La guerra terminó, pero la pesadilla acaba de despertar.
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CAPÍTULO 6: EL APRENDIZ DE LA OSCURIDAD
El sonido del cierre hidráulico de la puerta del búnker resonó en los oídos de Jake como el veredicto de un juez. Del otro lado, Elías Vane permanecía sumido en un sueño inquieto, fruto del agotamiento y el trauma físico. Lo había dejado instalado en el rincón más seco, protegido por gruesas paredes de hormigón y acero de la preguerra, con su pistola cargada al alcance de la mano. Era un lugar seguro, un cofre de hierro en medio de un mundo de cristal roto, pero Jake sabía que, sin los medicamentos adecuados, ese refugio se convertiría en la tumba de su maestro.
Jake ajustó las correas de su mochila táctica. El peso del fusil de percusión mecánica le resultaba ahora más real que nunca. Ya no era un ejercicio de entrenamiento en los niveles Gamma; no había un instructor que detuviera la simulación si cometía un error.
—Volveré, Elías
—susurró Jake para sí mismo, aunque sabía que el hombre no podía oírlo
— Lo prometo.
Al salir a la pasarela exterior, el aire del Oeste lo golpeó con una mezcla de humedad salina y el hedor dulce de las esporas en descomposición.
La niebla violeta se arrastraba por el suelo como un animal vivo, envolviendo las vigas del puente. Jake se movió con la cautela que Elías le había grabado a fuego en el sistema nervioso: pegado a las estructuras, evitando las zonas de micelio brillante que pudieran actuar como sensores para la Red, y manteniendo la respiración rítmica para no saturar los filtros de su máscara.
Su objetivo era un antiguo puesto de triaje de la Cruz Roja, ubicado en lo que solía ser un estacionamiento turístico cerca de la base del puente. Según los mapas de datos de Alexia, ese lugar había sido sellado con suministros de emergencia antes de que la ciudad fuera declarada zona perdida.
El descenso desde la torre del puente fue un ejercicio de terror silencioso. Jake tuvo que bajar por una serie de escaleras de emergencia oxidadas que gemían bajo su peso. A cada paso, miraba hacia el abismo. Debajo de él, la ciudad de San Francisco se extendía como una osamenta gigante cubierta de moho. Las torres de oficinas estaban envueltas en zarcillos fúngicos que palpitaban con una luz interna, como si la ciudad misma tuviera un sistema circulatorio.
Llegó al nivel del suelo tras una hora de maniobras agotadoras. El estacionamiento era un cementerio de coches calcinados y estructuras de lona deshechas. El silencio era tan denso que Jake podía oír el latido de su propio corazón golpeando contra sus costillas. Se detuvo tras un autobús escolar volcado, barriendo el área con la mira de su fusil.
No había infectados a la vista, pero el entorno se sentía vigilado. Las esporas flotaban en el aire como nieve radiactiva, depositándose sobre su uniforme.
—Concéntrate, Jake. Ojos en el objetivo
—se dijo, visualizando el contenedor médico de color blanco que destacaba entre la herrumbre.
El contenedor estaba blindado, diseñado para resistir saqueos, pero el tiempo y los elementos habían corroído las bisagras. Jake se acercó con el arma en guardia. Al tocar el metal, sintió un escalofrío: la superficie estaba tibia. No era el calor del sol, sino una temperatura biológica. El hongo estaba empezando a digerir el acero.
Usó una palanca de mano para forzar la ranura de la puerta. El metal chirrió, un sonido estridente que pareció viajar kilómetros en el vacío de la bahía. Jake se quedó helado, esperando que algo surgiera de las sombras, pero nada se movió. Con un último esfuerzo, la puerta cedió, revelando un interior oscuro que olía a antiséptico y a hierro.
Encendió una linterna química. La luz azulada iluminó estantes llenos de cajas de plástico selladas. Jake se movió con urgencia. Desechó las vendas podridas y los viales de suero rotos. Finalmente, en un compartimento reforzado, encontró lo que buscaba: tres kits de morfina sintética, inyectores de calcio de liberación lenta y un frasco de potentes antiinflamatorios de grado militar.
—Sí...
—susurró, guardando los suministros en su mochila. Esto era lo que Elías necesitaba para que sus costillas soldaran, para que el dolor no lo arrastrara al shock.
Pero justo cuando se disponía a salir, un sonido lo detuvo en seco. Un crujido rítmico, como el de una mandíbula desencajada golpeando contra un pecho hueco.
Clac... clac... clac.
Jake apagó la linterna. La oscuridad del contenedor se volvió absoluta, rota solo por la luz violeta que se filtraba por la rendija de la puerta. Se asomó con cautela.
