Renata Solís nunca imaginó que una cara del pasado volvería a destruirle la vida.
Profesora de idiomas en la Universidad Nacional de Miravalle, inteligente, independiente y con un futuro prometedor, Renata cree haber dejado atrás la noche más oscura de su existencia. Hasta que lo ve a *él* —Dante Montero, heredero del imperio más poderoso de la ciudad— y reconoce en su rostro al hombre que debería estar muerto.
Dante Montero no es quien dice ser. Detrás del traje a medida, la torre de cristal y el apellido que hace temblar a jueces y políticos, se esconde un secreto capaz de destruir a toda una dinastía. Y Renata es la única persona viva que puede demostrarlo.
Pero Dante tiene sus propias armas. Cuando la deuda de su padre cae en manos de los Montero, Renata se ve atrapada en un pacto imposible: acompañarlo, guardar silencio, fingir ser su mujer ante el mundo... o perderlo todo.
Lo que ninguno de los dos esperaba era esto: que la trampa se convirtiera en un juego, el juego en obsesión, y la obsesión en algo que ninguno sabe nombrar.
Ella busca la verdad. Él protege su mentira.
Ella planea huir. Él se asegura de que no pueda irse.
Ella jura que no va a caer. Él ya cayó hace mucho.
En un mundo de lealtades compradas, secretos de familia y balas que no perdonan, Renata tendrá que decidir: ¿revelar al monstruo que se esconde detrás de Dante Montero... o salvar al hombre que se esconde detrás del monstruo?
*Porque en esta historia, la jaula tiene dos prisioneros.*
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Capítulo 6
Capítulo 6
La otra Miravalle
El lunes a las ocho en punto, una camioneta negra con vidrios polarizados se estacionó frente al edificio de Renata. Joaquín bajó del asiento del conductor, rodeó el vehículo y le abrió la puerta trasera sin decir una palabra. Tenía el traje oscuro de siempre y la expresión de una pared de ladrillos.
Renata se subió. Había escogido su mejor vestido negro —el que usaba para las cenas de fin de semestre con el claustro de profesores— y unos tacones bajos que casi nunca se ponía. Se había maquillado con cuidado, no para verse linda sino para verse blindada.
—¿A dónde vamos? —preguntó cuando la camioneta arrancó.
—El Olvido —dijo Joaquín, mirando el retrovisor—. Señorita Solís, no se preocupe. El Jefe dio instrucciones claras: nadie la toca.
La frase debió tranquilizarla. No lo hizo.
Miravalle de noche se transformaba por capas. Primero la zona universitaria, con sus faroles amarillos y sus taquerías abiertas hasta la madrugada. Después las colonias residenciales con sus bardas altas y sus cámaras de seguridad. Después una franja comercial que se adelgazaba hasta desembocar en una calle sin banquetas, flanqueada por palmeras y bodegas reconvertidas. Al final de esa calle, un edificio de fachada negra sin letrero, con dos tipos enormes en la puerta y una fila de autos de lujo estacionados en la acera.
—Llegamos —dijo Joaquín.
El tipo de la puerta —rapado, tatuaje en el cuello, sonrisa de tiburón— vio la camioneta y se hizo a un lado sin pedir identificación. Lo llamaban Pelón; Renata lo supo después. En ese momento solo vio a un hombre al que no le convenía mirar dos veces.
El interior de El Olvido golpeó sus sentidos como una ola. Luz roja tamizada por pantallas de tela negra. Un escenario al fondo donde un trío de músicos tocaba una cumbia lenta con trompeta, bajo eléctrico y güiro. Olor a tabaco y perfume caro y algo más denso, como incienso o humo dulce. Mesas de madera oscura con sillones de piel. Botellas que costaban más que el sueldo mensual de Renata. Hombres de traje y mujeres con vestidos que brillaban bajo las luces como escamas.
Joaquín la guió a través del salón principal hasta una escalera lateral que subía a un mezzanine. Arriba, separado del resto por una baranda de hierro forjado y una cortina de terciopelo, estaba el VIP.
Dante la esperaba de pie junto a la mesa, con una guayabera negra de cuello mao que lo hacía verse menos corporativo y más peligroso. A su lado, cuatro hombres en traje hablaban en voz baja; uno de ellos era rubio y gesticulaba con las manos como solo lo hacen los franceses. Detrás de Dante, recargado en la pared con los brazos cruzados y la mirada aburrida de quien lleva años cuidando espaldas, había otro hombre —moreno claro, barba cerrada, una cicatriz fina cruzándole la ceja izquierda—. Renata lo registró sin saber su nombre. Era Santos.
