Zaya siempre fue rechazada por su manada por no transformarse en el tiempo esperado. Cuando finalmente despierta a su loba, Sura, aun así es expulsada tras ser rechazada por su compañero destinado, el alfa Varg. Condenada como renegada, sobrevive en el bosque hasta encontrar la Manada de la Oscuridad.
Allí conoce a Zack, otro renegado, con quien crea un vínculo muy fuerte. Ambos se ven envueltos en un conflicto mayor cuando Zack descubre que es el compañero destinado de Maia, hermana del temido Alfa Razkan (Sombra), líder de la manada. Esto provoca tensiones entre el destino, la lealtad y la autoridad.
Mientras Zaya intenta adaptarse y sobrevivir en este nuevo mundo, secretos sobre el pasado de Razkan y la destrucción de su antigua compañera revelan que el destino de todos está profundamente conectado, y que Zaya podría tener un papel decisivo para cambiarlo todo.
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Capítulo 01
Y ahí estaba ella, en un día aparentemente normal, preparando comidas, lavando, ordenando, planchando. Zaya era la Cenicienta de la historia de los lobos. No sabía lo que era recibir un gesto de cariño o una palabra de amor. Todos a su alrededor simplemente la ignoraban o le daban órdenes, como si su existencia fuera irrelevante.
La menor de la familia Morgando, Zaya cargaba con un peso aún mayor por ser hija del beta Malakor. Aun así, era rechazada por todos, tratada como un error que la manada prefería olvidar. El motivo era simple —y cruel: todavía no se había transformado.
Entre los lobos, la primera transformación ocurre a los dieciocho años. Para Zaya, sin embargo, el tiempo había pasado sin piedad. A los veinte años, nada había sucedido. Ninguna señal de su loba. Ningún cambio. Solo miradas de desprecio, murmullos y el peso de no pertenecer.
Ella siempre acataba las órdenes. Permanecía callada cuando la ofendían o incluso la agredían. Nunca cuestionaba nada, porque, en el fondo, se sentía inferior, como si no tuviera derecho a existir más allá de lo que le imponían.
Y, una vez más, ahí estaba su padre, frente a toda la manada, contando con orgullo cómo había derrotado a Lazarus, el lobo alfa que intentó apoderarse del territorio de su alfa y amigo, Balthazar. Su voz resonaba por el gran salón, cargada de gloria y vanidad. Pocos de los presentes, sin embargo, sabían lo que realmente había ocurrido en aquella guerra.
Tras la victoria, Balthazar consolidó su poder, asumiendo también el control de la manada de Lazarus. Para garantizar que ninguna amenaza surgiera en el futuro, ordenó la ejecución de toda la familia del alfa derrotado, eliminando cualquier posibilidad de venganza.
Su propio hijo, Varg, fue preparado desde temprano para liderar y gobernar con puño firme, siendo entrenado por Malakor, el beta fiel y cómplice de todas las decisiones del alfa. Varg asumió el mando de la Manada del Oeste, mientras su padre tomaba posesión de la nueva manada conquistada, la Sol Naciente, una tierra más fértil, atravesada por un río de aguas cristalinas que simbolizaba prosperidad y poder.
Sonrisas aparecían en los rostros. Aplausos resonaban por el salón cada vez que Malakor repetía la historia, como si la violencia narrada fuera motivo de orgullo.
Todos aplaudían.
Excepto Zaya.
Con cada detalle que contaban, el estómago se le revolvía. Para Zaya, aquella no era una historia de honor, sino de crueldad.
Incapaz de permanecer ahí un minuto más, abandonó el gran salón en silencio. En cuanto cruzó la salida, se topó de frente con su media hermana, Freya.
— ¿A dónde crees que vas? ¿No sabes que tienes que servir a todos? No puedes huir de tu trabajo, Zaya. Para eso naciste: para servir —la reprendió Freya.
— Freya... solo quería descansar un poco... —intentó argumentar, con la voz quebrada. Y...
— Nada de eso. Regresa ahí adentro. Solo saldrás cuando la fiesta termine.
Zaya bajó la cabeza, tragándose el dolor, y volvió en silencio, acatando la orden de su hermana.
Las lágrimas le rodaron por el rostro mientras caminaba. No quería esa vida.
En lo profundo de su pecho, una pregunta resonaba, dolorosa y sin respuesta:
¿Por qué la Diosa de la Luna la había elegido para sufrir tanto?
Pasaron algunas horas. La joven estaba exhausta; los pies le dolían, le ardían con cada paso. Lo que Zaya más deseaba era volver al sótano, el lugar donde dormía por orden de su madrastra, una orden que su padre jamás cuestionó. Su alimentación provenía de las sobras, como si hasta la comida fuera un privilegio que no merecía.
