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La Chica Del Cabello Infinito

La Chica Del Cabello Infinito

Status: Terminada
Genre:Magia / Familia mágica / Fantasía épica / Completas
Popularitas:1.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Tatiana.

En el pequeño pueblo de Valleoscuro, donde las montañas se alzaban como gigantes dormidos y la niebla solía quedarse abrazada a los tejados hasta bien entrada la mañana, todos conocían a Mariana. No por su nombre, ni por su familia, ni por nada que hubiera dicho o hecho, sino por una sola cosa: su cabello. Era rojo, del tono intenso de las brasas que arden despacio en la chimenea, rizado como las olas de un mar que nunca se calma, y tan largo, tan increíblemente largo, que nadie había logrado ver dónde terminaba.
Mariana tenía la piel morena, suave y cálida como la tierra fértil de los valles cercanos, y sus ojos eran del color del ámbar, brillantes y profundos, como si guardara en ellos todos los atardeceres que se habían visto caer sobre aquel rincón del mundo. Vivía en una casa pequeña, de paredes de adobe y techo de tejas rojas, situada al final del camino principal

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Capitulo 13: Cuando la luz encontro su refugio.

Mariana vivió allí durante mucho tiempo, pero nunca dejó de cumplir su misión. Desde su pequeña casa de adobe, seguía sintiendo todo lo que pasaba en el mundo a través de sus hilos infinitos, sanaba lo que estaba enfermo, guiaba a los perdidos y recordaba a todos que la magia verdadera no estaba en palacios ni en armas, sino en el vínculo que une a todos los seres vivos.

Y así, la leyenda de Mariana, la chica de cabello infinito, se contó de generación en generación, enseñando que el amor y la conexión son más fuertes que cualquier oscuridad, y que nadie está realmente solo, porque siempre hay un hilo invisible que nos une a todos.

Mariana en lo más alto de la torre de la Ciudad Alta, bajo un cielo estrellado. Está sentada con los ojos cerrados, en profunda concentración. Su cabello cae por las paredes de la torre extendiéndose hacia el infinito, y en el aire se dibujan imágenes luminosas: el abismo oscuro, el Señor de las Sombras y el ejército que se prepara para atacar. Todo tiene un ambiente de misterio y determinación.

La gran llanura frente a la Ciudad Alta. Al fondo se ven las murallas blancas iluminadas por las barreras de luz. En primer plano avanza el inmenso ejército de sombras, cubriendo todo con una oscuridad espesa. Pero en medio de la llanura está Mariana, brillando con luz propia, con su cabello extendido como un río de fuego que se enfrenta valientemente a la oscuridad.

El momento cumbre de la batalla. Miles de hebras luminosas de su cabello se elevan formando una red inmensa que cubre todo el cielo. Dondequiera que tocan a las criaturas oscuras, estas recuperan su forma y paz. Mariana está en el centro, firme y luminosa, enfrentando al Señor de las Sombras, que retrocede derrotado ante su luz inagotable.

El amanecer en Valleoscuro. Mariana camina por el camino principal, rodeada de sus vecinos que corren a abrazarla. Su cabello rojo rizado fluye libremente por el suelo, llenando el pueblo de luz y alegría. En el fondo se ve su pequeña casa de adobe, y el árbol que plantó en su viaje, ahora grande y frondoso, señalando que siempre hay un lugar al que volver.

El Gran Salón del Consejo, que poco antes había sido escenario de sombras, traiciones y luchas, ahora estaba lleno de una luz suave y cálida, la misma que emanaba del cabello rojo de Mariana. Esos rizos, que se extendían por todo el suelo de cristal como una manta viva, ya no brillaban con la intensidad de la batalla, sino con la calma de quien ha cumplido su propósito. Los doce consejeros, antes orgullosos y distantes, ahora permanecían con la cabeza ligeramente inclinada, en señal de respeto y gratitud. Ella, parada en el centro, no parecía una reina ni una gobernante, sino algo mucho más grande: un puente entre los pueblos, una guardiana de la verdad, la joven que había llegado desde Valleoscuro con nada más que su valentía y su extraño y maravilloso don, y que había cambiado todo lo que conocían.

Cuando el último de los asistentes abandonó la sala y las grandes puertas de madera tallada se cerraron suavemente, Mariana dejó escapar un suspiro largo, como si todo el peso que había llevado en su espalda durante semanas se desvaneciera de golpe. Sus piernas, firmes durante todo el conflicto, ahora temblaban un poco, y tuvo que sentarse en uno de los escalones de la plataforma donde antes se sentaban los consejeros. Sus manos acariciaron su propio cabello, que se extendía lejos de ella, llegando hasta las columnas más lejanas; cada hebra seguía brillando, aunque con menos fuerza, como si también estuviera descansando.

—Has sido increíble, Mariana —dijo una voz suave desde la entrada.

