"La Emperatriz Renacida" narra el brutal regreso de Leticia, una huérfana de los barrios bajos convertida en déspota de la moda, quien reencarna como la humillada Adelfa Sterling en una novela rosa. Armada con una astucia letal, frialdad despiadada y tres hijos genios, Leticia desmantela a quienes la oprimieron en su vida pasada y presente, tejiendo una intriga de venganza y poder que reescribe el destino de los inocentes y los villanos por igual.
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6 Desalma y letal
Con un movimiento rápido, la lancé contra el suelo, con una fuerza que la dejó sin aliento. Un cristal de la mesa se rompió. Tomé un pedazo afilado y, sin decir una palabra, le hice una herida profunda en el rostro. Un corte preciso, sin compasión, que prometía una cicatriz permanente.
—¡Ahhh! —gritó mi madrastra, llevándose las manos a la cara, la sangre brotando entre sus dedos—. ¡Llamen a la policía! ¡Esta mujer está loca! ¡Llamen a la policía! ¡Me ha destruido la cara!
Mi padre, con el rostro lívido, se acercó a mí, dispuesto a intervenir, a llamar a la seguridad. Pero yo me acerqué a él, con una carpeta en la mano. En ella, documentos que probaban su falsificación del testamento de mi madre, el robo de propiedades, el desvío de fondos de la fortuna Sterling y, la joya de la corona, pruebas irrefutables de su hijo ilegítimo, un secreto que celosamente había guardado. Acerqué mi boca a su oído, mi voz un susurro gélido.
—Dime, querido padre, ¿prefieres que todo esto salga a la luz pública y lo pierdas absolutamente todo, tu reputación, tu fortuna, tu estatus? ¿O prefieres obedecer adecuadamente y darle a mi madrastra la lección que merece? Dale treinta bofetadas delante de todos. Ahora.
Mi padre, un hombre que siempre había alardeado de su autoridad, ahora temblaba. Sin dudarlo un segundo, se volvió hacia Clara, quien seguía gritando, y le propinó treinta bofetadas, una tras otra, con una fuerza brutal, sin importarle la herida sangrante en su rostro. Los golpes resonaron en el silencio de la mansión.
Mis hombres, mientras tanto, le arrancaron el vestido a Blanca y todas sus joyas, dejándola en ropa interior, humillada, expuesta ante todos. El abuelo, Don Rodrigo, intentó intervenir, pero mis hombres lo sentaron de golpe, inmovilizándolo.
Leonel, observando la escena, aplaudió con una sonrisa macabra.
—¡Qué cumpleaños tan magnífico! —exclamó, su risa resonando en el salón—. ¡Me he divertido muchísimo! ¡La hijastra desfiguró a la madrastra! ¡Espléndido! ¡Ja, ja, ja! ¡Este cumpleaños es inolvidable!
Elio González, el prometido de Blanca, el heredero de los González, el hombre que había humillado y maltratado a la Adelfa original, se acercó a mí, sus ojos encendidos de furia.
—¡Te juro que haré que toda mi familia González te dé una lección! —rugió, su voz llena de impotencia—. ¡Esta humillación que le has ocasionado a mi prometida jamás te la perdonaré!
—Elio, querido, no te preocupes —respondí, con una sonrisa condescendiente—. No te tengo miedo. Además, tengo un regalo especial para tu prometida, y sé que te va a encantar.
Mis hombres encendieron un proyector, y en la pantalla gigante de la mansión apareció un video. En él, mi hermana, Blanca, se besaba apasionadamente con otro hombre, el guardaespaldas de Elio, para ser exactos. Y luego, su voz se escuchaba claramente, quejándose de Elio, de su falta de hombría, de su desempeño lamentable en la cama.
Una risa despectiva salió de mí.
—¡Ja, ja, ja! ¡El heredero de los González es un precoz con un problema diminuto! ¡Mi hermana te engaña con tu propio guardaespaldas! ¡Serás la comidilla de toda Metrólis, el cornudo del año! ¡Desde ahora te llamaré Venado!
Elio balbuceó, su rostro un poema de incredulidad y furia.
—¡Eso no es verdad! ¡Quita ese video! ¡Miente! ¡Blanca, jamás pensé que fueras una perra asquerosa!
Blanca intentó acercarse a él, pero Elio la empujó con asco.
—¡Eres una perra asquerosa! ¡Maldita puta! ¡Arruinaré tu vida!
—Y dime, hermanita —dije, mi voz un susurro cargado de triunfo—, ¿te gustó mi regalo de cumpleaños? Espero que lo hayas disfrutado muchísimo.
Gael Díaz, el hermano de Gabriel, se acercó a mí, su rostro una máscara de indignación.
—Eres una mujer tan vil, tan desalmada. Todo este tiempo fingiste ante Gabriel y ocultaste tu verdadera naturaleza. Tu maldad no tiene límites. Haré que la familia Díaz te dé una lección.
