⚠️🔞El duque Marek Kizilbash gobierna un territorio sitiado por la peste y las bestias. Dispuesto a todo para salvar a su pueblo, compra en el mercado negro a Naim, un peligroso y orgulloso licántropo de pura sangre.
Lo que el duque ignora es que el contacto carnal despertará la magia ancestral del bosque, desatando un embarazo místico tan acelerado como violento. Atado a Marek por una marca de sangre inquebrantable, el cuerpo trigueño del indomable shou se transformará para gestar al heredero de una nueva era.
Con el consejo de nobles traidores conspirando en las sombras y la Iglesia del Sur avanzando con carros de fuego para destruir la "abominación", Marek y Naim transformarán la torre del castillo en un santuario sagrado. Una historia de dominación absoluta, erotismo salvaje, masacres en las colinas y un amor que se bautizará con la sangre de sus enemigos. Esta novela es sucia y grotesca. Están advertidos.🔞⚠️
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La Niebla
El sol comenzó a ocultarse detrás de las cumbres del Bosque Ancestral, tiñendo el cielo de un color rojo sangre. Con la caída de la tarde, el frío se volvió aún más cortante. Desde las altas murallas del castillo de Alva, el viento traía un olor extraño: una mezcla de azufre, vegetación podrida y una humedad helada que calaba hasta los huesos. La Niebla estaba llegando.
Marek Kizilbash caminaba a paso firme por el camino de ronda de la muralla principal. Vestía su armadura ligera de hierro negro y una capa forrada de piel. A su lado, capturando las miradas de terror y asombro de todos los guardias apostados en las almenas, caminaba Naim.
El licántropo vestía la túnica de lana gris que se ajustaba a su cuerpo musculoso. No llevaba cadenas ni grilletes. Sus muñecas, ahora con cicatrices limpias y rosadas, estaban libres. Caminaba con la elegancia de un depredador, con la cabeza en alto y sus ojos gris tormenta fijos en el horizonte. Los soldados apretaban los mangos de sus lanzas al verlo pasar; no podían creer que el duque hubiera liberado a la bestia del bosque.
—Mira allá abajo —dijo Marek, deteniéndose junto a uno de los baluartes de piedra. Señaló con su mano enguantada hacia los campos de cultivo que rodeaban la fortaleza.
Una masa espesa, blanca y luminosa comenzaba a brotar de la raíz de los árboles del bosque. No era una neblina normal. Avanzaba de forma inteligente, arrastrándose como hilos de humo vivientes sobre la tierra congelada. Donde la Niebla tocaba el suelo, la hierba se ponía negra y moría al instante.
Naim se apoyó en la piedra de la muralla. Sus orejas se movieron levemente y sus fosas nasales se dilataron, inhalando el aire contaminado por la magia mística.
—Está hambrienta —susurró Naim. Su voz sonó más profunda, alterada por la cercanía de la magia de su hogar—. La Niebla no es un clima, duque. Es el lamento del bosque. Los humanos han cortado los árboles sagrados de la frontera sur para hacer vuestras hogueras. El bosque está cobrando el precio en sangre y tierra.
—Si esa masa blanca llega a los silos principales esta noche, mi pueblo morirá de hambre antes de que termine el invierno —respondió Marek, clavando sus ojos oscuros en el shou—. Dijiste que podías ver a través de ella. Dime qué hay dentro.
Naim cerró los ojos por un segundo. Cuando los abrió, sus pupilas ya no eran grises. Habían cambiado por completo a un color ámbar brillante, resplandeciendo en la penumbra de la tarde. La transformación parcial de su mirada delató la activación de su instinto licántropo.
—Vienen tres —declaró Naim, señalando un punto oscuro dentro de la masa blanca que avanzaba hacia la puerta oeste—. Son acechadores de la niebla. Bestias de hueso y sombra. Vuestros hombres no pueden verlas porque la magia humana es ciega. Morirán antes de poder levantar las ballestas.
—Gregor, ordena a los arqueros que apunten al sector oeste —mandó Marek de inmediato.
—¡Pero señor, allí solo hay humo blanco! ¡No vemos nada! —protestó el capitán, con la voz temblando por el miedo.
—¡Disparad adonde os digo! —rugió el duque.
Una lluvia de flechas encendidas voló desde la muralla, hundiéndose en la masa blanca. Se escucharon unos chillidos agudos, inhumanos, como el rechinar de metales oxidados. La Niebla se agitó con violencia. Tres siluetas enormes, parecidas a lobos deformes hechos de madera negra y cráneos de animales, saltaron desde el humo hacia la base del muro, comenzando a trepar la piedra con garras asombrosamente largas.
Los guardias entraron en pánico. Las armas humanas no hacían mella en las criaturas que se desvanecían como humo al recibir los golpes.
—Necesito activar el sello de la puerta baja —dijo Marek, dándose cuenta de que la situación era crítica.
El duque se quitó el guante de la mano derecha. Con su daga de plata, realizó un corte limpio y profundo en su propia palma, cruzando la cicatriz en espiral. La sangre roja y caliente brotó en abundancia. Marek se arrodilló y estampó su palma ensangrentada contra la piedra del suelo de la muralla, comenzando a recitar las runas de protección.
Una barrera de luz rojiza empezó a extenderse por el muro, frenando el avance de los monstruos, pero el esfuerzo mágico golpeó el cuerpo del duque de inmediato. Marek soltó un gemido de dolor; su rostro se puso pálido y el sudor frío comenzó a cubrir su frente. Su magia devoraba su energía vital.
