Todos lloraron cuando Isabella Morel murió. Todos… excepto su esposo. Alexander Vega, el hombre más poderoso y temido de la ciudad, permaneció inmóvil frente al ataúd de la mujer que juró amar para siempre. Sin lágrimas. Sin dolor. Sin explicaciones. Pero lo que nadie sabe… es que Isabella sobrevivió. Ahora, escondida bajo una nueva identidad, regresará para descubrir quién intentó matarla y por qué el hombre que aún ama parece ocultar secretos capaces de destruirlo todo. Porque detrás del imperio Vega hay mentiras, traiciones y una verdad tan peligrosa… que alguien estuvo dispuesto a enterrarla viva para mantenerla oculta. Y esta vez, Isabella no volverá como víctima. Volverá para hacerlos caer a todos.
NovelToon tiene autorización de Jonathanf para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
El hombre que debía estar muerto
Gabriel Morel no logró dormir.
Pasó toda la noche sentado en el sofá de su apartamento con la fotografía grabada en la cabeza como una maldición.
Isabella.
Viva.
Cada vez que intentaba convencerse de que había sido una confusión, su memoria regresaba al mismo instante.
El teléfono.
La imagen.
La fecha.
No había imaginado nada.
Y cuanto más pensaba en ello, más aterradora se volvía la pregunta que no dejaba de perseguirlo.
Si Isabella seguía viva…
¿por qué fingir su muerte?
A las tres de la madrugada abrió nuevamente el expediente del accidente sobre la mesa.
Fotografías.
Reportes policiales.
Declaraciones.
Todo parecía correcto.
Demasiado correcto.
Gabriel tomó una de las imágenes del automóvil destruido y la observó con atención.
El vehículo había quedado completamente destrozado contra la barrera de concreto de la autopista costera. Según el informe, el cuerpo de Isabella fue encontrado dentro del automóvil, parcialmente calcinado después de la explosión.
Pero ahora algo comenzó a incomodarlo.
No había fotografías claras del cadáver.
Ni una sola.
Eso no le había parecido extraño antes porque Alexander manejó absolutamente todo desde el principio.
El funeral.
Los documentos.
La seguridad.
Incluso convenció a la policía de mantener el ataúd cerrado “por respeto”.
Gabriel sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo.
¿Y si nunca fue Isabella quien estaba dentro del auto?
El sonido del teléfono vibrando sobre la mesa lo hizo reaccionar.
Número desconocido.
Gabriel dudó unos segundos antes de contestar.
—¿Sí?
Silencio.
Luego, una respiración lenta al otro lado de la línea.
Y finalmente, una voz masculina.
—Deja de investigar.
Gabriel se puso de pie inmediatamente.
—¿Quién demonios habla?
—Si quieres seguir vivo… olvida lo que viste ayer.
La llamada se cortó.
Gabriel miró el teléfono con la respiración acelerada.
No era casualidad.
Alguien sabía que había visto la fotografía.
Y eso significaba que lo estaban vigilando.
A varios kilómetros de allí, Alexander Vega observaba la ciudad desde el ventanal de su oficina privada en el último piso del edificio Vega Group.
La tormenta de la noche anterior había desaparecido, pero el cielo seguía gris.
Pesado.
Exactamente igual que el ambiente dentro de la oficina.
Nadie hablaba.
Ni los asistentes.
Ni los guardaespaldas.
Ni siquiera Emma Sinclair, que permanecía sentada frente al escritorio revisando documentos sin realmente leerlos.
Alexander llevaba varios minutos en silencio absoluto.
Eso jamás era buena señal.
Emma finalmente levantó la vista.
—Los medios siguen afuera.
Alexander no respondió.
—También comenzaron los rumores en internet.
Silencio.
Emma dejó lentamente la carpeta sobre la mesa.
—Alexander… esto se está saliendo de control.
Él giró apenas el rostro hacia ella.
Su mirada era tan fría que Emma sintió tensión inmediata en el pecho.
—¿Qué sabes exactamente? —preguntó él.
Emma frunció el ceño.
—¿Sobre qué?
—Gabriel.
El nombre bastó para alterar el ambiente.
Emma tragó saliva.
—No entiendo la pregunta.
Alexander caminó lentamente hacia el escritorio.
Elegante.
Controlado.
Peligrosamente tranquilo.
Y eso siempre era peor.
—Mi cuñado vio algo ayer —dijo con voz baja—. Quiero saber si fuiste tú quien cometió el error.
Emma abrió los ojos.
—¿Crees que yo tendría algo que ver con eso?
—Estoy haciendo una pregunta.
Emma sintió rabia mezclarse con nerviosismo.
—He estado cubriendo tus problemas durante años, Alexander. No me hables como si fuera una enemiga.
Alexander se detuvo frente a ella.
Demasiado cerca.
—El problema es que ya no sé quién está de mi lado.
Emma sostuvo la mirada unos segundos.
Pero terminó desviándola.
Y él lo notó.
Siempre lo notaba todo.
—¿Dónde está Dante Russo? —preguntó Emma intentando cambiar el tema.
Alexander permaneció inmóvil.
Eso fue suficiente respuesta.
Emma sintió un vacío horrible en el estómago.
—No… —susurró—. Dime que no la llevaste con él.
Alexander no respondió.
