Camila nunca imaginó que el hombre que marcó su adolescencia regresaría a su vida de la forma más inesperada. Leví, ahora un hombre poderoso y rodeado de sombras, no solo reclama su atención, sino que la arrastra a un mundo donde el peligro y la pasión caminan de la mano. Entre secretos familiares y una red de poder, Camila deberá decidir si proteger su corazón o entregarse al hombre que siempre fue su destino.
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CAPÍTULO 6 – MÁS QUE UNA FIRMA
“Firmó un contrato con su jefe. Pero lo que Leví deseaba de ella… no estaba escrito en ninguna cláusula.”
Camila salió del ascensor con el corazón golpeándole las costillas rítmicamente, como un tambor de guerra. Tenía que centrarse. En su trabajo. En su futuro. En la estabilidad que tanto le había costado construir.
Tenía que pensar en todo, menos en la calidez de la mirada de Leví o en la forma en que el aire parecía electrificarse cuando él cerraba la distancia entre ambos. Pero su cuerpo tenía memoria propia; seguía recordando la forma en que él la miró antes de salir del despacho, y sobre todo, la forma en que le preguntó por Daniel, con un deje de posesividad que no debería estar allí.
—¡Camila! —la llamó Clara, una de las secretarias del piso 48, sacándola de sus pensamientos—. Justo te estaba buscando.
Ella respiró hondo, enderezando la espalda y forzando una sonrisa profesional. —¿Todo bien, Clara?
—Sí, bueno, depende de cómo lo mires —Clara se acercó con aire conspirador—. Mañana es la cena empresarial anual. Ya sabes, ese evento donde los directivos y los socios más influyentes del país se reúnen para lucir sus fortunas. Y Leví pidió específicamente que tú vayas con él.
Camila parpadeó, sintiendo un vuelco en el estómago. — ¿Perdón? ¿Yo?
—Sí, lo escuché clarito —confirmó la secretaria, ajustándose las gafas—. Dijo que necesita que lo acompañes como su asistente personal. Pero ya sabes cómo es ese tipo… la palabra “asistente” le queda corta cuando le interesa algo o alguien.
Clara soltó una risita ligera, como si solo fuera un chisme más de oficina, pero Camila sintió que el suelo se movía bajo sus pies. ¿Una cena con él? ¿En público? ¿Después de la tensión que casi hace estallar su oficina esa misma mañana?
—¿Qué clase de cena es? —preguntó Camila, esforzándose por escuchar cada detalle, buscando cualquier pista que le indicara en qué lío se estaba metiendo.
—Formal. De etiqueta rigurosa. Traje largo, ambiente de cristal y... periodistas —añadió Clara con una mueca—. Así que ya sabes: sonrisa lista, espalda recta y nada de dramas ante las cámaras.
Camila asintió lentamente. Todo en su instinto de supervivencia le gritaba que inventara una excusa y se quedara en casa. Pero algo más fuerte, un fuego antiguo que ardía en el centro de su pecho, quería ir. Quería entender qué había detrás de tanto control, de esa mirada gris que parecía esconder un océano de culpas no resueltas.
Más tarde, en la soledad de su apartamento, Camila buscó en el fondo de su armario el vestido más elegante que poseía. Era una pieza de seda negra, larga hasta el suelo, con un corte impecable que dejaba su espalda completamente al descubierto. Mientras lo sostenía frente al espejo, un recuerdo polvoriento regresó a su mente con la fuerza de un impacto.
—¿Bailarías conmigo si te lo pidiera? —le había susurrado Leví una vez, en la penumbra de la fiesta de graduación del colegio, justo antes de desaparecer de su vida sin dejar rastro.
—¿Por qué lo harías? —le había respondido ella, con la voz temblorosa de puro nerviosismo.
Él se había acercado tanto que ella pudo sentir el calor de su aliento contra su oído: —Porque solo contigo podría olvidar, por un momento, todo lo que soy.
Camila parpadeó, regresando al presente. El eco de esa frase le retumbaba en el pecho como una promesa pendiente. Miró su reflejo con determinación. El vestido negro no solo dejaba su piel al descubierto; también parecía despojarla del miedo. La hacía sentirse segura, fuerte, distinta a la niña que él dejó atrás.
Sabía que esa cena no era solo un evento social para hacer relaciones públicas. Era un campo de batalla silencioso donde las armas no serían palabras, sino miradas cargadas de pasado y silencios que pesaban más que la verdad.
Se recogió el cabello en un moño alto y pulcro, dejando su cuello expuesto, como si se preparara para una guerra donde el corazón era el principal trofeo.
Estaba lista para entrar al juego, para plantear preguntas si surgía la oportunidad y, sobre todo, para no olvidar quién era, incluso si el hombre que le rompió el alma estaba sentado justo a su lado.