólera—. ¿Por qué te quedaste ahí parado, como una estatua, mientras ella me decía que todo lo que tengo es suyo? ¡Podrías haberle contestado! ¡Podrías haber hecho algo!
Christhian se quedó inmóvil, con los brazos caídos a los costados, con el rostro pálido y deshecho por la tristeza y la impotencia.
—¿Qué querías que hiciera, Lyssa? —respondió él con voz ronca y baja, intentando mantener la calma—. ¿No te diste cuenta? Ella controla todo aquí. Mi cuerpo, mis palabras, mis pensamientos… si yo hubiera abierto la boca para contradecirla, me habría obligado a callar, o peor aún, me habría obligado a hacerte daño. Lo hice para protegerte.
—¿Protegerme? —repitió ella, soltando una risa amarga y cortante—. ¿Llamas protección a dejar que ella me diga que tú no me quieres, que lo que hay entre nosotros no es más que su maldita trampa? ¿Te lo crees tú también, Christhian? ¿De verdad crees que todo lo que sentimos es solo porque ella lo ordenó?
Él dio un paso hacia ella, con la expresión desesperada, queriendo acercarse, queriendo explicar, pero ella retrocedió, poniendo distancia entre los dos. Esa distancia física era el reflejo exacto de lo que pasaba dentro de ellos: querían estar pegados el uno al otro, pero al mismo tiempo se empujaban lejos, hiriéndose sin querer.
—No lo sé —gritó él, perdiendo el control, con la voz quebrada por la angustia—. ¡No lo sé, Lyssa! ¡Y eso es lo que más me asusta! ¡Llevo toda la vida escuchando su voz, toda la vida sintiendo lo que ella quiere que sienta! ¿Cómo puedo saber qué es real y qué es mentira? ¿Cómo puedo estar seguro de que lo que siento por ti no es otra cosa que su maldito vínculo, su forma de jugar con nosotros?
Se pasó las manos por el cabello, desesperado, caminando de un lado a otro como una fiera enjaulada, mientras la marca en su muñeca brillaba oscura, igual que la de ella, latiendo con dolor.
—Ella tiene razón en algo —dijo él, deteniéndose y mirándola con dureza, con una crueldad que salía solo de su propio miedo—. Soy suyo. Siempre lo he sido. Todo lo que soy, todo lo que tengo, es obra de ella. ¿Y tú crees que puedes llegar aquí, en dos días, y cambiar siglos de condena? ¿Crees que de verdad te quiero a ti, o solo quiero lo que ella me ha enseñado a desear? ¡Quizás solo eres su juguete nuevo, igual que yo lo he sido siempre!
Esas palabras cayeron sobre Lyssa como golpes físicos. Sintió que el pecho se le partía en dos. Lo miraba, y veía al hombre que la atraía con una fuerza que no entendía, al que quería salvar, al que necesitaba… pero también veía al prisionero que ella misma le había dicho que era, y ahora él se lo confirmaba, lanzándole esas verdades como cuchillos.
—Entonces ¿para qué me buscas? —le gritó ella, con las lágrimas corriendo por sus mejillas—. ¿Por qué cada vez que me alejo tú apareces? ¿Por qué cada vez que me haces daño te arrepientes y me miras como si fueras a morir si no me tienes cerca? ¡Si todo es mentira, si todo es suyo, entonces aléjate de mí! ¡Déjame irme! ¡Déjame intentar salvar a mi madre sola y no vuelvas a cruzarte en mi camino!
—¡No puedo! —rugió él, y en ese grito había toda la lucha de su vida, todo el amor y todo el odio mezclado en un solo sonido desgarrador—. ¡No puedo alejarme de ti, aunque quiera! ¡Ella lo sabe, Lyssa! ¡Ella sabe que eres lo único que me hace sentir algo que no sea dolor o miedo! ¡Y por eso te odia! ¡Por eso nos tortura! ¡Porque sabe que, aunque yo quiera odiarte, no puedo! ¡Porque, aunque tenga miedo de que todo sea mentira, no puedo evitar querer estar contigo, necesitarte, sentir que sin ti ya no sé quién soy!
