Voran, un ser de inmortalidad y fuerza inconmensurable, ha evitado el amor por siglos, temiendo que su inmenso poder destruya todo lo frágil y bello.
Él,un vampiro milenario forjado en la soledad y el poder, creía que su corazón estaba tan frío como las montañas que lo ocultaban. Hasta que sus ojos cayeron sobre Ginia, una joven humana cuya pureza y bondad eran un bálsamo en su oscura existencia.
Él la observa desde las sombras, temiendo que su propia naturaleza la destruya, pero incapaz de mantenerse alejado.... Una tormenta los une en un encuentro predestinado, un vínculo inquebrantable comienza a forjarse. Pero el amor entre la luz y la oscuridad tiene un precio, y la intimidad puede ser un acto tan peligroso como la guerra. El miedo a dañarla se cierne sobre cada roce,cada mirada, cada anhelo de intimidad¿Podrá Voran superar su miedo a dañar a la mujer que ha despertado su alma? Cuando lo imposible suceda, ¿podrá Ginia soportar el peso de un amor que desafía la vida y la muerte!?
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Comienzo del viaje
El sol de la mañana se filtraba por la ventana de la cabaña de Ginia, pintando franjas doradas en el suelo de madera. Pero la paz de la luz matutina no lograba calmar la agitación en su pecho. La conversación con Linda del día anterior había encendido una chispa de esperanza, una posible vía para entender lo que sentía y lo que él era. La búsqueda de Itzel, la bruja ancestral, se había convertido en su nueva obsesión. Necesitaba respuestas. Necesitaba entender el vínculo que se había forjado, los sueños que la acechaban, el poder y el miedo en los ojos de Voran.
Linda llegó temprano, con una mochila al hombro y una mirada de preocupación velada en sus ojos chispeantes. “¿Estás segura de esto, Ginia? Las colinas del este no son un lugar amigable. Y si esta Itzel es tan antigua y poderosa como dicen las historias de mi abuela, podría ser peligrosa.”
Ginia terminó de atar su propia mochila, que contenía algunas provisiones y las hierbas secas que le servirían para pagarle a la bruja. “Estoy segura, Linda. No puedo quedarme aquí, ignorando lo que pasó. Siento que mi vida… mi vida ya no me pertenece del todo. Hay algo más grande, algo que me llama, y él… él es parte de ello.” Suspiró, con el ceño fruncido. “Y si no busco respuestas, me volveré loca".
Linda asintió, su preocupación mezclada con una lealtad inquebrantable. “De acuerdo. Pero iremos juntas. Dos cabezas piensan mejor que una, y dos pares de ojos ven más que uno. Y si lo que hay en esas colinas es tan peligroso como parece, prefiero que nos enfrentemos a ello juntas.” Su determinación era palpable. Era la mejor amiga que una podía desear.
Mientras Ginia y Linda se despedían de los pocos vecinos que veían temprano por la mañana, y se dirigían hacia el sendero que las llevaría fuera del pueblo, una sombra se deslizó entre los árboles que bordeaban el bosque. Voran había pasado la noche observando, sintiendo la agitación de Ginia, la decisión en su corazón. Había visto a Linda llegar, había escuchado fragmentos de su conversación, sus sentidos entrenados para captar cada vibración en el aire.
La idea de Ginia adentrándose en el vasto mundo, lejos de su protección inmediata, le provocaba una inquietud visceral. Las colinas del este. Conocía ese lugar. Un terreno salvaje, donde la magia se manifestaba de formas crudas y a veces oscuras. Era peligroso. Un lugar donde incluso él debía moverse con cautela.
Un gruñido bajo se formó en su pecho. Quería detenerla, encerrarla en su castillo, mantenerla a salvo de todo. Pero sabía que eso la destruiría. Ella era luz, era libertad, era la vida misma. Y él… él era la oscuridad que amenazaba con consumirla. Pero no podía simplemente dejarla ir sola. No podía.
Con una decisión tan fría como su piel, y tan ardiente como su nueva pasión, Voran decidió seguirla. Se movería en las sombras, un guardián invisible, un fantasma que velaría por ella sin que ella lo supiera. Sentía que se acercaba una nueva amenaza, no solo de los peligros intrínsecos de ese viaje, sino de algo más. La mirada del brujo Bastian de la noche anterior aún resonaba en su mente, un presagio de desafíos venideros. El hilo invisible que los unía a él y a Ginia se tensaba, estirándose, pero nunca rompiéndose, guiándolo inexorablemente hacia ella, hacia su destino compartido.