En un pequeño taller lleno de historia y sencillez vive Liam: un joven trabajador, responsable y honrado, que cuida de su madre enferma y lleva una vida alejada de los reflectores. Todo cambia cuando llega Demián: un hombre imponente, dueño de una gran corporación, poderoso, dominante y acostumbrado a conseguir lo que quiere.
Demián encarga que solo Liam repare su valioso coche antiguo y empieza a visitar el taller cada día. Se unen dos mundos opuestos: la humildad de Liam frente al control y la influencia de Demián. Nace una relación llena de tensión y sentimientos, donde el poder y la entrega se entrelazan en una historia que cambiará sus vidas para siempre.
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El peso de la cercanía
Los días transcurrían con una rutina que se había vuelto tan natural como el latido del corazón. Cada tarde, cuando el sol empezaba a bajar y el taller se llenaba de una luz dorada y cálida, Demián aparecía por la puerta, como si el tiempo se hubiera organizado para que sus pasos coincidieran siempre con el final de la jornada de Liam. Ya no era una visita que pareciera impuesta, sino una presencia que se había convertido en parte de aquel lugar, en algo tan común como el olor a madera recién cortada o el ruido suave de las herramientas sobre la mesa.
Pero con esa calma crecía algo más: una sensación constante de estar cerca, de que el espacio entre los dos se reducía poco a poco, sin que nadie lo ordenara, sin que nadie hablara de ello. A veces, cuando Liam se movía por el taller, sentía la mirada de Demián siguiéndolo, como si cada movimiento fuera algo que valiera la pena observar, como si quisiera guardar cada detalle en su memoria. Y aunque sabía que debían mantener la distancia que se habían trazado, no podía evitar sentir que, poco a poco, esa línea se iba volviendo más fina, más difícil de distinguir.
Había momentos en que la tensión flotaba en el aire, tan densa que parecía que se podía tocar. No era una tensión de conflicto, ni de discusiones, sino algo diferente: una mezcla de deseo contenido, de curiosidad, de ganas de acercarse más, pero a la vez el respeto que no dejaba cruzar el límite. Era esa sensación de cuando tienes algo que quieres mucho, que te atrae con fuerza, pero que sabes que hay que cuidar, que hay que esperar el momento adecuado para tomarlo.
Una tarde, mientras ordenaban los materiales que habían usado durante el día, Liam se agachó para recoger unas tablas que estaban en el suelo. Al hacerlo, se dio cuenta de que Demián estaba justo detrás de él, tan cerca que podía sentir el calor que desprendía su cuerpo, podía percibir el suave aroma de su piel mezclado con el olor de la madera y el aceite. Se quedó quieto, sin atreverse a moverse, sintiendo cómo el corazón se le aceleraba de repente. La distancia entre ellos era tan pequeña que, si se movía un poco, sus hombros se tocarían.
Demián tampoco se movió. Se quedó allí, inmóvil, y Liam sabía que él también era consciente de lo cerca que estaban, de lo que significaba ese contacto tan leve que apenas se notaba, pero que hacía que todo cambiara. Pasaron unos segundos que parecieron durar una eternidad, segundos en que el tiempo se detuvo y solo existían ellos dos, en medio del taller silencioso, rodeados de herramientas y maderas, pero ajenos a todo lo demás.
—Te he observado trabajar —dijo Demián finalmente, con la voz más baja de lo habitual, más suave, como si no quisiera romper el silencio, pero al mismo tiempo necesitara decirlo—. Cada día. Cada tarde. Me gusta ver cómo lo haces. Cómo te concentras, cómo cuidas cada detalle, como si cada pieza fuera algo valioso, algo que merece ser hecho con cariño.
Liam se giró despacio, con cuidado, sin hacer movimientos bruscos, y se encontró mirando directamente a sus ojos. Estaban más cerca que nunca antes, y cuando se miraron, Liam sintió que se perdía en ellos: eran profundos, oscuros, llenos de cosas que no se podían explicar con palabras, de sentimientos que se guardaban con cuidado, pero que ahora se hacían más visibles, más claros.
—Es mi forma de ser —respondió Liam, notando que su voz sonaba un poco ronca, un poco diferente a como hablaba normalmente—. Cuando hago algo, quiero que quede bien. Quiero que tenga sentido.
