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La Mujer Sin Rostro

La Mujer Sin Rostro

Status: En proceso
Genre:Reencarnación(época moderna) / CEO / Posesivo
Popularitas:2k
Nilai: 5
nombre de autor: Jesse25

Hay amores para toda la vida y todas las vidas que sigan.

NovelToon tiene autorización de Jesse25 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

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Acto I: La Pieza

Capítulo 6: La cena

Laura llegó el viernes con una bolsa de comida china, dos latas de cerveza que no eran de su marca favorita pero eran las que estaban de oferta, y una expresión de "te voy a interrogar hasta que confieses".

—Huele a pintura fresca —dijo nada más entrar.

—Siempre huele a pintura.

—Hoy huele más.

Dejó la bolsa en la única superficie limpia del estudio (la mesa que usaba para comer, dibujar y apoyar el portátil, en ese orden) y se giró hacia mí con los brazos cruzados.

—¿Qué has pintado?

—Nada.

—Mientes.

—Bocetos. Cosas sueltas.

—Enséñamelos.

—No.

—Irene.

—Laura.

—Enséñamelos o me tiro por la ventana.

—Estamos en un cuarto.

—Me tiro igual. Me mato por tu culpa y tu madre me maldecirá en todas las comidas familiares para siempre.

Suspiré. Con Laura no se podía. Nunca se pudo.

Señalé la carpeta marrón que estaba apoyada contra la pared, junto al sillón de Blanca. La gata, como si entendiera la conspiración, se levantó y se fue a la cama, negando cualquier implicación.

Laura abrió la carpeta y empezó a hojear.

Los primeros eran bocetos viejos, de esos que hacía cuando no podía dormir: manos, pliegues de ropa, la espalda de Blanca enroscada. Luego vinieron los más recientes: posturas, estudios de luz, una serie de perfiles incompletos.

Y luego, los ojos.

—Hostia.

—No es nada.

—¿Esto no es nada?

Sostenía el dibujo de los ojos azul oscuro. Lo había hecho sin pensar, dos noches atrás, y desde entonces estaba en la carpeta, escondido, como un secreto que yo misma no quería reconocer.

—Son unos ojos —dije—. Dibujo ojos.

—Dibujas ojos, sí. Pero no dibujas ojos así. Estos ojos tienen... no sé. Tienen algo.

—Tienen pupilas.

—No me jodas, Irene.

Se sentó en el suelo, con el dibujo en las manos, y me miró fijamente.

—¿De quién son estos ojos?

—De nadie.

—Irene.

—De alguien.

—¿De quién?

—De mi jefe.

El silencio se instaló en el estudio como un inquilino no deseado. Laura me miró. Yo miré a Blanca, que fingía dormir. La gata siempre fingía en los momentos importantes.

—¿Del tío rico? —preguntó Laura.

—Del mismo.

—¿Del que te mira raro?

—Ese.

—¿Del que te invitó a comer?

—Sí.

—¿Y has dibujado sus ojos?

—Fue sin querer.

—¿Cómo se dibujan unos ojos sin querer?

—Pasó. Estaba dibujando y salieron.

—¿Y por qué él?

—No lo sé.

Laura dejó el dibujo con cuidado sobre la mesa y se sentó a mi lado. Ya no había burla en su cara. Solo esa seriedad que le salía muy de vez en cuando, casi siempre cuando algo iba mal.

—Tú no dibujas a nadie —dijo—. Llevo doce años viéndote dibujar.

Nunca has dibujado a nadie. Manos, cuerpos, posturas, pero nunca rostros. Nunca ojos.

—Ya lo sé.

—Y ahora dibujas los ojos de tu jefe. El tío que aparece en tu oficina como por casualidad, que te invita a comer, que te mira raro.

—Ya lo sé.

—Eso no es normal, Irene.

—Lo sé.

—¿Y qué vas a hacer?

—Nada. No voy a hacer nada. Es mi jefe. Gano dinero gracias a él. Mi madre no me llama para preguntar cuándo voy a dejar de ser una muerta de hambre. Mi tía tiene contactos en Berlín. No voy a hacer nada.

Laura asintió lentamente. Luego cogió las dos cervezas, abrió una y

me la dio.

—Bebe.

Bebí.

—Ahora dime la verdad.

—¿Qué verdad?

—¿Te gusta?

—Es mi jefe.

—No he preguntado qué es. He preguntado si te gusta.

—No.

—Mientes otra vez.

