Despues de ser humillada Lucciana decide hacer un viejo ritual para cobrarse las penas.
Vende su alma a Lucifer a cambio de castigar a quien se atrevió a dañarla pero en el instante en que firma el pacto de sangre, algo que jamás contempló ocurre...
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Sangre sobre el Pergamino
El silencio del sótano se volvió denso, casi sólido, roto únicamente por el rítmico repiqueteo de la lluvia fría contra los cristales de la claraboya. Lucciana permanecía inmóvil frente a la mesa de trabajo, con la mirada clavada en el manuscrito. La lona de lino que lo cubría yacía en el suelo, arrugada como un cadáver de tela.
Aquel libro no pertenecía a las colecciones habituales que la Archidiócesis o los museos florentinos le confiaban para su restauración. Había llegado a sus manos tres semanas atrás, traído por un coleccionista privado que vestía ropas de una elegancia anacrónica y cuyos ojos, de un gris casi transparente, le habían provocado un escalofrío. El hombre le había pedido limpiar el hongo del lomo y consolidar el pergamino, pero le había advertido, con una sonrisa enigmática, que no leyera las notas al margen.
Por supuesto, Lucciana lo había hecho. Su curiosidad académica siempre había sido más fuerte que su prudencia.
Con dedos temblorosos que contrastaban con la rigidez de su mandíbula, abrió la cubierta de piel de cabra, gastada y ennegrecida por el tiempo. El olor que desprendieron las páginas no fue el habitual aroma a humedad y hongo del papel viejo; era un olor más penetrante, metálico, con un deje a azufre y ceniza que le secó la garganta.
Pasó las hojas con delicadeza profesional, a pesar de la tormenta emocional que la devoraba por dentro, hasta detenerse en la sección que había estado traduciendo del latín medieval apenas unas noches atrás. Una página que, a diferencia de las otras, no contenía cantos eclesiásticos ni crónicas históricas, sino un diagrama circular dibujado con una tinta rojiza que jamás se había descolorido.
“De Civitate Umbrarum”— el pasaje sobre la invocación de las potestades del abismo. Una llamada legal, un contrato vinculante para aquellos que consideraban que la justicia divina era demasiado lenta o inexistente.
—La justicia de Dios no existe para las mujeres como yo —susurró Lucciana, y su voz sonó extrañamente firme en la penumbra del taller.
Con una determinación gélida, apartó los frascos de barniz y las lupas. Despejó la mesa de madera de roble e inició los preparativos. No tenía velas negras ni las parafernalias de los teatros de brujería; tenía algo más poderoso: una fe ciega en su propio odio y las herramientas de su oficio.
Tomó cinco candelabros de plata de la estantería, restos de una iglesia desconsagrada que esperaba restaurar, y los dispuso en un círculo imperfecto alrededor del libro. Encendió las velas de cera de abeja pura. La llama parpadeó violentamente, proyectando sombras alargadas y distorsionadas contra las paredes de piedra del sótano, transformando los caballetes con lienzos a medio pintar en figuras espectrales que parecían inclinarse ante ella.
Lucciana se desabrochó las mangas del vestido de novia. El encaje blanco de Chantilly estaba empapado y sucio, pero la seda del pecho aún resplandecía bajo la luz de las velas. Se miró las manos. Estaban frías.
Tomó un bisturí de cirujano, la herramienta que utilizaba para los cortes más precisos en los lienzos antiguos, y lo sostuvo sobre el fuego de la vela central. El metal se tiñó de negro por el hollín. Esperó a que se enfriara un poco, mirando fijamente la palma de su mano izquierda.
“Para que el pacto se selle, la tinta debe ser la vida de quien lo solicita, y el ruego debe nacer de una herida que no pueda sanar”, recitaba de memoria la traducción del manuscrito.
Sin dudarlo, hundió la punta del bisturí en la yema de su dedo índice. El dolor físico fue un pinchazo agudo, casi ridículo comparado con la humillación que le oprimía el pecho, pero el corte profundo hizo brotar de inmediato una gota gorda y brillante de sangre carmesí.
Lucciana extendió la mano sobre el pergamino del siglo XV. Dejó caer tres gotas sobre el centro del diagrama circular. La sangre no se extendió de manera natural por la porosidad del cuero; en su lugar, pareció ser succionada por las fibras del libro, que brillaron por un instante con un matiz violáceo antes de apagar la luz.
Entonces, Lucciana comenzó a recitar las palabras en latín. Su pronunciación era perfecta, pulida por años de catalogar textos antiguos, pero esta vez no había distancia académica en su tono. Había sangre, humillación y un deseo ferviente de destrucción.
