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En Busca De Tu Alma

En Busca De Tu Alma

Status: Terminada
Genre:Romance / Mundo mágico / Fantasía LGBT / Completas
Popularitas:351
Nilai: 5
nombre de autor: Skay P.

✅️🦋El Capitán Lin junto a Ettore y Marco, emprenden un viaje lleno de aventuras para recuperar el alma del hechicero Norman. Es la continuación de "El Despertar Del Príncipe".🦋✅️

NovelToon tiene autorización de Skay P. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Que la Luz bendiga nuestra alianza

El olor a vinagre, grasa animal y sudor rancio llenaba cada rincón de la enfermería del palacio de Yalnizlik. Las camas de madera tosca estaban alineadas contra las paredes de piedra gris, cubiertas por sábanas grises manchadas de fluidos viejos. En la esquina más alejada, cerca de un ventanal estrecho que dejaba entrar el aire gélido de la noche, el Príncipe Drilon descansaba.

Su brazo derecho, aquel que el acero limpio del Capitán Lin había desgarrado en las pasarelas de madera, ya no existía. Los sanadores del palacio lo habían cortado desde el hombro para intentar detener una infección, dejando un muñón ennegrecido cubierto de vendas sucias. Drilon respiraba con dificultad, su rostro pálido brillando por una fiebre alta que le nublaba la conciencia.

La puerta de madera de la enfermería se abrió sin hacer ruido. El Príncipe Saevus entró en la estancia, moviéndose como una hiena en medio de la penumbra. Su armadura de hierro negro no hacía ruido; la había aceitado minuciosamente antes de bajar de los cuarteles. En su mano derecha sostenía un pequeño frasco de vidrio oscuro que contenía el elixir puro del hongo de risco, el veneno corrosivo que Val le había entregado en el pasillo.

Saevus se acercó al lecho de su hermano mayor, mirándolo con unos ojos oscuros que solo destilaban una envidia podrida que el tiempo no había curado.

—Siempre te creíste el heredero perfecto, Drilon —susurró Saevus, y su voz fue un crujido sordo en el silencio de la sala—. Siempre pensaste que tus túnicas te harían inmune a la debilidad. Pero mira dónde estás ahora… convertido en un trozo de carne inútil que apenas puede respirar.

Drilon parpadeó, abriendo los ojos de par en par en medio del delirio de la fiebre. Al ver el rostro brutal de su hermano Saevus inclinado sobre él, intentó gritar, intentó levantar su brazo izquierdo para defenderse, pero su cuerpo no respondió. Estaba completamente paralizado por el cansancio de la amputación.

—¿S-Saevus…? —logró decir Drilon en un silbido de aire—. ¿Qué… qué haces aquí? Llama a… los sanadores…

—Los sanadores están durmiendo en los cuarteles inferiores, hermano —respondió Saevus, mostrando una sonrisa cruel que deformó sus facciones de soldado—. Y no van a volver a despertarse para atender tus quejas. El Consejero Val dice que un bastardo menos hará que el trono de hierro sea más fácil de limpiar.

Sin un solo gramo de piedad, Saevus tomó a Drilon por el cabello castaño y le echó la cabeza hacia atrás, obligándolo a abrir la boca. El príncipe herido intentó morder sus dedos, pero Saevus fue más rápido y vació el contenido entero del frasco de vidrio en su garganta.

El veneno del hongo de risco fue una tortura instantánea. Drilon se arqueó de golpe, con los ojos inyectados en sangre brotando de sus órbitas por el dolor absoluto. El veneno le quemaba las entrañas por dentro, disolviendo el tejido de sus pulmones como si fuera agua hirviendo sobre hielo. Quería gritar, quería pedir clemencia a los dioses, pero de su boca solo salía una espuma grisácea y fétida que le manchaba las sábanas.

Saevus no se apartó. Dejó el frasco a un lado y, para asegurarse de que el trabajo quedara completo, tomó una de las almohadas sucias de la cama y la descargó con toda su fuerza sobre el rostro de Drilon. Se subió encima de la cama, hincando las rodillas de su armadura pesada sobre el pecho herido de su hermano, aplastando los restos de sus costillas rotas mientras presionaba la tela contra su boca.