Fuera, moviéndose entre los coches oxidados, había una criatura que no aparecía en los manuales de Aegis. Era un "Acechador de Bruma". Su cuerpo era delgado, desproporcionadamente largo, y su piel era una red de filamentos fúngicos que mimetizaban el color del asfalto y la niebla. No tenía ojos, pero su cabeza se movía de un lado a otro, captando las vibraciones del aire.
Jake sintió que el sudor frío le bajaba por la nuca. El Acechador estaba a menos de diez metros, bloqueando su única salida. Sabía que si disparaba, el ruido atraería a todo lo que hubiera en la zona baja del puente. Tenía que ser silencioso.
Recordó la lección de Elías: "En el silencio, el acero es el rey".
Jake desenvainó el cuchillo de trinchera. El peso del arma de Marco le dio una extraña seguridad. Salió del contenedor con movimientos milimétricos, aprovechando el momento en que la criatura giraba su cabeza hacia un montón de escombros que se habían desplomado por el viento.
El Acechador emitió un silbido sónico de baja frecuencia. Jake sintió una punzada en los oídos, pero no se detuvo. Se deslizó por detrás de un coche familiar destrozado, quedando a escasos dos metros de la espalda encorvada del monstruo. La criatura olfateó el aire; había detectado el rastro humano, la esencia de la vida pura que Jake emanaba.
Jake saltó.
No fue un movimiento elegante, fue un estallido de necesidad pura. Cayó sobre la espalda de la criatura, rodeando su cuello fibroso con el brazo izquierdo y hundiendo el cuchillo en la base del cráneo con el derecho. Tal como Elías le había enseñado: el interruptor de apagado.
La criatura se sacudió con una fuerza violenta, lanzando a Jake contra el capó de un coche. El chico no soltó el cuchillo. Giró la hoja, desgarrando los nexos neuronales del hongo. Un fluido negro y viscoso salpicó su máscara, nublándole la vista. El Acechador emitió un último espasmo y se desplomó, convirtiéndose en una masa inerte sobre el asfalto.
Jake se quedó jadeando, con el corazón martilleando contra sus costillas. Estaba cubierto de aquel veneno oscuro, pero estaba vivo. Había matado a su primer Acechador solo, sin ayuda, usando nada más que su voluntad y el acero heredado.
Limpió el visor de su máscara con un trapo rápido y guardó el cuchillo. No podía quedarse a celebrar. Recogió su mochila y empezó el ascenso de regreso. El camino de vuelta fue aún más duro; el cansancio físico empezaba a pasarle factura, y el peso de la responsabilidad de salvar a Elías lo empujaba hacia adelante.
Cuando llegó a la puerta del búnker, sus manos temblaban tanto que casi no pudo introducir el código de seguridad. La puerta se abrió y Jake entró, cerrándola con un estrépito sordo que lo hizo sentir a salvo por primera vez en horas.
Elías seguía allí. Su respiración era un poco más pesada, pero sus ojos estaban abiertos, fijos en la entrada con una pistola en la mano que bajó en cuanto reconoció la silueta de su aprendiz.
—Lo... lo conseguí, Elías —dijo Jake, dejándose caer de rodillas junto al catre y sacando los suministros—. Tengo la morfina. Tengo el calcio. Vas a ponerte bien.
Elías miró a Jake. Vio la sangre negra en su uniforme, el rasguño en su hombro y la mirada endurecida del chico. Ya no era el aprendiz que dudaba frente a un saco de entrenamiento.
—Has tardado... cuatro horas
—logró decir Elías, con una voz cargada de un orgullo que el dolor no podía ocultar
—Has vuelto... con vida.
—He matado a uno de ellos
—respondió Jake mientras preparaba el inyector
—Un Acechador. Solo con el cuchillo.
Elías cerró los ojos un momento, dejando que la primera dosis de morfina entrara en su sistema. El alivio fue una marea que borró las aristas más afiladas de su agonía.
—Entonces ya no eres un aprendiz, Jake
—susurró Elías mientras el sueño químico empezaba a reclamarlo
—Eres un soldado de la Guardia. Mi soldado.
Jake se sentó en el suelo, apoyando la espalda contra la pared de hormigón. Tenía los medicamentos, tenía el refugio y, por ahora, tenía tiempo. Pero al mirar hacia la puerta sellada, sabía que el impostor que jugaba con sus recuerdos no los dejaría descansar mucho tiempo. San Francisco estaba un poco más cerca, y el precio de la entrada acababa de empezar a pagarse en sangre.