Ella levantó la vista y vio acercarse a él. Kael era uno de los guardianes que custodiaban las torres más altas de la Ciudad Alta. Era un hombre de complexión fuerte, de cabello oscuro y ojos color avellana que siempre parecían estar observando todo con atención, pero con una bondad que pocos tenían. Desde que ella había llegado, él había estado ahí: primero como un simple guía que le mostró los caminos de la ciudad, luego como alguien que le ayudaba a entender las reglas y costumbres de aquel lugar extraño, y finalmente, como su apoyo más leal cuando las sospechas y las amenazas comenzaron a aparecer. Mientras los demás consejeros dudaban, mientras otros guardias se alejaban por miedo, Kael se había quedado a su lado, tranquilo y seguro, diciéndole siempre: “Tu luz no es peligro, es esperanza. Y yo estaré aquí para protegerla”.

—No hice nada sola —respondió ella con una media sonrisa, limpiándose una pequeña lágrima que le había escapado sin darse cuenta—. Si no hubieras estado ahí para advertirme, para explicarme lo que pasaba entre los consejeros, tal vez la oscuridad habría ganado.

Kael se sentó a su lado, dejando un espacio respetuoso entre los dos, y miró hacia la sala vacía. —Yo solo vi lo que pocos podían ver: quién eres realmente. No solo esa luz que sale de tu cabello, sino la persona que llevas dentro. Llegaste aquí desde tan lejos, dejaste a tu familia, tu pueblo, todo lo que conocías, solo para cumplir con lo que creías justo. Eso es lo que te hace especial, Mariana. Más que cualquier don o cualquier magia.

Ella se quedó en silencio, mirándolo de reojo. Había algo en la forma en que él le hablaba que le hacía sentir una paz que no sentía desde que salió de Valleoscuro. Allá, su familia y sus vecinos la querían, claro, pero siempre la veían como “la chica del cabello brillante”, como alguien diferente, alguien que tenía un destino especial. Incluso entre los emisarios que la acompañaron, siempre había un aire de respeto mezclado con distancia, como si estuvieran cuidando algo valioso y extraño. Pero con Kael… con él ella se sentía simplemente Mariana: una chica joven, con miedos, con dudas, que a veces extrañaba su hogar y que se sentía abrumada por todo lo que le estaba pasando.

—¿Te acuerdas del primer día que llegué? —preguntó ella de repente, sonriendo al recordar—. Estaba tan nerviosa que casi no podía caminar. Todo aquí me parecía tan alto, tan blanco, tan… perfecto. Y yo llegué con mis ropas sencillas, con el cabello desordenado por el viaje, y pensé que todos se reirían de mí.

Kael soltó una risa baja y agradable. —¡Claro que me acuerdo! Yo estaba en la puerta principal, encargado de recibir al grupo que venía del sur. Cuando te vi llegar, con ese cabello rojo que brillaba tanto que iluminaba todo el camino de la montaña, pensé que estaba viendo algo que solo existaba en las leyendas. Pero luego te vi mirar todo con esos ojos tan grandes y curiosos, y te vi apretar la mano de tu madre con tanta fuerza, y entendí: eras una niña que tenía que enfrentar un mundo enorme. Y supe entonces que quería ayudarte.

Mariana sintió cómo su corazón latía un poco más rápido. Se giró un poco hacia él, y sus rizos se movieron suavemente, rozando la pierna de Kael. Él no se apartó; al contrario, bajó la mirada hacia ese cabello que tanto llamaba la atención de todos, pero no con asombro o admiración distante, sino con ternura.

—Desde ese día siempre estás ahí —dijo ella en voz baja—. Cuando me perdía en los pasillos, cuando no entendía las reuniones, cuando tenía pesadillas por las noches… siempre apareces, sin que te llame, como si supieras cuándo te necesito.

—Porque siempre lo sé —respondió él, y por primera vez sus ojos se encontraron con los de ella, sin apartarse—. No sé cómo explicártelo. Desde que te vi, siento que mi lugar es donde tú estás. Que mi trabajo no es solo cuidar las torres o las puertas, sino cuidarte a ti. Porque tu luz es lo que nos mantiene a todos a salvo, sí… pero para mí, eres mucho más que eso.

El silencio que siguió no fue incómodo, sino lleno de cosas que no hacía falta decir. Mariana sentía que su pecho se llenaba de algo cálido, parecido a la luz que salía de su cabello, pero más suave, más íntimo. Se dio cuenta entonces de que, en las semanas que habían pasado, su admiración por él se había transformado en algo más profundo. Que cada vez que él llegaba, su día se volvía mejor. Que cuando él se iba, ella esperaba impaciente su regreso. Que Kael se había convertido, sin darse cuenta, en su refugio, tal como ella se había convertido en la guía de todos.

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Fátima Noelia Gauto
acaso sos una retrazada?? no te contaron ya la verdad??
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