En la penumbra donde los demás temen mirar, él tejió su reino de silencio y veneno.
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Capítulo 14
La noche en Vesperia no era un manto de descanso, sino un sudario que ocultaba los pecados de la aristocracia. El aire en los aposentos privados de Atraeus, situados en una torre apartada que desafiaba la gravedad y el sentido común, estaba cargado con el olor dulce y narcótico del loto azul. Las pesadas cortinas de terciopelo carmesí bloqueaban cualquier atisbo de la luna, dejando que solo el fulgor de las brasas en la chimenea proyectara sombras alargadas y danzarinas sobre las paredes.
Atraeus se encontraba sentado frente a un espejo de obsidiana, una reliquia traída de las tierras prohibidas que, según decían, no reflejaba el rostro del hombre, sino el estado de su alma. Él solo veía oscuridad y el brillo de sus propios ojos, dos pozos de ambición que se negaban a cerrarse. Sobre la mesa, el documento que probaba la existencia del hijo bastardo de Lady Elara Varyn descansaba como una serpiente enroscada, lista para morder.
La puerta se abrió sin un susurro. Thera entró, despojada de su armadura de sedas doradas. Vestía una camisola de encaje negro tan fina que parecía una telaraña tejida sobre su piel. Se movía con la cautela de quien camina sobre cristales rotos, consciente de que el humor de Atraeus después de la ejecución de Silas era una tormenta contenida.
—La ciudad susurra, Atraeus —dijo ella, rompiendo el silencio—. Dicen que el Gran Justicia Kaelen ha reforzado sus puertas y que Lord Voran ha duplicado su guardia personal. Creen que el peligro viene de fuera, de los piratas o de las revueltas del norte. No tienen idea de que el lobo ya está en el redil.
Atraeus no se giró. Su mano derecha jugaba con un pequeño anillo de sello, el mismo que había pertenecido a su padre antes de que la traición destruyera su linaje en Astrael.
—El miedo es una herramienta útil, Thera, pero la paranoia es un arma de doble filo. Voran está asustado porque sabe que el contrato con los Varyn es su única tabla de salvación. Si ese contrato se quema, él se hunde en las deudas y el deshonor.
Thera se acercó y se detuvo detrás de él, apoyando sus manos en los hombros del hombre. Sintió la tensión muscular, una rigidez que ninguna cantidad de vino o placer parecía poder disolver.
—¿Es por eso que guardas ese documento como si fuera tu propia vida? —preguntó ella, inclinándose para que sus labios rozaran la oreja de él—. ¿O es que disfrutas viendo cómo el mundo que odias se desmorona pieza por pieza?
Atraeus la agarró de la muñeca con una fuerza que habría hecho gritar a cualquier otra mujer. La obligó a rodear el asiento hasta quedar frente a él, atrapada entre sus piernas y el espejo de obsidiana.
—Disfruto de la verdad, Thera. Y la verdad es que la lealtad es una mentira que nos contamos para no dormir con un ojo abierto. Incluso tú... —la miró con una mezcla de deseo y desprecio—. Incluso tú tienes un precio. Me pregunto cuál será el momento en que me venderás al Cuervo o a quienquiera que ofrezca un trono más alto.
La expresión de Thera cambió. La máscara de la cortesana seductora cayó por un instante, revelando una vulnerabilidad que rara vez permitía que alguien viera. Sus ojos se humedecieron, no de tristeza, sino de una rabia herida.
—He sangrado por tus planes —siseó ella, tratando de soltarse—. He entregado mi cuerpo a hombres que me daban asco solo para obtener los nombres que necesitabas. He quemado mis propios puentes para seguirte en esta locura. ¿Y todavía te atreves a dudar?
—Dudo de todo lo que respira —respondió Atraeus, su voz bajando a un registro peligroso—. Especialmente de lo que amo, porque es lo único que puede destruirme.
El uso de la palabra "amo" golpeó el aire como un látigo. No era una confesión de romance, sino el reconocimiento de una dependencia mutua que ambos odiaban. Atraeus la soltó bruscamente, pero antes de que ella pudiera alejarse, la atrajo por la cintura, hundiendo su rostro en el hueco de su cuello.
—Esta noche no es para planes, Thera. Mañana el banquete de los Varyn será un matadero de reputaciones. Pero esta noche... necesito olvidar que soy el arquitecto de esta ruina.
La levantó sin esfuerzo y la llevó hacia la cama de dosel. No hubo la violencia de la noche anterior con Silas, sino una intensidad desesperada, casi febril. Atraeus la despojó de la camisola con manos que temblaban levemente, una señal de humanidad que lo enfurecía. Thera, a pesar de su desconfianza y del dolor en su muñeca, se abrió a él como una flor nocturna, buscando en el calor de Atraeus una validación que las palabras nunca le darían.
