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La Falsa Prometida Del Heredero

La Falsa Prometida Del Heredero

Status: En proceso
Genre:Secretos de la alta sociedad / Escuela / Romance
Popularitas:556
Nilai: 5
nombre de autor: Tao P

Marian Soler solo quería conservar su beca en Aurum Academy y conseguir el tratamiento que su hermana menor necesitaba. Pero una noche escucha una conversación que no debía: Demian Valcárcel, el heredero más poderoso de la universidad, está atrapado en un compromiso impuesto con Isabell Santoro.

Cuando Demian descubre la situación de Marian, le ofrece un trato imposible de rechazar: fingir ser su prometida durante seis meses a cambio de dinero, protección y acceso médico para su hermana.

Ella acepta por necesidad. Él la elige por conveniencia.

Pero en Aurum nada es gratis. Entre rumores, fiestas de élite, secretos familiares y una prometida dispuesta a destruirla, Marian tendrá que decidir si puede sobrevivir al mundo de Demian sin perderse a sí misma… ni caer por el heredero que juró no amar.

NovelToon tiene autorización de Tao P para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 11 — Fundación Valcárcel

A las tres de la tarde salió de Aureum y tomó dos transportes hasta el Hospital Santa Regina.

El edificio blanco se levantaba en una avenida amplia, con ventanales azulados y una entrada de urgencias donde el movimiento nunca se detenía. Para muchas personas, un hospital era un lugar de paso. Para Marian, se había convertido en una segunda casa con olor a desinfectante y miedo contenido.

Subió al cuarto piso.

Su madre estaba sentada en una banca, con el bolso sobre las piernas y las manos juntas. Se veía más pequeña que en la mañana. Más cansada. Cuando vio a Marian, intentó sonreír.

—No tenías que venir corriendo.

—Sí tenía.

Marian se sentó a su lado.

—¿Cómo está?

—Durmió un rato. Preguntó por ti.

—¿Le dijiste lo del pago?

Su madre negó rápido.

—No. ¿Para qué preocuparla?

Marian asintió, aunque sintió una punzada.

En esa familia todos mentían para proteger a alguien.

Lía mentía cuando decía que no le dolía.

Su madre mentía cuando decía que no estaba cansada.

Marian mentía cuando decía que iba a resolverlo.

—Voy a hablar en caja —dijo.

Su madre la tomó de la muñeca.

—Hija…

Marian miró esa mano. Los dedos de su madre estaban ásperos de trabajo, con pequeñas grietas en la piel.

—Voy a intentar pedir una extensión.

—Ya pedimos dos.

—Entonces pediré una tercera.

—No sé si nos la den.

Marian levantó la vista.

—Tienen que hacerlo.

Pero sabía que no.

En caja, una mujer de cabello recogido revisó el expediente en pantalla con gesto amable y mecánico. Marian explicó. Pidió. Negoció. Mencionó que era estudiante becada. Que habría un posible depósito la semana siguiente. Que no estaban negándose a pagar, solo necesitaban tiempo.

La mujer escuchó con paciencia.

Eso fue casi peor.

—Entiendo la situación, señorita Soler —dijo al final—, pero el ajuste del tratamiento requiere autorización de continuidad. Sin el pago pendiente, el sistema no permite liberar la siguiente fase.

—¿No permite o no quieren?

La mujer apretó los labios.

—No depende de mí.

—Mi hermana no es una factura.

—Lo sé.

—Entonces ayúdeme.

La frase salió más cerca de una súplica de lo que Marian habría querido.

La mujer bajó la mirada a la pantalla.

—Puedo registrar una nota de solicitud, pero no garantiza nada.

—¿Cuándo responden?

—Puede tardar veinticuatro o cuarenta y ocho horas.

Marian sintió que se le cerraba la garganta.

—Nos dijeron que necesitaban la autorización hoy.

—Sí.

El silencio que siguió fue insoportable.

Marian quiso gritar.

No a la mujer.

Al sistema.

A las pantallas.

A las palabras limpias que convertían una vida en autorización pendiente.

—¿Cuánto tendríamos que pagar para liberar la fase? —preguntó, aunque ya lo sabía.

La mujer le dijo la cifra.

La misma de la llamada.

Marian miró el recibo impreso que le entregaron. Los números se alineaban perfectos, indiferentes, negros sobre blanco.

