"Luna heredó una cabaña en un pueblo maldito donde vampiros, hombres lobo y la mafia se disputan el derecho a poseerla, sin saber que ella es la última Heredera de la Niebla y la única capaz de destruirlos a todos."
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CAPÍTULO 4: EL HOMBRE DEL TRAJE NEGRO
El agua negra brotaba del grifo como sangre coagulada.
Luna no podía apartar la mirada. El chorro era espeso, lento, y olía a tierra mojada, a raíces podridas, a algo que había estado enterrado demasiado tiempo y acababa de recordar que existía.
Alec estuvo a su lado antes de que ella parpadeara. Un movimiento tan rápido que sus ojos no lo registraron, solo la consecuencia: el brazo del lobo rodeando su cintura, apartándola del lavabo, su cuerpo desnudo plantado entre ella y el grifo como un escudo de carne y hueso.
—No mires —gruñó, con una voz que ya no era del todo humana—. Las cosas de la Niebla no se miran directamente.
—¿Qué... qué está pasando? —susurró Luna, agarrando el brazo de Alec sin pensar. El músculo bajo su palma era duro como la piedra, pero ardía. Literalmente ardía. Como si dentro de él corriera fuego en lugar de sangre.
El lobo no respondió. Tenía los ojos fijos en el grifo, y sus dedos —con uñas ligeramente más largas de lo que recordaba hacía un minuto— se curvaban como garras.
El agua negra dejó de correr.
Silencio.
Luego, un goteo. Ploc. Ploc. Ploc. Cada gota al caer en la pila de porcelana sonaba como un disparo.
Y entonces, el espejo sobre el lavabo se empañó.
No de vapor. De algo más frío. Algo que escribió letras en el vaho con una caligrafía temblorosa, invertida, como si los dedos que la trazaban estuvieran del otro lado del cristal.
Las letras decían:
«TRES REYES. UN TRONO. SANGRE.»
Debajo, una sola palabra:
«PRONTO.»
El espejo se resquebrajó de arriba abajo con un crujido seco. Y del interior de la grieta, algo oscuro y húmedo comenzó a filtrarse.
Alec no lo dudó. Agarró a Luna por la muñeca y la sacó del baño a rastras, cerró la puerta de una patada y arrastró la mesa de la cocina contra ella.
—¿Qué has visto? —jadeó Luna, temblando de pies a cabeza.
—Nada bueno —respondió él, pasándose una mano por el pelo—. Las Marcas. Las putas Marcas de la Bruja Original. Creía que eran una leyenda.
—¿Bruja Original? ¿De qué hablas?
Alec se giró hacia ella. Sus ojos dorados habían recuperado el tono miel, pero seguían brillando con una intensidad antinatural. La miró como si intentara leer algo escrito en sus huesos.
—Tu abuela no te contó nada, ¿verdad?
—Mi abuela —Luna soltó un resoplido histérico— me dejó una cabaña en medio de la nada, un diario con instrucciones para no confiar en nadie y un cuadro suyo en la pared del salón que me mira como si supiera algo que yo no. Eso es todo lo que me contó.
Alec abrió la boca para responder, pero no llegó a hacerlo.
Tres golpes en la puerta principal.
Toc. Toc. Toc.
No eran los golpes pausados de Viktor. Eran más firmes. Más autoritarios. Y detrás de ellos, una voz que Luna reconoció al instante, aunque nunca la había oído antes.
—Señorita Luna. Soy Dante Moretti. Abra, por favor. El bosque no es seguro esta noche.
Luna y Alec intercambiaron una mirada.
—El hombre del traje negro —murmuró ella.
—El nieto del que mató a tu abuela —corrigió Alec, con un gruñido grave retumbando en su pecho.
Luna sintió cómo el mundo se le hundía bajo los pies.
—¿Qué?
—1954. Salvatore Moretti. Tu abuela Margaret. La Bruja de la Niebla. El tiro en la cabeza. —Alec hablaba rápido, como si cada palabra le costara un trozo de humanidad—. Dante es su sangre. Y ha venido a terminar lo que su abuelo empezó.
La puerta crujió. Del otro lado, Dante suspiró, audible incluso a través de la madera maciza.
—No soy tan dramático como mi amigo el lobo, señorita. He venido a ofrecerle un trato. El mismo que su abuela rechazó hace setenta años. —Una pausa. Cuando volvió a hablar, su voz era más baja, más íntima—. Pero ella no tenía lo que usted tiene.
—¿Y qué tengo yo? —preguntó Luna, acercándose a la puerta a pesar de las manos de Alec que tiraban de su brazo para detenerla.
Silencio.