Emma se levantó abruptamente de la silla.
—¡¿En qué estabas pensando?!
La expresión de Alexander se endureció inmediatamente.
—Baja la voz.
—¡Dante está loco!
—Dante es eficiente.
—Dante mata personas.
El silencio cayó violentamente dentro de la oficina.
Emma respiró agitada mientras intentaba controlar el miedo que comenzaba a reflejarse demasiado en su rostro.
Alexander se acercó lentamente.
—Y precisamente por eso nadie buscará a Isabella allí.
Emma dejó de respirar por un segundo.
Porque escuchar el nombre de Isabella dicho tan tranquilamente… hacía que todo se sintiera todavía más perturbador.
—Esto no puede seguir así —murmuró ella—. Tarde o temprano Gabriel descubrirá la verdad.
Alexander apretó la mandíbula.
—Gabriel no sabe nada.
Emma soltó una risa nerviosa.
—¿De verdad crees eso?
Por primera vez, Alexander perdió ligeramente el control.
Golpeó el escritorio con tanta fuerza que Emma se sobresaltó.
—¡No entiendes lo que está en juego!
El silencio posterior fue brutal.
Emma lo observó inmóvil.
Y entonces ocurrió algo extraño.
Algo que jamás había visto en Alexander Vega.
Desesperación.
Duró apenas un segundo.
Pero estaba ahí.
Y eso la aterró más que cualquier grito.
Porque Alexander nunca perdía el control.
Nunca.
La habitación permanecía oscura.
Las cortinas cerradas impedían que la luz del exterior entrara completamente, dejando el lugar sumido en una penumbra silenciosa.
Isabella despertó lentamente.
La cabeza le dolía.
Otra vez.
Sentía el cuerpo pesado y la mente confundida, como si sus recuerdos estuvieran atrapados detrás de una pared imposible de atravesar.
Giró ligeramente el rostro.
Dante Russo estaba sentado cerca de la ventana observándola en silencio.
Vestido completamente de negro.
Como siempre.
—¿Cuánto tiempo dormí? —preguntó Isabella con voz débil.
—Casi doce horas.
Ella cerró los ojos lentamente.
Doce horas.
Todo comenzaba a sentirse irreal.
El funeral.
La lluvia.
La transmisión que Dante le permitió escuchar.
Y Alexander.
Ni siquiera lloró.
Ese pensamiento volvió a dolerle más de lo que esperaba.
Dante se puso de pie lentamente.
—Necesitas comer.
—No tengo hambre.
—No fue una sugerencia.
Isabella levantó la mirada hacia él.
Dante era extraño.
Nunca levantaba la voz.
Nunca parecía nervioso.
Y precisamente por eso resultaba tan intimidante.
Había algo oscuro detrás de aquella calma.
—¿Por qué me ayudas? —preguntó ella finalmente.
Dante se quedó inmóvil unos segundos.
Luego tomó un vaso de agua y lo colocó frente a ella.
—Porque todavía eres útil.
La respuesta le provocó un escalofrío inmediato.
—¿Útil para qué?
Dante la observó directamente.
Y por primera vez desde que despertó en aquella casa… Isabella sintió miedo real de él.
—Hay personas que creen que moriste.
Ella tragó saliva.
—Y eso es exactamente lo que debe seguir pareciendo.
Isabella apartó la mirada.
Todo dentro de ella comenzaba a romperse lentamente.
—Quiero ver a mi hermano.
—No.
—Necesito hablar con Gabriel.
—No.
Esta vez Dante sonrió apenas.
Pero no fue una sonrisa amable.
Fue peor.
—Todavía no entiendes lo peligrosa que es tu situación.
Isabella sintió cómo el corazón comenzaba a acelerarse.
—¿Alexander quiere matarme?
Dante guardó silencio.
Y ese silencio dolió más que cualquier respuesta.
Las lágrimas comenzaron a acumularse lentamente en los ojos de Isabella.
—Yo lo amaba…
Dante desvió la mirada hacia la ventana.
—Ese es exactamente tu problema.
La puerta de la habitación vibró repentinamente cuando alguien golpeó desde afuera.
Tres golpes secos.
Dante frunció el ceño inmediatamente.
Eso no era normal.
Muy pocas personas conocían aquella ubicación.
Isabella notó el cambio instantáneo en su expresión.
—¿Qué ocurre?
Dante no respondió.
Otro golpe.
Más fuerte esta vez.
Y luego una voz masculina desde el otro lado.
—Abre la puerta, Russo.
El rostro de Dante cambió completamente.
Frío.
Peligroso.
Isabella sintió miedo inmediatamente.
—¿Quién es?
Dante caminó lentamente hacia un cajón cercano y sacó una pistola negra.
El corazón de Isabella se detuvo.
—Dante…
—Escúchame con atención —dijo él sin mirarla—. Pase lo que pase, no salgas de esta habitación.
Otro golpe estremeció la puerta.
—¡Sé que estás ahí! —gritó la voz masculina.
Isabella sintió que las manos comenzaban a temblarle.
Porque reconocía esa voz.
Y lo que estaba a punto de entender…
hizo que el aire desapareciera de sus pulmones.
Era imposible.
Completamente imposible.
Porque el hombre que acababa de llegar a aquella casa…
debía estar muerto.