Como si la desesperación pudiera archivarse con buena tipografía.

Regresó al cuarto piso despacio.

No quería que su madre leyera la respuesta en su cara antes de que pudiera recomponerse. Se detuvo en el baño, abrió el grifo y se mojó las manos. Se miró en el espejo.

Tenía los ojos rojos, pero secos.

Bien.

Todavía podía entrar.

Todavía podía sonreírle a Lía.

Cuando abrió la puerta de la habitación, Lía estaba despierta.

Tenía quince años, aunque algunas mañanas parecía menor y otras, demasiado mayor. El cabello oscuro le caía suelto sobre la almohada, y llevaba una sudadera amarilla que Marian le había comprado en oferta porque Lía decía que los hospitales ya eran demasiado blancos como para vestirse también de fantasma.

—Llegaste —dijo Lía.

Marian sonrió.

Esa sonrisa sí le dolió.

—Claro que llegué.

Se acercó a la cama y le acomodó la manta.

—Mamá dijo que estuviste en una gala —dijo Lía, con los ojos brillando de curiosidad—. ¿Había vestidos bonitos?

—Muchos.

—¿De princesa?

—De princesa con tarjeta ilimitada.

Lía soltó una risa suave que terminó en una pequeña tos. Marian se tensó, pero su hermana levantó una mano.

—Estoy bien.

—No dije nada.

—Lo pensaste con cara de enfermera mandona.

—No soy enfermera.

—Peor. Eres hermana mayor.

Marian le tocó la frente con los dedos.

—¿Cómo te sientes?

Lía hizo una mueca.

—Normal. O sea, normal de aquí. Aburrida. Cansada. Con ganas de papas.

—No puedes comer papas.

—Por eso tengo ganas.

Marian rio bajito.

Por unos minutos, el mundo se volvió soportable.

Lía le contó que una enfermera nueva le había puesto mal el nombre en una etiqueta y que ahora quería hacerse llamar “Lía Soler de la Torre” porque sonaba elegante. Le preguntó si en Aureum todos hablaban como en las series de ricos. Marian le respondió que algunos sí, y que otros hablaban peor, solo que con ropa más cara.

Lía se rio otra vez.

Luego la miró con atención.

Demasiada atención.

—¿Pasó algo?

Marian sintió que el cuerpo se le endurecía.

—No.

—Mientes horrible.

—Y tú exageras horrible.

—Marian.

Esa forma de decir su nombre no tenía nada que ver con Demian.

En boca de Lía, su nombre no era control.

Era casa.

Marian tragó saliva.

—Solo estoy cansada.

—¿Por mí?

La pregunta la atravesó.

—No digas eso.

—Pero es verdad.

—No.

Lía apartó la mirada hacia la ventana. Afuera, el cielo empezaba a tomar un tono anaranjado.

—A veces escucho a mamá llorar en el pasillo.

Marian sintió que algo se le rompía un poco.

—Lía…

—Y a veces tú sonríes como si te doliera la cara.

Marian se sentó en el borde de la cama.

—Estoy bien.

—No tienes que estar bien todo el tiempo.

La frase, dicha por su hermana menor desde una cama de hospital, fue demasiado.

Marian tomó su mano.

Era delgada, tibia, real.

No una cláusula.

No una debilidad.

No una pieza.

Lía la apretó con poca fuerza.

—Cuando salga de aquí, voy a trabajar —dijo—. Aunque sea vendiendo pulseras feas.

Marian soltó una risa temblorosa.

—Tus pulseras son horribles.

—Pero tienen personalidad.

—Tienen nudos mal hechos.

—Arte abstracto.

Marian inclinó la cabeza hasta apoyar la frente en la mano de Lía.

Por un instante, cerró los ojos.

Y en la oscuridad apareció la carpeta de Demian.

El contrato.

Seis meses.

Cobertura médica.

Protección académica.

Compensación mensual.

La palabra no volvió como tentación.

Volvió como culpa.

Cuando salió de la habitación, su madre estaba hablando por teléfono al final del pasillo. Marian la escuchó decir:

—No, hermana, cualquier cantidad ayuda… sí, sé que ya nos prestaste… no, no quiero presionarte.

Marian siguió caminando hasta las escaleras de emergencia.

Entró.