Luego, la voz de Dante, tan cerca que Luna juró que podía sentir su aliento a través de la madera:
—Una oportunidad.
Alec soltó un rugido ahogado, dio dos zancadas y abrió la puerta de golpe, arrancándola casi de sus goznes.
Dante Moretti estaba en el umbral.
Traje negro impecable, camisa blanca sin corbata, los dos primeros botones desabrochados. Moreno, de rasgos afilados, con esa belleza peligrosa de los hombres que han crecido entre cuchillos y seda. Sus ojos negros no miraron a Alec. Miraron directamente a Luna.
Y sonrió.
No era la sonrisa tensa de Viktor. No era la mueca preocupada de Alec. Era la sonrisa de un hombre que ya había ganado la partida antes de sentarse a la mesa.
—Buenas noches, señorita Luna. —Inclinó ligeramente la cabeza, como un actor al recibir un aplauso—. Siento el espectáculo de su baño. La Bruja Original tiene mal humor cuando la ignoran durante décadas.
Luna apretó el diario contra su pecho.
—Usted es un Moretti.
—El último, por desgracia. Mi abuelo tuvo mala suerte con las herederas. Primero la suya. Luego la mía. Pero yo soy más paciente. —Sus ojos brillaron—. Y mucho más educado.
—Tu abuelo mató a su abuela —escupió Alec, plantándose entre ellos con los puños cerrados.
Dante no se inmutó.
—Mi abuelo mató a una Bruja de la Niebla que se negó a cooperar. Yo vengo a ofrecer cooperación a la siguiente. —Desvió la mirada hacia Luna—. Usted no tiene por qué terminar como Margaret, señorita. Usted puede terminar en la cima. Con nosotros. Con los tres.
—¿Los tres? —Luna frunció el ceño.
Dante dio un paso al frente. Alec gruñó, pero no lo detuvo. Algo en la presencia del mafioso —una autoridad tranquila, una certeza absoluta— parecía poner incluso al lobo en guardia.
—Viktor Volkov controla la noche. Alec Sterling controla la tierra. Y yo controlo todo lo que se mueve entre medias. Dinero. Armas. Información. Los humanos nos odian, nos temen, pero nos necesitan. Sin nosotros, este valle sería un matadero.
—¿Y yo qué pinto ahí?
Dante la miró a los ojos. Y por un instante, solo un instante, la máscara de cortesía se deslizó. Debajo había algo crudo. Casi desesperado.
—Usted es la llave, señorita Luna. Las Brujas de la Niebla pueden cerrar la puerta que la Bruja Original dejó abierta. La puerta de donde salió esa agua negra. La puerta detrás de la cual hay cosas que ni los vampiros ni los lobos ni los mafiosos pueden detener.
El viento aulló fuera. La niebla golpeó las ventanas como un animal enjaulado.
—Y si no la cierro yo? —preguntó Luna.
Dante sostuvo su mirada un largo segundo.
—Entonces la Bruja Original saldrá. Y cuando eso ocurra, ninguno de los tres reyes de Cresta Negra —ni el muerto, ni la bestia, ni el gánster— podrá proteger a nadie. Ni siquiera a usted.
El diario de Margaret vibró en las manos de Luna.
No metafóricamente. Vibró de verdad. Las páginas se abrieron solas, a mitad del libro, y una frase escrita en rojo —sangre real, no tinta— brilló en la penumbra:
«La puerta se abre con sangre de Heredera. La puerta se cierra con corazón de Heredera. Elige, Luna. Pero elige antes de que la Niebla elija por ti.»
Luna levantó la vista.
Viktor estaba en la ventana. No había oído llegarle. Simplemente estaba allí, con su traje impecable y sus ojos de bourbon, mirándola a través del cristal empañado.
Los tres reyes de Cresta Negra, reunidos en su puerta.
Y ella, en medio, con la llave en una mano y el diario en la otra.
—Está bien —dijo Luna, y su voz sonó más firme de lo que se sentía—. Hablaremos. Pero no aquí. Y no esta noche.
Viktor inclinó la cabeza desde la ventana. Alec cruzó los brazos, sin apartar los ojos de Dante. Y Dante... Dante sonrió.
—Como usted mande, señorita Heredera —dijo, y en su voz había algo que hizo que hasta Viktor, el Primogénito de la Sangre, se estremeciera ligeramente.
Sumisión.
El hombre del traje negro acababa de inclinarse ante ella.
Y eso, en Cresta Negra, era más peligroso que cualquier bruja, que cualquier profecía, que cualquier agua negra brotando de un grifo.
Porque significaba que la partida había cambiado.
Y Luna, sin saberlo, acababa de mover la primera ficha.