—Muérete de una vez, Drilon —rugió Saevus, con el sudor corriéndole por la frente—. Muérete y déjame el mando de tus soldados.

El cuerpo de Drilon se retorció en espasmos violentos durante dos minutos eternos. Sus botas blindadas golpeaban las maderas de la cama con un ritmo desesperado, intentando zafarse del peso de su verdugo, pero Saevus no aflojó el agarre ni un solo milímetro. Mantuvo la presión, sintiendo cómo los latidos del corazón de su hermano se volvían más lentos, más débiles, hasta que finalmente el último espasmo sacudió el cuerpo de su hermano.

El príncipe herido dejó de respirar de golpe. Su mano izquierda cayó pesadamente sobre la tierra del suelo, inmóvil. Saevus levantó la almohada lentamente, confirmando que los ojos azules de su hermano estaban fijos en la nada, vidriosos por la muerte. El asesinato silencioso se había cobrado su víctima en la enfermería del palacio.

Mientras Saevus limpiaba el sudor de su rostro, la puerta trasera que conectaba con los aposentos privados del harén se abrió. El Consejero Val entró en la estancia, vistiendo su túnica de blanca inmaculada, pero sus manos estaban cubiertas de manchas rojas de una crueldad reciente.

Val venía de una de las celdas de bajo rango, donde acababa de cometer lo imperdonable. El traidor de la Orden de la Luz miró el cadáver de Drilon en la cama y asintió con una satisfacción enferma, pero luego se giró hacia Saevus con una mirada que goteaba veneno.

—El tablero del trono está limpio de tu lado, Saevus —dijo Val con su voz sibilina de serpiente—. Pero ahora tengo un pequeño inconveniente que debes resolver para mí. La concubina de la celda del rincón… esa perra ha dejado de respirar. Intentó arañarme la cara con sus uñas sucias mientras le enseñaba lo que significa la verdadera obediencia, y tuve que cortarle el aliento con mis propias manos.

Val se acercó a Saevus, tomándolo del hombro con sus dedos largos y amarillentos.

—Quiero que tomes su cuerpo ahora mismo, Saevus. Envuelve a la mujer en una manta vieja de los establos y arrójala al pozo del jardín, justo al lado de donde encontramos a tu hermano menor. Si tu padre pregunta por ella, dile que se escapó con el grupo del príncipe Vetmi a través de las alcantarillas. Erke está demasiado ocupado con su vino como para notar que le falta una pieza en su colección.

Saevus apretó los dientes, sintiendo el asco por el hombre de la túnica blanca, pero la ambición por el trono y el miedo a los chantajes del cónclave lo obligaron a obedecer.

—Se hará como pides, consejero. Tomaré el cadáver de la concubina y borraré el rastro antes de que los guardias de la mañana inicien el turno.

Val sonrió, dándole un pequeño golpe cariñoso en la mejilla limpia al príncipe asesino.

—Excelente. Eres un buen hijo, Saevus. Mucho más útil que ese bastardo de Vetmi que ahora corre por las rocas del sur. Deshazte del lodo, y que la Luz bendiga nuestra alianza.

La colmena de víboras de Yalnizlik se alimentaba de su propia sangre, un territorio donde las concubinas eran descartadas como basura y los príncipes morían en sus propias camas bajo el consejo de los monstruos de la iglesia.

El amanecer rompió en los límites de la meseta profunda, tiñendo el cielo con un color dorado pálido que iluminaba la entrada de la cueva del ermitaño Toivo. El viento del sur soplaba, arrastrando el polvo seco lejos del refugio.

Lin, Ettore, Marcos y el joven príncipe Vetmi estaban listos frente a la entrada de madera. Sus túnicas de tejedor seguían puestas, pero sus mochilas ya cargaban los elixires de Alma y las raciones que el viejo les había preparado. Toivo se acercó a Lin, extendiendo un trozo de pergamino antiguo, grabado con líneas finas de tinta roja y estrellas de cuarzo.

—Aquí está el mapa de los Hechiceros del Sol, capitán Lin —dijo Toivo, y su voz rasposa resonó con una solemnidad real —. Este mapa muestra los senderos ciegos, los caminos ocultos que la Guardia de Hierro nunca ha podido registrar porque están protegidos por la energía de la misma tierra. Sigan la línea de las rocas blancas. Esquivarán el cerco que Armoton está montando en las fronteras y llegarán al Oasis Seco antes de tres días.