Cerró la puerta.

Y ahí, por primera vez en el día, se permitió doblarse un poco.

No lloró con ruido.

Solo se cubrió la boca con una mano y respiró como pudo mientras el recibo del hospital se arrugaba entre sus dedos.

El celular vibró.

Por un segundo pensó que sería Demian.

No lo era.

Era un correo de Aureum.

Actualización de expediente: Su revisión administrativa permanecerá abierta hasta nuevo aviso. Durante este periodo, cualquier incumplimiento académico, disciplinario o contractual podrá afectar la continuidad de su beca.

Marian leyó el mensaje una vez.

Dos.

Tres.

Luego abrió el contacto desconocido desde el que Demian le había escrito antes.

Sus dedos se quedaron sobre el teclado.

No podía.

No debía.

Escribió:

No voy a aceptar.

Lo borró.

Escribió:

Necesito más tiempo.

Lo borró también.

Finalmente guardó el celular sin enviar nada.

No.

Todavía no.

Bajó por las escaleras, salió del hospital y caminó hasta la parada. El aire de la tarde estaba cargado de humedad. Los autos pasaban rápido, levantando reflejos sobre el asfalto. Marian tenía la sensación de estar caminando dentro de una vida que se estaba cerrando por todos lados.

Llegó a casa casi de noche.

El departamento era pequeño, con paredes claras, una mesa de comedor de madera gastada y una cocina donde siempre había algo remendado, reutilizado o guardado “por si sirve”.

Marian dejó el bolso en una silla y se quitó los zapatos.

Su madre aún no volvía del hospital.

Marian se sentó frente a la mesa, sacó una libreta y empezó a hacer cuentas.

Otra vez.

Ingresos.

Deudas.

Gastos.

Posibles préstamos.

Todo lo que escribía terminaba en un número imposible.

A las nueve y media, recibió una llamada del hospital.

Contestó de inmediato.

—¿Sí?

—¿Señorita Marian Soler?

—Ella habla.

—Le llamamos del área administrativa del Hospital Santa Regina para informarle que el pago pendiente asociado al expediente de la paciente Lía Soler ha sido regularizado.

Marian se quedó inmóvil.

—¿Qué?

—El pago fue cubierto en su totalidad esta tarde. Además, se ha autorizado la continuidad del ajuste terapéutico según indicación médica.

La libreta se le resbaló de los dedos.

—No, debe haber un error.

—No, señorita. El sistema ya refleja la cobertura.

—¿Quién pagó?

Hubo una pausa breve al otro lado.

—Figura como cobertura externa canalizada a través de Fundación Valcárcel.

Marian sintió que el aire desaparecía.

La cocina pequeña, la mesa gastada, la libreta abierta, todo pareció alejarse.

—¿Fundación Valcárcel? —repitió.

—Así es. ¿Desea que le enviemos el comprobante al correo registrado?

Marian no respondió de inmediato.

Tenía la mirada fija en los números que había escrito a mano.

Números inútiles ahora.

Números vencidos por un apellido.

—Sí —dijo al fin, con la voz hueca—. Envíelo.

Colgó.

Durante unos segundos no se movió.

Luego abrió el correo.

El comprobante llegó casi al instante.

Allí estaba.

El nombre de Lía.

El monto cubierto.

La autorización liberada.

La entidad responsable.

Fundación Valcárcel.

Marian sintió ganas de vomitar.

De alivio.

De rabia.

De miedo.

Todo al mismo tiempo.

El celular vibró con un mensaje nuevo.

Número desconocido.

No firmaste nada. Todavía.

Marian leyó la frase con el pulso golpeándole en la garganta.

Un segundo mensaje llegó después.

Ahora entiendes lo que puedo mover.

Marian apretó el teléfono con tanta fuerza que le dolieron los dedos.

Y por primera vez desde que había conocido a Demian Valcárcel, no supo qué la asustaba más:

que hubiera pagado sin pedir permiso…

o que una parte rota de ella hubiera sentido alivio antes que indignación.

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tinkher
por qué me tengo que enganchar por los puntos 😭🤣
tinkher
valimos puntos
Tao: Muchas gracias por leer 🥹✨ Me alegra mucho que hayas llegado hasta este capítulo. Se vienen más problemas para Marian y Demian.
total 1 replies
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