—Per sedem Luciferi... te evoco. Audi me, dominus tenebrarum. Exaudi clamorem meum...
A la tercera frase, la temperatura del taller descendió de golpe. El vaho de la respiración de Lucciana comenzó a salir de su boca en pequeñas nubes blancas. El agua que se filtraba por la claraboya se congeló instantáneamente en los bordes del vidrio. El silencio exterior se volvió absoluto; el ruido de la lluvia y de los pocos carruajes que cruzaban la Florencia nocturna desapareció, como si el sótano hubiera sido arrancado del mundo de los vivos y sepultado en las profundidades de la tierra.
Las llamas de las cinco velas se estiraron hacia arriba, volviéndose completamente azules, antes de extinguirse al unísono.
La oscuridad total envolvió el taller. Lucciana contuvo el aliento, con el bisturí aún apretado entre los dedos, el corazón golpeándole las costillas como un animal enjaulado. El miedo intentó colarse por las rendijas de su mente, pero el recuerdo del desprecio en el rostro de Leonora Vance y la cobardía de Matteo actuaron como un escudo de hierro.
—Un trabajo impecable de pronunciación, Signorina Bianchi. Es raro escuchar el latín clásico con un acento florentino tan puro en estos días.
La voz no provino de ningún rincón oscuro del sótano. Provino de la silla de mimbre que Lucciana utilizaba para descansar entre las horas de pintura, justo al lado de la estufa de hierro. Una voz profunda, aterciopelada, con una cadencia musical y una ironía tan afilada que cortaba el aire.
Lucciana se giró lentamente, con el cuerpo tenso.
Un cerillo se encendió en la oscuridad, iluminando un rostro masculino de una simetría perfecta y perturbadora. El hombre que estaba sentado allí no tenía cuernos, ni piel roja, ni los rasgos monstruosos que los pintores del Renacimiento se esmeraban en plasmar para asustar a los analfabetos. Era un hombre de unos treinta y tantos años, de una elegancia devastadora. Vestía un traje de tres piezas de un corte impecable y un color negro tan oscuro que parecía absorber la poca luz ambiental. Su cabello, oscuro y perfectamente peinado hacia atrás, enmarcaba unos ojos de un azul tan pálido que resultaba casi blanco, destellando con una inteligencia milenaria y peligrosa.
El hombre acercó la llama del cerillo a un cigarrillo largo y delgado, aspiró el humo y luego sopló una nube gris que olió sutilmente a clavos de olor y hojas secas. Con un movimiento elegante de sus dedos, encendió de nuevo las cinco velas del círculo, pero esta vez las llamas mantuvieron un color dorado mortecino.
—¿Quién eres? —logró preguntar Lucciana, aunque la respuesta ya la conocía en la médula de sus huesos.
El hombre se levantó de la silla. Sus movimientos eran los de un depredador que no tiene prisa porque sabe que su presa no tiene adónde ir. Caminó hacia la mesa de trabajo, deteniéndose a unos centímetros de ella. Lucciana pudo percibir su aroma: no era azufre, era el olor de los palacios antiguos, de la tierra mojada después de un incendio y del metal frío.
—Me llaman de muchas formas, mi querida restauradora. Pero para los negocios, prefiero el nombre de Luca Ferro. Aunque tú sabes perfectamente a quién invocaste con esa preciosa sangre tuya —dijo, bajando la mirada hacia el dedo cortado de Lucciana. Tomó la mano de la joven con una delicadeza extrema. Sus dedos estaban inusualmente calientes, casi febriles—. Una novia plantada en el altar de Santa María del Fiore. Qué cliché tan delicioso, y qué falta de originalidad por parte del joven Vance.
—¿Sabes quién es? —preguntó ella, apretando los dientes, negándose a retirar la mano a pesar del pánico que le recorría la espina dorsal.
—Lo sé todo, Lucciana. Sé cuánto lo amabas, sé cómo planeaste cada detalle de este día, y sé cómo te dolió cuando su madre te escupió ese veneno aristocrático en la cara frente a toda Florencia —Luca Ferro sonrió, mostrando unos dientes blancos y perfectos—. Sé que el dolor te quema el estómago. Y sé lo que quieres.
—Quiero que sufra —dijo Lucciana, y esta vez su voz no tembló. El odio eclipsó al miedo—. Quiero que experimente una humillación mil veces peor. Quiero verlo arrastrarse, perder todo lo que ama, perder su cordura, su maldito apellido y su fortuna. Quiero destruirlo.
Lucifer la observó en silencio durante unos segundos, evaluando la profundidad de su alma con la frialdad de un tasador de joyas. Pareció complacido con lo que encontró.