Lin tomó el pergamino con un respeto profundo, sintiendo cómo la marca dorada de su palma derecha vibraba con un calor dulce.

—Gracias, Toivo. Tu ayuda nos ha dado un camino en medio de esta tormenta. No voy a olvidar lo que has hecho por nuestra misión.

Toivo le sonrió con una ternura cansada, palmeando la mano del soldado.

—Vayan en paz, guardias del norte. Salven al hechicero de luz, y traigan la primavera de regreso a este continente. Mi tiempo de exilio ha terminado, y mi deber con el equilibrio ya está cumplido.

El grupo montó los caballos que Vetmi y Marcos habían asegurado tras el combate en el desfiladero y emprendieron la marcha a paso rápido, desapareciendo entre las dunas de piedra de la meseta profunda.

Toivo se mantuvo en la entrada de la cueva, observando la nube de polvo de las monturas alejarse hacia el horizonte del sur hasta que el perfil de las capas se desvaneció por completo. Cuando se aseguró de que no quedaba nadie en leguas a la redonda, el anciano ermitaño dejó escapar una sonrisa de pura sabiduría mística. Su rostro andrajoso y su barba canosa parecieron brillar con una luz dorada idéntica a la de los Hechiceros del Sol.

Toivo levantó su mano derecha y, con una elegancia que desafiaba a los años de exilio, dio un chasquido de dedos seco en medio del aire helado.

El milagro fue instantáneo y absoluto.

Un resplandor blanco y templado envolvió el lugar. Con el sonido de un susurro de viento, todo desapareció en un parpadeo. La cueva, las paredes de adobe de la entrada, el jardín de raíces secas, las vasijas de barro rotas y el mismo Toivo se disolvieron en el aire como si nunca hubieran existido. En su lugar, solo quedó una colina de piedra gris y tierra seca, idéntica a cualquier otra loma del desierto de Yalnizlik. El viejo ermitaño resultó ser un hechicero sumamente poderoso, un guardián eterno que había usado su magia para ocultarse del mundo y que acababa de borrar su rastro tras haber cumplido su misión de guiar al caballero de la luz hacia su destino.

A una jornada de camino de allí, en un campamento militar montado a las puertas del desfiladero del sur, el General Armoton estaba de pie frente a su inmensa tienda de campaña negra. Tenía la maza de espinas de hierro apoyada contra una roca, y sus ojos gélidos miraban fijamente a un mensajero que acababa de llegar en un caballo exhausto que echaba espuma por la boca.

El soldado hizo un saludo militar apresurado, cayendo de rodillas sobre la arena con un pergamino destruido entre las manos.

—¡General Armoton! ¡Traigo informes de la frontera del norte! —exclamó el soldado con la voz quebrada por el cansancio—. ¡La emboscada en la Garganta del Cuervo ha sido completamente arruinada!

Armoton se tensó de golpe, su figura descomunal proyectando una sombra de terror sobre el campamento. Tomó el pergamino con un movimiento brusco.

—¿De qué estás hablando? ¿Cómo que falló? Tenían a doce hombres de la Guardia de Hierro vigilando ese paso estrecho.

—¡Están todos muertos, mi señor! —delató el mensajero, temblando—. Encontramos el lugar esta mañana. Los doce guardias y el capitán herido fueron ejecutados con una precisión asesina. El desfiladero está destruido por una avalancha de rocas que alguien desató desde las alturas para aplastar a la caballería ligera. No quedó ni un solo acero en pie. El príncipe Vetmi y los extranjeros pasaron por encima de ellos como si fueran fantasmas.

Armoton soltó un rugido de furia brutal que hizo que los caballos del campamento relincharan de terror. Descargó su maza de espinas contra una roca inmensa del suelo, partiéndola en mil pedazos de un solo golpe. El lodo y el polvo saltaron por los aires mientras el Verdugo apretaba los dientes con una mirada asesina.

—¡¡MALDITOS SEAN!! —rugió Armoton, con la voz resonando en todo el desfiladero—. ¡¡Lin y sus hombres me están jugando el juego del sigilo en mi propia tierra!! ¡No son simples soldados! ¡Son demonios del norte! ¡Aceleren la marcha! ¡No me importa si tengo que quemar cada oasis de este desierto, voy a encontrar sus huellas y los voy a triturar con mi propio hierro!