Dante la vio entrar y se levantó. Ese movimiento de nuevo: preciso, sin prisa, como si el tiempo le perteneciera.
—Bienvenida a mi mundo, Profesora —dijo, y le señaló la silla junto a la suya.
Renata se sentó. El cuero del sillón era fresco contra sus piernas. Las manos, las escondió debajo de la mesa.
Dante no la presentó como su acompañante. No la presentó como su nada. Se dirigió al grupo y dijo:
—Les presento a la profesora Solís. La lingüista más talentosa de la Universidad Nacional. Si necesitan decir algo en francés, portugués o inglés, ella es la razón por la que estoy tranquilo.
El francés —un inversor de Lyon llamado Philippe— giró hacia Renata con la expresión aliviada de un náufrago que encuentra un bote.
—Ah, ¿vous parlez français? Quel soulagement, j'allais mourir ici sans pouvoir exprimer une seule nuance.
—Ne vous inquiétez pas, monsieur. Les nuances sont ma spécialité —respondió Renata, y vio cómo la sonrisa de Philippe se ensanchaba.
Durante la siguiente media hora, Renata tradujo entre Philippe y los socios mexicanos, aclarando matices fiscales que la barrera del idioma hacía indescifrables. No era un trabajo de adorno. Era trabajo real, el mismo que hacía en congresos académicos pero con cifras más grandes y hombres más peligrosos sentados a la mesa. Y por primera vez desde que Dante la había llamado, Renata sintió algo que no era miedo: era la solidez de saber que su presencia ahí tenía un sentido que ella misma controlaba. Podía traducir o dejar de traducir. Podía aclarar o dejar que se enredaran. Tenía poder, aunque fuera un poder prestado.
Dante la observaba sin interrumpir. De vez en cuando asentía ante una traducción particularmente precisa. No aplaudía, no felicitaba. Solo asentía, como un afinador que confirma que la nota es correcta.
Cuando Philippe fue al baño, una mujer se acercó a la mesa. Cincuenta y tantos años, cabello teñido de rubio cenizo, aretes de oro que le llegaban a los hombros, un vestido morado que no pretendía ser discreto. Se movía entre las mesas del VIP como quien camina por su propia cocina.
—Miren nada más —dijo, apoyando una mano en el respaldo de la silla de Dante—. ¿Ésta es tu nueva compañía? Tiene algo diferente. Me gusta.
—Doña Marisol —dijo Dante—, la profesora Solís.
Doña Marisol miró a Renata con ojos que habían visto de todo y seguían teniendo hambre de más. No era una mirada hostil. Era una radiografía.
—Bienvenida, niña. Toma. —Le puso en la mano un vaso con un líquido rosado que olía a guayaba y alcohol—. Cortesía de la casa.
Renata aceptó el vaso y bebió un sorbo. Dulce, fuerte, con un final picante que le calentó la garganta. Doña Marisol le guiñó un ojo y desapareció entre las mesas.
Desde el otro lado del mezzanine, sentado en un sillón con una copa de coñac y dos mujeres a los lados, un hombre joven miraba a Renata sin molestarse en disimular. Pelo engominado hacia atrás, mandíbula afilada, una sonrisa torcida que no era sonrisa sino inventario. Marcos Montero Duarte, el primo de Dante. Tenía la postura relajada de alguien que ha vivido toda su vida en lugares como este, y la miraba como quien evalúa a una empleada nueva cuyo contrato duda que sobreviva el mes. Renata sintió su mirada como una corriente fría en la nuca y no se volteó a verlo. Había aprendido algo en su primer año dando clase: los que buscan provocarte necesitan que los mires primero.
La noche avanzó. Philippe volvió, cerró un acuerdo preliminar con los socios y le estrechó la mano a Renata antes que a nadie. Otro empresario —panameño, acento caribeño, reloj de oro— le pidió ayuda para entender una cláusula en inglés. Renata la tradujo y además le sugirió una redacción más precisa. El panameño le dio su tarjeta.
Renata estaba empezando a entender las reglas de este tablero cuando una voz cortó la música.
—¿Y tú quién eres?
Una mujer se plantó frente a la mesa. Vestido plateado, tacones de aguja, maquillaje de guerra. La miraba como se mira a una mancha en el mantel.
—¿Eres la nueva adquisición de mi primo?
El VIP se quedó en silencio. Todos los ojos giraron hacia Renata. Dante, a su lado, no se movió.