El encuentro fue una danza de engaños. Se besaban con una pasión que intentaba ocultar la sospecha que todavía latía entre ellos. Atraeus exploraba el cuerpo de Thera con la minuciosidad de un cartógrafo, marcando cada centímetro de su piel como si quisiera grabarse en su memoria antes de que ella, inevitablemente, lo traicionara. Thera le devolvía cada caricia con una entrega que bordeaba la sumisión, pero sus ojos permanecían abiertos, observando al hombre que la poseía, buscando en sus facciones algún rastro del niño que una vez fue, antes de que la venganza lo convirtiera en este espectro de poder.
—Mírame —ordenó él, su voz ronca mientras se hundía en ella con una cadencia lenta y profunda—. No cierres los ojos. Quiero que veas quién te está reclamando.
—Te veo, Atraeus —susurró ella, rodeando su espalda con las piernas, clavando sus uñas en el tejido de las cicatrices que él nunca mencionaba—. Veo al hombre que tiene miedo de ser humano. Veo al rey sin corona que se esconde en las sombras.
El placer fue un estallido de colores oscuros, una liberación que los dejó a ambos exhaustos y sudorosos sobre las sábanas de seda. Sin embargo, el alivio fue momentáneo. Apenas sus corazones recuperaron el ritmo normal, el frío de la desconfianza volvió a filtrarse en la habitación.
Atraeus se apartó y se sentó en el borde de la cama, dándole la espalda. Sus costillas se marcaban con cada respiración. Thera se incorporó, cubriéndose con una sábana, y notó un trozo de papel que había caído del jubón de Atraeus durante el forcejeo anterior.
Con cuidado, lo tomó y lo leyó a la luz de las brasas. Sus ojos se abrieron con horror.
—¿Qué es esto? —preguntó, su voz temblando.
Atraeus se giró, su rostro volviendo a ser una máscara de piedra.
—Es una lista —dijo él con frialdad—. La lista de los contactos que Silas tenía en la ciudad.
—No es solo eso —Thera se levantó, sosteniendo el papel frente a él—. Mi nombre está aquí, Atraeus. Al lado del de Lord Voran. Hay una nota... dice "vigilancia nivel uno". Me has estado siguiendo. Has puesto a tus sombras a rastrear mis movimientos incluso cuando estaba contigo.
—Vigilancia es seguridad, Thera —respondió él, sin un ápice de remordimiento en su voz—. No te sigo porque crea que eres culpable. Te sigo para saber si te vuelves vulnerable. Si Voran se acercaba a ti de una manera que yo no había previsto, necesitaba saberlo.
—¡Mentira! —gritó ella, lanzando el papel al fuego—. Me sigues porque no puedes concebir un mundo donde alguien sea leal por voluntad propia. Me usas en tu cama y luego me espías en la calle. Eres un monstruo, Atraeus. Un monstruo que ha olvidado cómo confiar.
Atraeus se levantó, su desnudez dándole una cualidad escultural y aterradora. Se acercó a ella, pero esta vez Thera no retrocedió.
—Confiar es el lujo de los que no tienen nada que perder —dijo él, su voz vibrando con una amargura ancestral—. Perdí a mi madre porque confió en un guardia. Perdí a mi padre porque confió en su mejor amigo. No perderé Vesperia porque confíe en una mujer que vive del engaño, por mucho que esa mujer queme mis venas.
—Entonces estamos solos —dijo Thera, sus lágrimas finalmente cayendo—. Incluso cuando estamos juntos, estamos en celdas separadas.
—Ese es el precio del poder —concluyó Atraeus, dándole la espalda para vestirse—. Prepárate. El carruaje saldrá en tres horas hacia la finca de los Varyn. Asegúrate de que tu máscara de lealtad esté bien puesta, Thera. Mañana el mundo arderá, y necesito saber que no te quemarás con él.
Atraeus salió de la habitación sin mirar atrás, dejando a Thera en el silencio absoluto de la torre. Ella se acercó a la chimenea y observó cómo el papel con su nombre terminaba de consumirse. Las cenizas volaron hacia el conducto, desapareciendo en la noche.
Esa era la fragilidad de su mundo. Un imperio construido sobre secretos, un amor forjado en la traición y una lealtad que, a pesar de todo, seguía siendo una espina clavada profundamente en el corazón de ambos. Atraeus creía tener el control de todas las piezas, pero no se daba cuenta de que, al espiar a Thera, había sembrado la semilla de la única traición que realmente podría destruirlo: la de alguien que ya no tiene nada que ganar siendo fiel.
La noche de engaños estaba llegando a su fin, pero la verdadera oscuridad apenas comenzaba a descender sobre la corte de Vesperia. En las sombras, el Cuervo observaba, y Atraeus, por primera vez en su vida, había dejado una grieta en su armadura.