Emir Casper regresó del extranjero, sin imaginar que su ex novia y su mejor amigo, estaban celebrando un año de aniversario. Tal vez por venganza, o quizás porque en verdad ella lo cautivo, contrajo matrimonio con la prima de su mejor amigo, teniendo que convivir en la misma casa que su exnovia, y su mejor amigo.
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Capítulo 6
Emir bajó la mirada al agarre y la volvió a subir a los cenizos ojos de aquel almirante:
—¡Suélteme! —solicitó. Bran le curvó los labios mostrando una amarga sonrisa—. Belly está en la ducha.
Los dientes de Bran traquetearon:
—¿Qué demonios hace mi hija en tu habitación y, sobre todo, en la ducha?
Emir iba a responder, pero aquel hombre lo tiró a un lado y caminó hasta la habitación. Emir se equilibró y arregló su traje.
—¿Por qué estás con Belly aquí?
—Se emborrachó, me dijo que quería ir al baño, le presté el mío y desde que entró no ha salido; al parecer se está duchando.
Edson suspiró:
—Esto te traerá problemas, Emir. No debiste ingresar con Belly aquí.
—No pasó nada.
—Explícale eso a ese hombre que no razona; lo que ven sus ojos es su verdad.
—Pues no tengo miedo a ningún marino ni a nadie. No ha pasado nada y esa es mi verdad; solo llevé a Belly a la laguna y el aire la hizo marear más, la traje de vuelta al hotel y surgió aquello.
Bran salió con su hija en brazos. Belly estaba cubierta con una sábana. Los afilados ojos de Bran repararon en Emir:
—Tú y yo hablaremos después —dicho eso, salió.
Edson se despidió de Emir, subió a la terraza y finalizó la fiesta de su aniversario; se despidió de todos y bajó con su esposa. De camino a casa no dijo nada, iba callado y muy serio. Mientras tanto, Maca tenía una sonrisa en sus adentros; ella sabía que, si su esposo estaba en silencio, era porque estaba pensando en todo el castigo que recibiría Belly, y quizás estaba pensando en qué hacer para salvarla como en otras ocasiones.
Eran las tres de la mañana cuando me metí en la cama, pero logré cerrar mis ojos antes de las cinco. No dejaba de pensar en todos los acontecimientos que ocurrieron; más que todo, no dejaba de dolerme que ella estuviera con él. Soltando un grueso suspiro, forcé a mi mente a no pensar en ella. No sé cuánto tiempo pasé así, pero creo que fue mucho porque no logré dormir casi nada, ya que antes de las once tocaron la puerta de mi habitación y aún tenía sueño.
Soltando un bostezo, descubrí mi cuerpo y caminé hasta la puerta restregándome los ojos. Al abrirla, había dos marinos parados ahí fuera:
—¿Emir Cásper?
—Sí, soy yo.
—Debe acompañarnos a casa del almirante general Bran Rossetti.
—¿Ahora?
—Sí, ahora.
Entrecierro los ojos y les pido unos minutos para cambiarme. Uso el mismo terno de anoche porque envié la maleta a casa. Una vez listo, bajo con los dos oficiales. Al llegar a la planta baja, encuentro a mi tío ingresando:
—Emir, ¿sucede algo? ¿Por qué te acompañan estos dos oficiales?
—No pasa nada, tío. Tengo una invitación a casa del almirante general Bran Rossetti, por eso envió a sus oficiales por mí —espero que haya quedado convencido y que no le llegue al oído lo que sucedió anoche.
Subo al auto de los oficiales y nos dirigimos a casa del señor Rossetti; en un par de horas llegamos. Al salir del auto, contemplo la enorme mansión que tiene: es dos veces más grande que la nuestra. Arreglo mi terno y suspiro: "Veamos qué quiere Bran Rossetti".
En esta vez, los oficiales van delante de mí; abren la puerta principal y me dirigen al despacho. Vuelven a abrir un sinnúmero de puertas; creo que fueron en total cinco las puertas que crucé para llegar al despacho del general. Una vez dentro, los oficiales se retiran y aquel individuo me da la espalda.
—Quería verme, señor Rossetti. Pues aquí me tiene.
El hombre deja el tabaco a un lado y se gira para clavar sus cenizos ojos en los verdes míos. Me observa intensamente, como si quisiera asesinarme con la mirada; quizás espera que despegue mis ojos de los suyos. No obstante, los mantengo firmes; si está acostumbrado a persuadir a las personas mirándolas de esa forma, conmigo se equivoca, porque al único que le tengo temor es a Dios.
—Siéntate —dice de mala gana. Me siento posando una pierna sobre la otra y volviendo la mirada hacia él—. Anoche te atreviste a meter a mi hija en estado de embriaguez a tu cama.
—Eso no es cierto —lo interrumpo y se molesta más, tanto así que golpea el escritorio y se inclina para decirme:
—No hables cuando yo estoy hablando, ¿entendido? —asiento con un pestañeo—. Mi hija es una niña decente y te atreviste a abusar de ella; te aprovechaste de su ingenuidad y ahora tendrás que responder por ello.
—¿A qué se refiere con responder?
—¿Cómo responde un caballero ante un acto como el de anoche? ¿O crees que voy a dejar que mi hija ande en boca de todo el mundo? No pasará mucho para que lo sucedido anoche llegue a oídos de los demás, y no estoy dispuesto a que una Rossetti, más si es mi hija, sea el comidilla de cada día de toda la sociedad.
—Usted... ¿quiere que me case con su hija?
—Tienes dos opciones: pagar en la cárcel por lo que has hecho, pero eso dejaría a mi hija desprestigiada; la segunda es casarte con ella y cumplir como un caballero lo hace.
—Usted habla como si estuviéramos en el tiempo de la realeza, donde las damas debían casarse si se encontraban a solas con un caballero.
—Me importa un carajo en qué tiempo vivas tú —aspira del tabaco sin despegar la mirada—. Pero una Rossetti no quedará desprestigiada como quedó tu hermana.
Bajo la pierna que reposa sobre la otra, asiento mis manos sobre el escritorio y me inclino hacia él:
—No vuelva a nombrar a mi hermana, general.
—¿No es cierto lo que digo? —Me levanto porque no estoy dispuesto a seguir escuchando a ese hombre. Él también se levanta—. No te librarás tan fácil. Si piensas que por ser el cuñado de Lanús tendré compasión de ti, estás muy equivocado.
—¿Me está amenazando? Porque sepa que no le tengo miedo, señor Rossetti, y no necesito el poder de mi cuñado para defenderme.