Cuando por fin terminó el trabajo, el gran salón ya estaba vacío. La fiesta había acabado hacía mucho.
Zaya salió y caminó por la aldea en silencio, sintiendo el viento frío tocarle el rostro cansado. Cerró los ojos por un instante, permitiéndose sentir la fuerza que provenía del bosque cercano. Entonces comenzó a cantar, en voz baja.
Ese era el único remedio que conocía para aliviar las heridas de su alma.
Fue cuando una voz cortó la noche.
— ¿A dónde crees que vas, Zaya? —se burló Natasha, una de las lobas del grupo de Freya, siempre a la sombra del alfa Varg.
Estaba acompañada de otros jóvenes, lobas y lobos conocidos por su crueldad, siempre dispuestos a humillar a quienes consideraban más débiles.
— La fiesta todavía no terminó. Queremos más bebidas.
Zaya respiró hondo antes de responder, con la voz temblorosa:
— ¿No... no han bebido suficiente ya? Todos se fueron a sus casas, y...
— ¿Cómo te atreves a cuestionarme? ¿Olvidaste de quién soy hija? Freya y yo somos las lobas más importantes de esta manada. Voy a enseñarte a tener más respeto... y a recordar cuál es tu lugar —soltó Natasha, avanzando hacia ella.
Sin previo aviso, Natasha se lanzó contra Zaya. El primer golpe la hizo tambalearse. El segundo la arrojó al suelo. Cada impacto le arrancaba el aire de los pulmones.
A su alrededor, risas.
El alfa Varg observaba con una sonrisa satisfecha en el rostro, al igual que sus amigos, que presenciaban la escena como si fuera entretenimiento.
— No te pases con ella, Nat. No olvides que es débil e inútil. No puedes matar a nuestra sirvienta —habló Freya en un tono gélido.
Zaya intentó levantarse, pero la empujaron de nuevo al suelo.
— No te preocupes, Freya, solo quiero jugar un poco —respondió Natasha entre risas.
— ¿Alguien más quiere divertirse?
Otra loba se acercó, pateando a Zaya mientras ella se encogía, tratando de protegerse el rostro. Manos la jalaban, empujones la hacían caer de nuevo. Cada golpe venía acompañado de risas, insultos y desprecio.
Y entonces, Freya también avanzó.
Sin vacilar, le asestó una bofetada brutal que le hizo girar la cabeza.
— Levántate cuando alguien importante te hable —ordenó, la voz cargada de veneno.
Zaya permaneció en el suelo, el cuerpo adolorido, el corazón aún más herido.
Ninguno de ellos intentó impedirlo.
Ninguno de ellos sintió culpa.
En aquella manada, su dolor era solo un espectáculo.
— ¿Y ese collar? ¿Quién te dio derecho a usarlo? —preguntó Natasha con una sonrisa.
Zaya se llevó la mano al pecho por instinto, protegiendo el pequeño dije.
— Es mío... Era de mi madre —respondió con la voz temblorosa.
La risa de Natasha resonó cruel.
— ¿Tu madre? ¿Aquella traidora que intentó ocupar el lugar de la Luna? ¿Que se atrevió a desear lo que no le pertenecía y dejó atrás a una hija débil como tú?
Freya se acercó, la mirada fría.
— Nuestra madre le dio lo que merecía. Solo estás pagando el precio por haber traicionado a la verdadera compañera del beta.
Natasha ladeó la cabeza, los ojos brillándole de codicia.
— Eso me quedaría mucho mejor a mí.
Sin aviso, le arrancó el collar del cuello a Zaya.
— ¡No! —gritó Zaya.
En el instante en que el collar dejó su piel, algo se rompió.
Zaya levantó la cabeza bruscamente, el corazón desbocado, como si una fuerza ancestral hubiera sido liberada. Un dolor arrollador le atravesó el cuerpo, haciéndola gritar. Sus huesos crujieron, el sonido resonando en la noche. La columna se le curvó de forma antinatural mientras sus manos presionaban el suelo.
Las uñas crecieron, afiladas, clavándose en la tierra. La piel le ardía como fuego líquido.
Entonces, el pelaje comenzó a brotar.
No era oscuro.
Un blanco sucio, extraño, se extendió por sus brazos, subiendo por los hombros, envolviendo su cuerpo. Una loba en la que no había belleza.
Las risas continuaron.
Los ojos de Zaya brillaron en un tono plateado, salvaje, antiguo.
Cerró los ojos por un breve instante, sintiendo el poder crecer, dominar, reclamar su lugar. Un aullido contenido vibró en su pecho, cargado de dolor, furia y despertar.
Cuando volvió a abrirlos, ya no quedaba nada humano en esa mirada.