—¡Perfecto! —respondí, con una sonrisa gélida—. Así que un miembro de los Díaz me amenaza. Dime, ¿esa llamada que tuviste hace días para cooperar con la diseñadora más famosa de París, la dueña de la casa de moda más importante del mundo, no leíste su nombre, verdad?
Gael buscó frenéticamente en sus documentos que tenía en el teléfono. Sus ojos se abrieron de par en par.
—¡No puede ser! ¡Tú eres esa diseñadora!
—Correcto —dije, con un asentimiento elegante—. Ahora que me acabas de amenazar, he decidido que no voy a cooperar contigo.
El abuelo de Gabriel, el patriarca de los Díaz, Don Julio, un hombre de inmensa influencia y gran crueldad, se acercó a mí, suplicante.
—Por favor, Adelfa... por la relación que tuviste con mi nieto, te pido que cooperes con nosotros.
—Con todo respeto, patriarca de los Díaz —respondí, mi voz cortante como el hielo—. Solo cooperaré si el negocio es con Leonel Díaz. Quiero que esta cooperación sea entregada a Leonel. De lo contrario, no habrá negocios.
Gabriel, que observaba desde lejos, empezó a temblar.
—¡No puedes hacerme esto! ¡Esa cooperación me pertenece!
Leonel, con una sonrisa de complacencia, me miró.
—Acepto con gusto, señorita Adelfa.
Mi abuelo, Don Rodrigo Sterling, intentó acercarse a mí, suplicando. Recordé cómo ese viejo había maltratado a mi verdadera madre, cómo había humillado a la Adelfa original. Mi rostro se mantuvo frío, sin emociones. Una sonrisa de burla se dibujó en mis labios.
—¡Pido disculpas a todos los invitados! —dije, con voz clara y potente—. Pero la fiesta debe terminar. Esta casa, con todos sus adornos, todas sus joyas, todo lo que hay dentro, le perteneció a mi madre. Tengo los documentos que acreditan que me pertenece a mí, y solo a mí. Quiero que los Sterling desalojen esta casa ahora mismo.
Mi padre se arrodilló ante mí, suplicando.
—¡Hija, por favor! Soy tu padre... no hagas esto. No puedes ser tan fría y desalmada. Estoy enfermo...
—Efectivamente, eres mi padre —respondí, con una frialdad que heló la sangre de todos—. Y de tus genes soy igual a ti: cruel y sin piedad. Así que vas a desalojar ahora mismo esta casa, con toda tu familia. ¿Que el viejito se muere? Pues qué tiene, ya ha vivido mucho tiempo, ¿no crees? ¡Fuera de aquí!
Ordené a mis hombres que arrojaran todas las pertenencias de los Sterling a la calle. Rosa, con lágrimas en los ojos, intentó aprovechar la situación para hacerme quedar mal, pidiéndome piedad para mi familia. La agarré del cabello, la tiré al suelo y pisé su cabeza con mi tacón, mientras mis hombres sostenían a Gabriel, que luchaba por liberarse.
—Mira, Gabriel —dije, mirando a Rosa, con una frialdad desalmada—. Para mí, Rosa no es nada. Odio a las ratas entrometidas. Las ratas deben permanecer ocultas en las alcantarillas. Pero tú, Rosa, eres una rata atrevida. Decidiste salir a esparcir tus gérmenes. ¡Y ahora pagas las consecuencias!
La humillé sin piedad, su rostro se contorsionó de dolor y vergüenza. Leonel se acercó a mí, sus ojos brillando con una fascinación oscura.
—Me has dado una diversión única, señorita Adelfa —dijo, su voz grave—. Es usted muy interesante. Supo ocultar muy bien su verdadera naturaleza.
Mi abuelo, al ver todo el caos, se desplomó, agarrándose el pecho. Todos murmuraban, susurros de horror y condena. «¡Qué mujer tan cruel!», «¡Es una psicópata!», «¡Ni siquiera le importa la salud de su abuelo!», «¡Esta mujer es completamente despiadada y cruel!».
Los ignoré. Hice que todos los invitados se fueran, y a los Sterling los eché a la calle sin piedad. La prensa, que ya se había agolpado a las puertas de la mansión, captó cada momento, cada lágrima, cada humillación. En cuestión de minutos, los Sterling eran tendencia en todas las redes sociales, el hazmerreír de Metrólis.
La Adelfa original era débil, pensé, mientras cerraba las puertas de la mansión, dejando a mi "familia" en la calle. Aunque la maltrataran, nunca les haría daño, porque eran "su familia". Pero yo no soy tan patética. No tengo piedad con mis enemigos, porque ellos nunca la tuvieron conmigo.
porfis no te olvides de actualizar, gracias y perdona el abuso y fastidio.
un abrazo 🤗
solo que le cambiaron el nombre😬🫣🤔🤔