Keile después de cometer muchos errores y ganarse el odio de su enigma tuvo que ver como la vida se le escapaba a la persona que más amo , no solo lo vio morir el fue su verdugo y vivió cada día en el arrepiento pero ahora el destino a decido darle una oportunidad volviendo al momento antes de que la luz de su egnima fuese apaga¿cometerá keile los mismo errores de su vida pasada?
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El beso del enemigo
De verdad creía que podía acorralarme? Sus palabras sonaban a una promesa oscura, a algo que iba más allá de un simple flirteo de muelle, pero mi orgullo de Enigma no conocía el concepto de la rendición. Si Keile quería jugar a ser el dueño de mi destino, yo le recordaría quién era el que realmente mandaba en las sombras.
—Te gusta el peligro, ¿verdad, Soldadito? —murmuré contra sus labios, sintiendo el calor que emanaba de él.
No esperé respuesta. Acorté la distancia y lo besé. No fue un beso tierno; fue un choque de voluntades, un desafío cargado de mordacidad y de ese fuego que siempre intentábamos ocultar tras nuestros uniformes invisibles. Quería probarlo, quería ver si el gran Alfa se desmoronaba ante el contacto del pecado mismo
Me separé de sus labios con una sonrisa triunfal, aunque por dentro mis sentidos estaban en alerta máxima. El beso había sido una declaración de guerra, una forma de decirle: "Puedes tocarme, pero no puedes poseerme". Pero la reacción de Keile me seguía perturbando; no era la de un soldado ofendido, sino la de alguien que estaba viendo un milagro que no merecía.
—Parece que tanto ejercicio militar te ha quemado el cerebro —le solté, intentando que el sarcasmo ocultara el hecho de que mi corazón martilleaba contra mis costillas—. ¿Se te olvidó con quién estás tratando? Estás frente al heredero de la red de mafias más peligrosa. Soy tu peor enemigo.
Lo empujé, esperando ver esa chispa de frialdad militar volver a sus ojos, pero antes de que pudiera decir nada más, mi teléfono vibró. Al ver el nombre en la pantalla, toda mi armadura de "Enigma peligroso" se desmoronó.
—Es mi padre —anuncié. Mi voz cambió automáticamente, suavizándose.
Para el mundo, mi padre era el hombre más temido, el patriarca que controlaba los hilos del caos. Pero para mí, era el hombre que me leía cuentos de niño, el que me enseñó que el amor era la única lealtad que importaba. Él era mi refugio, y su llamada siempre era mi paz.
—¿Hola, papá? —contesté, dándole la espalda a Keile por un momento—. Sí, ya voy... No, no te preocupes, solo estaba terminando de jugar con un Soldadito que se perdió de su cuartel. ¿Preparaste esa cena que me prometiste?
Escuché su risa al otro lado de la línea, una risa profunda y llena de cariño que me hizo sonreír como un niño. Él no sabía nada de mis juegos con el Alfa, y yo prefería mantenerlo así. Quería proteger esa burbuja de amor familiar del mundo oscuro en el que vivíamos.
—Estaré allí en veinte minutos. Te quiero, viejo —colgué y me giré hacia Keile.
Su mirada me dio escalofríos. Me observaba como si estuviera grabando cada uno de mis movimientos en su memoria, con una desesperación que no lograba comprender.
—Me tengo que ir, Keile. Mi familia me espera —le dije, recuperando mi tono burlón pero con una pizca de extrañeza—. Y un consejo: no vuelvas a mirarme así. Parece que estuvieras viendo a un muerto, y te aseguro que estoy más vivo que tú y todo tu regimiento juntos.
Le guiñé un ojo, guardé el guante —que ahora sentía que pesaba más de la cuenta— y eché a correr por la arena. No miré atrás. Si lo hubiera hecho, tal vez habría visto que el gran Alfa no estaba enojado por mi huida, sino que estaba librando una batalla interna contra fantasmas que yo aún no conocía