Demián asintió, y sus ojos se deslizaron por su rostro, por sus manos, por cada parte de su cuerpo, como si quisiera memorizar cada rincón. Y aunque lo miraba con respeto, con la misma paciencia de siempre, había algo en su mirada que cambiaba: un brillo nuevo, una intensidad que hacía que el aire se sintiera más caliente, más pesado. Era ese 5% de tensión que empezaba a hacerse notar, ese deseo que crecía poco a poco, que no se atrevía a salir a la luz, pero que estaba ahí, presente, innegable.
—Lo sé —dijo Demián—. Por eso es tan especial. Por eso es tan difícil no sentir lo que siento. No es solo que me gustes, Liam. Es que lo que haces, cómo eres, cómo te mueves... todo ello forma algo que no puedo evitar querer estar cerca de él.
Se acercó un poco más, pero se detuvo justo cuando sus hombros estuvieran a punto de tocarse. La respiración de ambos se había vuelto más lenta, más profunda, y cada vez que sus miradas se cruzaban, había una pausa, un instante en que parecía que iban a romper todas las reglas, que iban a cruzar la línea que se habían trazado. Pero entonces, algo los detenía: el respeto mutuo, el miedo a equivocarse, la necesidad de que todo fuera real, de que todo saliera bien.
—Quiero que sepas —continuó Demián, con una voz que sonaba más fuerte, pero que seguía manteniendo esa calma que lo caracterizaba— que cada día que pasa es más difícil mantener la distancia. No es que quiera forzarte, ni que quiera apresurar las cosas. Es que lo que siento es tan grande, tan fuerte, que a veces siento que se me sale del pecho, que necesito mostrarte todo ello, que necesito que lo sepas con toda claridad.
Hizo una pausa, y sus labios se curvaron en una sonrisa suave, que no llegaba a sus ojos del todo, porque en ellos seguía habiendo esa intensidad, esa necesidad que no podía ocultar.
—Pero esperaré —dijo—. Porque lo que tenemos vale la pena. Y porque tú eres importante para mí. No quiero nada que no venga de ti, nada que no sea lo que tú quieras. Mientras tanto, me conformo con esto: con estar cerca, con hablar contigo, con mirarte, con saber que estás aquí. Es suficiente por ahora.
Liam lo escuchaba, sintiendo cómo una mezcla de emociones le recorría el pecho: alegría, seguridad, pero también esa pequeña, suave inquietud que le hacía sentir que algo iba a cambiar pronto, que las cosas no podían seguir igual para siempre. Sabía que Demián decía la verdad, que lo que sentía era real, que el respeto era mutuo, pero también sabía que, cada día que pasaba, la línea que los separaba se hacía más delgada, más frágil. Había momentos en que sentía que, si Demián se acercaba un poco más, si sus manos se acercaban lo suficiente, no tendría fuerzas para alejarse.
—Yo también siento lo mismo —dijo Liam, con voz clara, mirándolo directamente a los ojos—. Cada día que pasa, me doy cuenta de que no es solo un sentimiento pasajero. Es algo que crece, que se hace más fuerte, y no sé cuándo llegará el momento en que... en que no podamos seguir manteniendo la distancia. Pero sé que, cuando llegue, será porque los dos lo queremos, porque es lo que debemos hacer.
Demián sonrió de nuevo, y esta vez la sonrisa era más cálida, más cercana. Dio un paso atrás, respetando el espacio que seguía siendo necesario, pero manteniendo sus ojos fijos en los de él, sin apartarse ni un segundo.
—Eso es todo lo que necesito escuchar —dijo—. Saber que lo sientes también, que es real. Eso me da fuerza para seguir esperando, para seguir siendo paciente.
Se giró hacia la puerta, pero antes de salir, se detuvo y lo miró una última vez. El sol ya se había ocultado por completo, y las luces del taller iluminaban el lugar con una luz suave y amarilla, que hacía que todo pareciera más íntimo, más especial.
—Volveré mañana —dijo—. Y al día siguiente también. Y seguirá siendo igual que hoy: calma, respeto, y un poco más de cercanía cada día. Porque así es como debe ser.
Salió del taller y cerró la puerta detrás de sí, dejando a Liam solo con sus pensamientos, con esa sensación de paz y de inquietud al mismo tiempo. El joven se quedó en su sitio, mirando la puerta cerrada, sintiendo cómo el aire todavía guardaba el olor de Demián, cómo sus palabras seguían sonando en su cabeza. Sabía que, en los capítulos que vendrían, las cosas ya no serían nunca más iguales. La calma del principio se había ido, y en su lugar había algo más: una atracción que crecía, una tensión que se hacía más fuerte, y la certeza de que, tarde o temprano, tendrían que tomar una decisión.