—Un alma por una destrucción. Es la tarifa estándar, no hay rebajas de temporada —comentó con tono casual, como un banquero discutiendo un préstamo—. Tu alma inmortal, Lucciana, a cambio de la ruina absoluta y sistemática de Matteo Vance. No quedará nada de él. Ni su cordura, ni su cuerpo, ni su memoria. ¿Aceptas los términos?
—Los acepto.
Luca Ferro extendió su mano derecha hacia el manuscrito antiguo. Con un pase de sus dedos sobre la página ensangrentada, el texto en latín comenzó a reconfigurarse por sí mismo. Las letras se movieron como hormigas negras, formando un nuevo texto, esta vez en un italiano fluido, el idioma del contrato que Lucciana firmaría.
—Usa tu dedo de nuevo, Lucciana. Traza tu nombre al final de la cláusula. Una vez que la última letra esté terminada, el destino de Matteo estará sellado. No habrá vuelta atrás. Ni Dios mismo podrá salvarlo de lo que le espera.
Lucciana no lo pensó. Presionó la herida de su dedo para hacer brotar más sangre y, con mano firme, comenzó a escribir su nombre en el margen inferior del pergamino: Lucciana Bianchi.
Cada letra quemaba el papel, dejando un rastro humeante. Al trazar la última 'i', una corriente de energía helada recorrió el brazo de Lucciana, subiendo hasta su pecho, donde sintió un pinchazo tan agudo que la obligó a jadear. Fue como si un hilo invisible, pero indestructible, se hubiera enraizado en el centro de su ser, conectándola directamente con el hombre frente a ella.
Luca Ferro sonrió, una sonrisa que por primera vez mostró una pizca de su verdadera y aterradora naturaleza. El contrato brilló con una luz roja antes de absorber la sangre por completo, volviendo a lucir como un pergamino antiguo y seco.
—El trato está hecho —dijo Lucifer, dando un paso atrás y acomodándose los puños de la camisa—. La destrucción de Matteo Vance comienza ah...
Antes de que pudiera terminar la frase, el silencio absoluto que envolvía el taller se rompió de forma violenta.
Desde la calle, el sonido lejano de las campanas de la Catedral de Santa María del Fiore comenzó a sonar. Pero no era el tañido alegre de las horas, ni el llamado a la misa matutina. Era el doblar pesado, lento y lúgubre de las campanas de difuntos. Don... Don... Don...
Al mismo tiempo, unos pasos apresurados resonaron en la escalera exterior de piedra del taller. Alguien golpeó la pesada puerta de hierro con desesperación, haciendo que los cerrojos vibraran.
—¡Lucciana! ¡Lucciana, por el amor de Dios, abre! —era la voz de su primo, Pietro, rota por el pánico y el esfuerzo de haber corrido bajo la tormenta.
Lucciana miró a Luca Ferro, confundida. El Diablo mantenía los ojos fijos en la puerta, con una expresión que pasó de la autosuficiencia a una sutil y gélida sorpresa. Su ceño se frunció imperceptiblemente.
—¡Lucciana! —siguió gritando Pietro desde el exterior, golpeando con más fuerza—. ¡Tienes que salir! ¡Es Matteo! ¡Su coche se ha desbarrancado en la carretera de montaña hacia Bolonia! ¡Un desprendimiento de rocas... el coche cayó al barranco! ¡Matteo está muerto, Lucciana! ¡Murió en el acto hace una hora!
Las palabras de Pietro flotaron en el aire del taller, chocando contra las paredes de piedra.
Lucciana se quedó de piedra, con el rostro pálido y los ojos desorbitados. Miró el manuscrito, luego sus dedos manchados de sangre y finalmente a Lucifer.
—¿Qué... qué has hecho? —susurró ella, con la voz entrecortada—. Dijiste que lo destruirías... que lo vería arrastrarse... Él ya estaba muerto cuando firmé...
Luca Ferro no respondió de inmediato. Se acercó al manuscrito, pasando las yemas de sus dedos sobre las letras de sangre que ahora permanecían fijas, inmutables. La ironía había desaparecido por completo de su rostro, reemplazada por una seriedad geométrica que helaba la sangre.
—Él no debía morir así —murmuró el Diablo, y por primera vez, su voz no sonó humana, sino como el eco de un terremoto subterráneo—. Alguien me ha robado la presa. Y tú, mi querida Lucciana... acabas de firmar un contrato por una venganza que ya no se puede cumplir, pero que bajo las leyes del Infierno, jamás se podrá deshacer.
gracias autora por esta joya 👏👏👏