Victoria Pérez descubre un secreto íntimo y peligroso de su jefa, Christina Jonas. Una verdad capaz de destruir la imagen impecable de una mujer con un matrimonio perfecto… y de abrirle a una simple empleada la puerta a un sueño que siempre le fue negado.
Convencida de tener el control, Victoria decide usar ese secreto para avanzar. Pero la extorsión se vuelve contra ella cuando el poder cambia de manos y el precio deja de pagarse con silencio o ambición, para exigirse en obediencia y entrega.
¿Qué sucede cuando los límites morales se quiebran y el cuerpo se convierte en moneda de cambio? A veces, la verdadera trampa no es la obligación… sino el deseo que despierta.
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DILIGENCIAS
NARRADOR
Trevor había observado algunas pequeñas cosas. La sospecha de por qué Victoria estaba trabajando para él era latente. ¿Christina querría saber que hacía él? El contrato de confidencialidad lo respaldaba y el sueldo generoso que le pagaba a una secretaria bastaba para comprar silencio y discreción.
Victoria parecía vivir a punto del colapso. Su sola presencia le provocaba terror y él no sabía por qué. No le había gritado ni una sola vez. La había tratado como a cada secretaria que tuvo.
El controlaba su vida, su propio calendario. Todo. Su sumisa del momento no podía superar las seis semanas junto a él. Ese era el tiempo máximo.
El sexo con Christina no le satisfacía. Se iniciaba el acto, le provocaba satisfacción a ella y después la obtenía él. Si su esposa parecía más receptiva o con más energía para soportarlo más tiempo, el acto podía durar más, pero todo había cambiado.
Trevor miraba su matrimonio con desilusión. Nada lo describía mejor. Había creído que con ella tendría una vida más plena y satisfactoria, pero ella no había dejado ni que la esposara una vez. Era bella, pero le producía aburrimiento.
Las infidelidades en la oficina tenían una lógica impecable para él. Christina no iba a su empresa ni el iba a la suya. Podían ser un matrimonio, pero sus trabajos eran privados y no requerían distracciones.
Trevor sabía que su esposa jamás saldría de su empresa antes del mediodía. Ella jamás lo descubriría. La conocía lo suficiente para saber su rutina de memoria.
¿Por qué los lunes? Para aliviar la presión después del fin de semana. Los viernes particularmente no le gustaban. Sábados y domingos aún menos. Tenía que pasar el día con Christina con la incomodidad que eso causaba. Dormir en la misma cama y sentirse atado a la rutina que ella representaba lo hacía sentir molesto. En su oficina se sentía libre.
Cuando estaba en la empresa él controlaba todo y a todos. Él tenía su aventura del lunes como un intercambio único y privado. La sumisa del momento le pedía cumplir una fantasía, él lo hacía sin reclamar, pero a cambio obtenía lo que deseara en cuanto a placer.
Trevor pagaba generosamente una suma. Era lo ideal en un contrato de sumisión. Al transcurrir seis semanas era la despedida sin enamoramientos ni reclamos. Todo se había vuelto un sistema metódico sin fallas que le funcionaba.
La mujer que ladraba estaba por llegar al final de su contrato con él. No habría renovación. Ya había firmado con su próxima sumisa, una que le pediria más de si porque quería rudeza, no disfraces ni actuaciones.
Trevor esperaba ansioso la llegada de esa pelirroja. Encontrar a una mujer que le entregara el control total sin pedir nada a cambio y que aceptara que todo ocurriera en su oficina era difícil. Él cuidaba su imagen. No era visto con nadie tampoco, por eso no tenía encuentros en otros lugares más privados o que le ofrecieran mayor comodidad. Además, estaba con mujeres experimentadas que se adaptaban al lugar del encuentro sin inconvenientes, esa era una regla de oro que no había roto jamás.
El día martes, él ingresó a la empresa. Vio a Victoria diez minutos antes de su horario habitual prendiendo su computadora. Había notado que era una mujer puntual. Se adaptaba a sus horarios y cumplía con precisión. El café siempre estaba a tiempo sobre su escritorio, ni un minuto tarde.
Trevor debió llamar a Victoria después. Necesitaba que le entregara algunos documentos. Ella parecía particularmente aterrada aquella mañana. El temblor en sus manos no desaparecía, se intensificaba.
--¿Sabe cuales son sus obligaciones aquí?-- Preguntó. Ella elevó su rostro un segundo, lo miró y volvió a agachar su mirada
--Si, señor. Escuchar, obedecer, no juzgar, no divulgar-- Respondió con firmeza. Se había aprendido eso de memoria aunque seguir esas reglas al pie de la letra era incómodo, más si era lunes
--¿Está rompiendo alguna regla?-- Él lo sospechaba, casi podía jurarlo. Su secretaria parecía demasiado inocente o desinformada para estar cerca suyo. A las personas como ella les costaba más tiempo acostumbrarse a la realidad, aunque eran sumisas naturales. Su error, juzgaban
--No, señor-- Aseguró
Los días transcurrieron para Trevor como el esposo social perfecto, el trabajador incansable y dedicado. También como el amante complaciente que estaba a punto de despedirse de su sumisa de turno.
Victoria estaba a punto de descubrir otras funciones que incluía su trabajo, unas que Mariela no le había avisado.
Victoria fue a la tintorería para retirar el traje de su jefe. Lo hizo en su horario de almuerzo para que no interfiriera con sus labores. Las razones por las que se habían ensuciado esas prendas le dieron vergüenza y Trevor nuevamente la vio con sus mejillas sonrojadas y manos temblorosas.
Llegado el día viernes, Trevor le hizo un encargo a su secretaria. Victoria tendría que cumplir otra de sus funciones en horario de oficina. Mariela no se lo había informado.
--Señorita Pérez. Necesito que vaya a este lugar y compre esto-- Trevor le entregó una pequeña lista, dinero en efectivo y una tarjeta que contenía la dirección del lugar
--Sí, señor-- Dijo automáticamente sin haber leído lo que tendría que conseguir
Victoria se aproximó a la puerta y leyó la lista. El dinero cayó de sus manos junto a la tarjeta debido a la impresión. Trevor observó la escena convencido de que estaba siendo juzgado y justamente odiaba eso. Si Victoria no hubiese sido tan útil como lo era, probablemente la hubiese despedido.
--Señorita Pérez deje eso y siéntese-- Ordenó-- ¿Tiene algún inconveniente para hacer las diligencias que le ordeno?
--No, señor-- Respondió con vergüenza
--Acostúmbrese entonces. Estamos en horario de oficina. Puede retirarse-- Ella captó lo que él decía y recordó a Mariela
Victoria fue al sex shop que su jefe marcaba. Jamás había entrado a un lugar de esos. Todo lo que vio no le despertó curiosidad, sino pánico. Entregó el listado y debió escoger colores para los accesorios. Optó por lo más seguro: negro.
Metió las compras en su bolso donde aún descansaba su manuscrito. Pensó en la ironía de la situación. Ella casi había sido sometida por su ex prometido y eso dió lugar a su novela, pero había tenido que comprar cosas para que una mujer fuera sometida por su jefe. Todo le parecía bizarro, rozando lo irreal.
ahora se va hacer la ardida 😡😡 ojalá no se dejen al chantaje de esta