Al ver al duque debilitarse, el Vínculo de Almas que se había sellado la noche anterior en la cama se activó en el cuerpo de Naim. El licántropo soltó un jadeo ahogado, llevándose una mano al pecho. Sintió un pinchazo ardiente en su propio corazón, un eco exacto del dolor y el desgaste físico que Marek estaba sufriendo.
Naim miró al duque arrodillado, desangrándose sobre la piedra para proteger un castillo lleno de humanos que lo odiaban. Algo cambió dentro del orgullo del shou. El deseo posesivo y el instinto de proteger a su macho dominante nublaron cualquier rastro de duda.
—¡Quitaos de en medio! —rugió Naim a los soldados heridos.
El licántropo corrió hacia el borde de la muralla. Sus uñas crecieron hasta convertirse en garras afiladas y sus colmillos rompieron sus encías. Sin miedo a la altura, Naim saltó desde lo alto del muro, cayendo con agilidad felina sobre el lomo de uno de los acechadores de la niebla que intentaba romper la barrera.
Con un movimiento brutal, Naim enterró sus garras en el cráneo de madera de la criatura, destrozándola hasta convertirla en astillas y humo negro. Los otros dos monstruos se abalanzaron sobre él en medio de la Niebla espesa. Naim esquivó los zarpazos con velocidad sobrehumana, moviéndose como un torbellino trigueño entre la masa blanca. Usando su fuerza física pura, tomó a uno de los engendros por las mandíbulas y las abrió con tanta violencia que el hueso crujió, salpicando el lodo de un fluido viscoso y oscuro.
Desde lo alto, Marek observaba la carnicería con la respiración entrecortada. Ver a Naim pelear de esa forma tan salvaje, con el cuerpo tenso, los músculos de los muslos y la espalda marcados bajo la túnica rasgada, encendió un fuego erótico en las venas del duque que barrió por completo la debilidad de la magia. El deseo animal regresó con más fuerza tras el peligro de la batalla.
La última criatura, asustada por la ferocidad del licántropo de ojos ámbar, retrocedió hacia la profundidad del bosque, arrastrando la Niebla consigo. El peligro inmediato había pasado; los campos del sur estaban a salvo por esa noche.
Naim regresó al castillo subiendo por la puerta de la poterna que Gregor abrió a toda prisa. El shou entró al patio de armas jadeando, con la túnica rota en el pecho, dejando al descubierto sus pectorales trigueños cubiertos de sudor y salpicaduras de la batalla. Sus ojos seguían brillando en un tono ámbar encendido.
Marek bajó de la muralla con pasos firmes. Su mano derecha seguía goteando sangre, pero sus ojos oscuros devoraban la figura del lobo victorioso. Los soldados se hicieron a un lado en absoluto silencio, asombrados por el poder de la criatura que el duque había comprado.
Marek tomó a Naim del brazo con brusquedad y lo arrastró de regreso hacia la escalera de la torre oeste. Naim no se resistió; la adrenalina de la pelea y el dolor compartido del vínculo lo habían dejado en un estado de excitación incontrolable. El olor a sangre de Marek y el almizcle salvaje de Naim se mezclaron en el aire del pasillo.
Al entrar a la habitación de piedra, Marek cerró la puerta con el cerrojo y empujó a Naim contra la madera de la entrada. El impacto fue seco. El duque atrapó los labios del licántropo en un beso violento, lleno de urgencia y posesividad. Naim respondió gimiendo contra su boca, abriendo las piernas para dejar que el cuerpo armado de Marek se presionara contra su entrepierna.
—Has salvado mi muralla, lobo —susurró Marek contra el cuello de Naim, lamiendo el sudor que corría por su piel caliente—. Pero tu cuerpo me pertenece.
Marek bajó sus manos hacia la túnica rota de Naim y la rasgó por completo con un movimiento fuerte, dejando el cuerpo del shou totalmente desnudo bajo la luz titilante de la chimenea. La hombría de Naim estaba rígida, pulsando de excitación por la violencia del combate. Su entrada anal, lubricada por la magia de su especie que reaccionaba a la cercanía del duque, goteaba un fluido transparente sobre la madera del suelo.
Marek no perdió tiempo en quitarse la armadura completa; solo se desabrochó los pantalones de montar y liberó su miembro grueso y venoso, que estaba dolorido por la acumulación de deseo. Tomó una de las piernas de Naim y la elevó, apoyándola contra su propia cintura, abriendo la intimidad del licántropo por completo.
Marek tomó la mano herida de su mano derecha y la entrelazó con la de Naim, mezclando la sangre del duque con la piel del lobo. Sin ninguna preparación, Marek se impulsó hacia adelante, hundiéndose de una sola estocada brutal y profunda dentro del cuerpo caliente de Naim.
El grito de Naim fue un eco salvaje que resonó en toda la torre. Sus paredes internas se cerraron como un puño de fuego alrededor del miembro de Marek, apretándolo con una delicia explícita que hizo que el duque soltara un rugido. Las embestidas comenzaron de inmediato, rápidas, duras y ruidosas contra la puerta de madera. La unión ya no era solo física; la magia del bosque y la sangre de las runas se entrelazaron en cada penetración, sellando el destino de ambos en medio de la noche invernal.