Se acercó de golpe, y esta vez ella no retrocedió. Se quedaron frente a frente, respirando agitadamente, con las caras muy cerca, con los ojos llenos de rabia y de deseo, de dolor y de ternura, atrapados en esa red invisible que los unía y los destrozaba a la vez.
—Me haces daño —susurró Lyssa, con la voz rota, clavando sus ojos en los de él—. Me haces daño con tus dudas, con tus miedos, con el hecho de que pertenezcas a ella y yo te quiera a ti de todos modos. Te odio, Christhian. Te odio por haber entrado en mi vida, por hacerme sentir esto, por ser la única cosa que me importa en este pueblo maldito.
—Y yo te odio a ti —respondió él, con la misma intensidad, levantando las manos hasta sus hombros, apretándolas con fuerza, como si quisiera hacerla suya y echarla lejos al mismo tiempo—. Te odio por llegar aquí y despertarme, por hacerme creer que puedo ser libre, por ser la única persona que me ha mirado como si yo fuera un hombre y no una cosa del mar. Te odio porque si tú no hubieras venido, yo seguiría viviendo en mi miseria, pero al menos no tendría que sufrir este miedo de perderte, este miedo de que ella te destruya solo por verme sufrir a mí.
Por un momento, solo hubo silencio entre ellos, roto únicamente por el rugido lejano del mar y por la respiración acelerada de ambos. Las palabras duras, los reclamos, los miedos, todo quedó suspendido en el aire, porque lo que sentían era más fuerte que cualquier rabia, más fuerte que cualquier advertencia de la sirena.
De repente, Christhian tiró de ella hacia sí, con una fuerza desesperada, y la abrazó con tanta fuerza que Lyssa sintió que le faltaba el aire. Fue un abrazo lleno de contradicciones: era un refugio y una prisión, era amor y era odio, era el deseo de proteger y el miedo de hacer daño. Lyssa rodeó su cintura con los brazos, apretándose contra su pecho, escondiendo la cara en su cuello, sintiendo su calor, su olor, la forma en que su corazón latía desbocado al mismo ritmo que el suyo.
Lloraron en silencio, pegados el uno al otro, en medio de la playa desierta, bajo esa luna que todo lo vigilaba. Se abrazaban como si quisieran fundirse en uno solo, como si al unirse pudieran tapar todas las heridas, todas las marcas, todo el pasado que los separaba y los unía a la vez.
—No sé qué es real y qué no —murmuró Christhian contra su cabello, con voz suave y temblorosa, muy diferente a los gritos de hace un momento—. Pero sé que cuando estoy contigo, ella se hace más débil en mi cabeza. Sé que cuando te toco, no siento su frío, sino tu calor. Sé que si tengo que elegir entre su mentira y este dolor que siento contigo… elijo este dolor mil veces.
Lyssa levantó la cara para mirarlo, y él le secó las lágrimas con los dedos, con una ternura infinita que contrastaba con la fuerza con la que la había abrazado segundos antes.
—Yo también te elijo —le susurró ella—. Aunque me hagas daño, aunque tengas miedo, aunque ella nos odie por ello. Te elijo a ti. Y si esto es una trampa… entonces me quedo en ella voluntariamente. Porque prefiero estar atada a ti, que ser libre y no haberte conocido nunca.
Se quedaron así, abrazados, en medio de la noche más oscura y peligrosa, sabiendo que la sirena los estaba observando desde las profundidades, sabiendo que su amor era lo que más la enfurecía, sabiendo que su amor era también su única arma. Habían discutido, se habían herido con verdades duras, habían confesado que se odiaban tanto como se querían… pero al final, la condena que compartían los había unido más fuerte que nunca. Y ahora, lo que sentían, entre amor y odio, entre miedo y deseo, era la única cosa que parecía verdadera en todo ese pueblo de mentiras y sombras.