En un mundo devorado por el sol, Elena huye de su pasado para caer en los brazos de Valerius, el implacable Rey del Norte. Entre sombras y una obsesión incontrolable, su amor prohibido desata un poder ancestral. Juntos, desafiarán el destino para engendrar un imperio donde la noche nunca termina."
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VALERIUS 6
El Reino del Sur siempre me había parecido un escenario de teatro: fachadas de mármol blanco, sonrisas ensayadas y un sol que pretendía ignorar la podredumbre que crecía en los sótanos de la aristocracia. Pero esa mañana, mientras permanecía en mi estudio privado en la capital del Norte, el aire se sentía distinto. Frío. Un frío que no provenía de mis montañas, sino de un acto de voluntad.
Mi primer general entró sin llamar, dejando un informe sobre mi escritorio de piedra negra. Su rostro estaba rígido.
—El Barón Valeska ha muerto, mi Señor —dijo, con una voz que delataba su desconcierto—. Lo encontraron al amanecer.
—¿Valeska? —arqueé una ceja, dejando la pluma a un lado. El Barón era el hombre que había financiado a los mercenarios del bosque. Yo mismo había marcado su nombre en mi lista negra para una visita nocturna que no olvidaría jamás—. ¿Quién se me ha adelantado?
—Ese es el problema, Señor. No hubo espadas. No hubo veneno rastreable. Los médicos dicen que su corazón simplemente se detuvo. Pero los sirvientes... —el general dudó— dicen que la habitación estaba sumida en una oscuridad que las antorchas no podían disipar. Dicen que el Barón murió gritando, suplicando a las sombras que le devolvieran el aire.
Me puse en pie lentamente, caminando hacia el ventanal que miraba hacia la frontera sur. Una extraña satisfacción, un calor oscuro, empezó a recorrer mis venas.
—Sombras —susurré para mí mismo—. Así que mi pequeño monstruo del bosque no solo observa. También muerde.
El Regreso de Incógnito
No podía quedarme en mi trono esperando el siguiente informe. Necesitaba oler ese rastro. Necesitaba entender qué clase de criatura en el Sur manejaba la oscuridad con tanta precisión. Crucé la frontera dos días después, despojado de mi armadura real y vestido con cueros de viajero y una capa gris que ocultaba la empuñadura de mi espada.
Llegué a la capital del Sur bajo un cielo de un azul insultante. Me mezclé con la multitud en el mercado, escuchando los susurros de los plebeyos. El miedo es una fragancia que reconozco a leguas; huele a metal y a sudor frío. Y en esta ciudad, el miedo empezaba a perfumar las calles.
—Pobre Barón —decía una lavandera—. Dicen que su cara estaba azul, como si algo le hubiera robado el alma por la boca.
—Es una maldición —respondía su compañera—. Una maldición que viene del Norte.
Sonreí bajo mi capucha. No era una maldición de mi reino. Era algo local. Algo que vivía aquí, entre ellos, y que se alimentaba de su hipocresía.
El Nido de la Paloma
Mis pasos, guiados por un instinto que nunca me había fallado en el campo de batalla, me llevaron hacia el barrio más exclusivo, donde las mansiones se alzaban como monumentos a la codicia. Me detuve frente a una propiedad en particular: Vallemont.
Era una construcción imponente, rodeada de jardines que bajo el sol parecían perfectos, pero que en las esquinas, donde la luz no llegaba, parecían respirar. Me apoyé contra un farol de hierro al otro lado de la calle, observando.
—¿Quién es el dueño de esa casa? —le pregunté a un mendigo que descansaba cerca, lanzándole una moneda de plata.
—Esa es la casa de Lady Elena, señor —respondió el hombre, sus ojos brillando al ver el metal—. Una huérfana. Dicen que es la mujer más rica de la provincia, pero vive como una ermitaña. Una criatura delicada, de porcelana. Pura luz, dicen algunos.
Me quedé mirando la ventana del segundo piso. Mis sentidos, agudizados por años de guerra contra horrores que los hombres del Sur ni siquiera pueden imaginar, detectaron algo. No era luz.
Era un eco. Una vibración en el aire que me recordaba al momento en el bosque cuando sentí que las sombras me acariciaban.
"¿De porcelana, Elena?", pensé, sintiendo una chispa de diversión depredadora. "Las muñecas de porcelana no tienen sombras tan densas como las que envuelven tus muros".
En ese momento, una de las cortinas se movió apenas un centímetro. No vi un rostro, solo una silueta fugaz. Pero fue suficiente. La conexión fue instantánea, una descarga eléctrica que me recorrió la columna. Alguien allí dentro me estaba mirando. Alguien allí dentro sabía exactamente quién era yo, a pesar de mi disfraz.
—Así que este es tu juego —murmuré, ajustando mi capa—. Me estás haciendo regalos de sangre. Estás limpiando mi camino antes de que yo mismo pueda dar el paso.
No era amor lo que sentía emanar de esa casa. Era algo mucho más peligroso. Era una obsesión que igualaba a la mía. Ella no quería salvarme; quería poseerme, quería ser la única que tuviera el derecho de ver mis manos manchadas de sangre.
Caminé de regreso a mi posada, con una idea clara en la mente: el Marqués de Altamira era el siguiente en la lista conspiradora. Si mi teoría era correcta, mi protectora silenciosa no tardaría en ir por él. Y esta vez, yo estaría allí para verla cazar.
"Busca bien, Elena", pensé mientras me perdía en la multitud. "Porque el Emperador de las Sombras no es un hombre que acepte regalos sin dar algo a cambio. Y mi precio es descubrir qué hay bajo esa piel de porcelana".