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Las Cuatro De La Medianoche.

Las Cuatro De La Medianoche.

Status: Terminada
Genre:Fantasía épica / Mundo de fantasía / Mundo mágico / Completas
Popularitas:1.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Leydis Ochoa

Cuando la noche hace un pacto con la luz, nacen juramentos que ni el tiempo osa romper.

NovelToon tiene autorización de Leydis Ochoa para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 5 — Cuernos de Advertencia

Una de ellas llevaba cuernos como advertencia y orgullo. Lyraka Shade caminaba a la vanguardia, abriendo camino a través de la maleza negra del Bosque de los Ecos Perdidos. Sus cuernos, de casi medio metro de longitud, no eran meros adornos óseos; eran extensiones de sus sentidos. Sentía la vibración de los insectos nocturnos, el flujo de la savia corrupta en los árboles y, sobre todo, la intención de las criaturas que acechaban en la oscuridad.

El grupo avanzaba bajo una tensión asfixiante. El aire en el bosque olía a moho y a magia estancada. A cada paso, las sombras parecían estirarse para tocar las botas de las elfas, como si buscaran calor en seres que aún conservaban un propósito.

—Siento que el bosque nos está probando —susurró Xylia, cuya armadura emitía pulsos de luz rítmicos, como un corazón asustado—. Los árboles se cierran detrás de nosotras. No hay camino de regreso.

—Nunca lo hubo, Xylia —respondió Lyraka sin mirar atrás—. En el momento en que tocaste la marca en el claro, el pasado dejó de existir. Solo existe el presente y el precio que estamos dispuestas a pagar.

Lyraka se detuvo de repente. Sus cuernos comenzaron a emitir un zumbido bajo, una frecuencia que hacía que los dientes de las otras tres castañetearan. Sus ojos púrpuras se dilataron hasta volverse completamente negros.

—Algo viene —anunció.

De entre los árboles emergió una figura distorsionada. No era un animal, ni un espíritu, sino una amalgama de ramas secas y restos de armaduras antiguas. Era un *Segador de la Desesperación*, una criatura nacida de los fracasos de aquellos que alguna vez buscaron el equilibrio y perdieron la fe.

La criatura emitió un alarido que no se escuchó con los oídos, sino con el alma. Xylia levantó su espada dorada, pero Lyraka fue más rápida. Se lanzó hacia adelante con una ferocidad animal, sus dagas de humo cortando el aire con una precisión quirúrgica. Pero lo que realmente sorprendió a sus compañeras fue cómo usaba sus cuernos. Al embestir, una energía oscura emanaba de ellos, creando un campo de fuerza que desintegraba la madera podrida del monstruo antes de que este pudiera tocarla.

—¡Atrás! —rugió Lyraka, esquivando un golpe de una garra de madera—. ¡Este es mi territorio! ¡Esto es lo que soy!

La batalla fue un caos de sombras y luz. Xylia intentaba apoyar con ráfagas de fulgor solar, pero el bosque parecía absorber su magia, debilitándola. Shapira usaba sus cadenas para inmovilizar las extremidades del Segador, mientras que Ravenna buscaba desesperadamente en su libro una debilidad.

—¡Lyraka, no puedes hacerlo sola! —gritó Ravenna—. ¡La criatura se alimenta de tu rabia!

Pero Lyraka no escuchaba. Estaba perdida en una vorágine de recuerdos. Veía a los ancianos de su tribu señalándola, llamándola "Maldita por la Tierra". Veía los ojos de su madre llenos de miedo al ver que los cuernos brotaban de la frente de su hija a una edad tan temprana. Recordaba el exilio, las noches de hambre en las cuevas, el frío que solo la sombra podía consolar.

Cada golpe que recibía del Segador era un eco de ese rechazo. La criatura se volvió más grande, alimentándose de la amargura de Lyraka.

—¡Basta, Lyraka! —Xylia se interpuso entre ella y el monstruo, recibiendo un golpe directo en su hombro dorado. El metal crujió, y Xylia soltó un grito de dolor—. ¡Mírame! ¡No eres ese odio! ¡Eres nuestra hermana!

La palabra "hermana" golpeó a Lyraka con más fuerza que cualquier ataque físico. Se detuvo, jadeando, con el sudor corriendo por sus mejillas. Miró a Xylia, que estaba de rodillas, su armadura abollada y su luz parpadeante. Vio a Shapira, cuyos ojos mostraban una súplica silenciosa, y a Ravenna, que la miraba con una comprensión dolorosa.

Lyraka cerró los ojos y, por primera vez en siglos, dejó ir la rabia. No la olvidó, simplemente dejó de usarla como escudo. En su lugar, usó la lealtad. Sus cuernos cambiaron de color; el negro obsidiana se suavizó hasta convertirse en un violeta profundo y translúcido, como una amatista bañada por la luna.

Con un movimiento fluido, Lyraka se acercó a Xylia, la ayudó a levantarse y luego se volvió hacia el Segador. Ya no era una bestia herida, era una guardiana. Con un solo impulso de voluntad, proyectó una onda de choque desde sus cuernos que no buscaba destruir, sino liberar. El Segador de la Desesperación se deshizo en hojas secas y polvo, su energía regresando pacíficamente a la tierra.

El bosque se calmó. La opresión desapareció, dejando paso a una paz frágil. Lyraka se tambaleó y Xylia la sostuvo.

—Gracias —susurró Xylia.

—No me agradezcas —respondió Lyraka, su voz de nuevo firme, aunque con una nueva vulnerabilidad—. Solo cumplí con mi parte. Mi orgullo no es ser mejor que ustedes, sino poder estar aquí para protegerlas.

Se miraron un momento, un entendimiento silencioso pasando entre ellas. Lyraka sabía que sus cuernos siempre serían vistos como una advertencia por el mundo exterior, pero para las tres mujeres que estaban con ella, ahora eran un símbolo de refugio.

Sin embargo, la batalla había dejado una marca en Xylia. Su armadura, antes perfecta, ahora mostraba la cicatriz del golpe. Pero esa cicatriz no era fea; emitía un brillo más cálido, más humano.

Continuaron su camino a través de los restos del Segador, sintiendo que el bosque ahora les permitía pasar como si reconociera a sus nuevas dueñas. Lyraka seguía al frente, pero ya no se sentía sola. Su advertencia era para los enemigos; su orgullo era para sus hermanas.

Caminaron hasta que el bosque se abrió hacia una llanura bañada por una luz crepuscular constante, donde otra figura las esperaba en la distancia.

Otra vestía armadura dorada que parecía la luz hecha metal.

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