El general de la maza ya no buscaba fugitivos comunes; ahora marchaba con la rabia de un guerrero que había sido humillado en sus propias fronteras.

Días después, en medio de la meseta profunda, el calor del mediodía caía como un peso de plomo sobre el Oasis Seco. El lugar era un refugio humilde de rocas blancas que rodeaban una pequeña pileta de agua salobre y tres palmeras marchitas que apenas daban sombra. Las cuatro monturas, descansaban en la orilla, bebiendo el agua limpia que Marcos había filtrado con las plantas medicinales de Alma. Esos eran los caballos que seguían sosteniendo su marcha, los mismos animales de la alianza que los habían salvado de la carnicería de la Garganta y que les permitían avanzar a una velocidad que Armoton no podía predecir.

En el centro del oasis, Lin y Marcos habían desenvainado sus aceros de campaña. El joven príncipe Vetmi estaba frente a ellos, sosteniendo la pequeña espada de repuesto que Lin le había asignado. Sus manos temblaban un poco por el esfuerzo y el sudor le corría por las mejillas, pero sus ojos reflejaban una determinación inquebrantable. El primer entrenamiento de la Guardia de la Penumbra había comenzado.

—El acero no es una herramienta para golpear con rabia, Vetmi —explicó Lin, su voz profunda resonando con la paciencia de un instructor militar—. El acero es una extensión de tu propio brazo. Si atacas con los hombros tensos, perderás el equilibrio antes de que tu filo toque la armadura del enemigo. Baja la cadera, flexiona las rodillas y mantén la mirada fija en mis ojos, no en mi espada.

Vetmi asintió, apretando los dientes, y adoptó la postura de defensa. Dio un paso al frente y lanzó una estocada horizontal hacia el pecho de Lin. El capitán bloqueó el golpe con un movimiento perezoso de su muñeca, el metal chocando con un sonido limpio que ahuyentó a los pocos cuervos del oasis.

—Mejor, príncipe —asentó Marcos desde el flanco, vigilando el perímetro con su machete pesado—. Tienes la fuerza en los brazos, pero estás descuidando el pie izquierdo. Si un guardia de hierro se agacha bajo tu tajo, te usará el gancho de su pica para tirarte al lodo antes de que puedas recuperar la guardia. Repite el movimiento.

Vetmi retrocedió, respirando hondo, y volvió a levantar el acero con una fijeza que conmovió al capitán. Recordó la pureza del viaje que Sam y Norman habían iniciado, y entendió que entrenar a ese chico era la forma más real de mantener viva la misión.

—¡Aquí voy, capitán! —gritó Vetmi, lanzándose en un ataque rápido.

Ettore observaba la escena desde la sombra de una palmera, con su ballesta pesada apoyada en las rodillas y su sonrisa iluminando su rostro manchado de polvo.

—Vaya con el príncipe… Si sigue practicando así, tendremos que comprarle un escudo de bronce en la próxima frontera, Lin. Al menos ya no parece un ratón asustado de palacio.

Lin sonrió de lado, bloqueando el tercer tajo de Vetmi con un movimiento preciso que dejó al chico jadeando pero con una sonrisa de puro triunfo en los labios.

—Tiene el pulso frío, Ettore. Será un buen guerrero para el Reino de la Penumbra.

La travesía por el alma de Norman seguía su curso en el sur. Val podía seguir tejiendo sus mentiras en el palacio de piedra gris, Saevus podía matar a sus hermanos en la oscuridad y Armoton podía rugir con su maza en los desfiladeros; pero las tres capas grises, junto al príncipe Vetmi y cabalgando, avanzaban con un mapa que ninguna podredumbre del Cónclave podría borrar, listos para enfrentarse a los Guardianes de hierro frío y arrancar el Faro del fondo del mismo desierto.

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HOLAAA, PODRÍAS POR FAVOR, VER MI CHATSTORY Y LEERLA, ESTÁ EN PROCESO, SOY NUEVA 🥰Y SI GUSTAS PUEDES SEGUIRME✨AMO TÚ HISTORIA, LA RECOMIENDO MUCHO✨
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