—No lo sé. Vale, ¿no lo sé? No sé qué me pasa cuando me mira. No sé por qué dibujé sus ojos. No sé por qué pienso en él cuando no debería. No sé nada.

Laura bebió su cerveza. La cocina china se estaba enfriando en la bolsa.

—Puede ser peligroso —dijo.

—Lo sé.

—Los tíos así son adictivos. Y luego te rompen.

—Lo sé.

—Pero si te gusta...

—No he dicho que me guste.

—Pero si te gustara, igual no estaría mal. Siempre que sepas que es una aventura. Algo de una noche. Te lo quitas de encima y listo.

—No es de una noche. No es así.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque cuando me mira no parece que quiera una noche. Parece que quiere algo más.

—¿Como qué?

—No lo sé. Y eso es lo que me da miedo.

Cenamos en silencio. Bueno, yo comí. Laura picoteó, pero estaba más callada de lo normal. Blanca se acercó a pedir restos y Laura le dio un trozo de pollo, cosa que nunca hacía porque "los gatos no deberían comer comida de humanos, Irene, que luego se mal acostumbran".

A las once sonó mi móvil. Número internacional.

—Es mi tía Lucía —dije.

—Cógelo. Ponlo en altavoz.

—¿En altavoz?

—Quiero oír.

Suspiré y acepté la llamada.

—Tía.

—Irene, ¿estás bien? ¿Puedes hablar?

—Sí, estoy con Laura. En altavoz.

—Hola, Laura.

—Hola, Lucía. ¿Qué tal Berlín?

—Frío. Siempre frío. Pero tengo noticias.

—¿Buenas? —pregunté.

—Depende de cómo se mire. Mi amiga de la galería quiere verte.

El corazón me dio un vuelco.

—¿Cuándo?

—Cuanto antes. Le gustan mucho las fotos que le mandé. Pero quiere conocerte en persona, hablar contigo, ver más obras. Si puede ser este mes, mejor.

—Este mes...

—Sé que trabajas. Pero es una oportunidad. Puedes venir un fin de semana, yo te alojo. Solo necesitas el billete.

Laura y yo nos miramos.

—¿Y cuánto cuesta un billete a Berlín? —preguntó Laura, aunque ya sabía la respuesta.

—Depende. Con antelación, unos ciento y pico. Sobre la marcha, el doble.

Ciento y pico. Mi nómina de secretaria apenas daba para el alquiler, la comida de Blanca, y algún capricho muy de vez en cuando. Ciento y pico eran una fortuna.

—Lo voy a intentar —dije—. Te escribo mañana.

—Hazlo, mi niña. Esto puede ser importante.

Colgué. El estudio se quedó en silencio otra vez.

—Tienes que ir —dijo Laura.

—No tengo dinero.

—Yo te presto.

—No, Laura, ya te debo...

—No me debes nada. Y si esto funciona, luego me lo pagas con intereses. Una cena en un sitio caro cuando seas famosa.

Sonreí. Con Laura siempre se podía.

—¿Seguro?

—Te he dicho que sí. Ahora deja de lloriquear y escribe a tu tía. Y mañana mismo miras vuelos.

A las dos de la madrugada, Laura se fue en un Uber que pagué yo (era lo mínimo). El estudio se quedó vacío, solo con Blanca y mis pensamientos.

Me senté frente al lienzo. El dibujo de los ojos seguía sobre la mesa.

Lo cogí. Lo miré.

—No voy a pensar en ti —dije—. Tengo cosas más importantes.

Guardé el dibujo en un cajón, debajo de unos trapos viejos. Y me fui a la cama.

El lunes siguiente, cuando llegué a la oficina, había un sobre en mi mesa.

Dentro, un billete de avión. Madrid-Berlín. Ida y vuelta. Fecha: el próximo fin de semana.

Y una nota escrita a mano:

"Me enteré de que necesitas viajar. La empresa tiene convenios. No es un regalo, es una gestión. Aprovéchalo. Marcos"

Me quedé mirando el papel sin poder respirar.

—¿Cómo coño sabe que necesito viajar?

1
Olivia Uribe
muy bueno, gracias¡¡¡¡
Olivia Uribe
la historia me gusta mucho, no se porque tiene tan pocos votos, ojala y la termines autora, no nos dejes a medias de la trama
Fernanda Gutierrez
el yo de otra bida
Romina Fernanda Paez
necesito saber el final!! no puede quedar ahi
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