Cuando las profundidades del mar ocultan secretos ancestrales y los ecos de la venganza susurran a través de las corrientes, solo las valientes sirenas de Mirthalia pueden desafiar el destino.
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Capítulo 12: Cadenas de Lealtad
La lluvia caía ahora como una cortina de agujas gélidas, borrando la línea entre el cielo y el mar. Selene sentía que el peso de sus piernas humanas era más insoportable que nunca, no por el esfuerzo físico, sino por la carga moral que Marinus acababa de depositar sobre sus hombros. La calidez del fuego de la hoguera se sentía ahora como un insulto, una falsa promesa de hogar en un mundo que, por segunda vez en la historia, había robado lo más sagrado de su linaje.
—¿Me pides que rece por mi perdón? —la voz de Selene salió como un siseo, cargada de una amargura que hizo que Marinus retrocediera un paso—. ¿Después de decirme que tu familia ha prosperado gracias a un robo que dejó a mi madre vulnerable? ¿Después de confesar que tu padre me está vendiendo como ganado a un tirano?
—¡Selene, por favor! —Marinus intentó desesperadamente acortar la distancia, pero las marcas violetas en el cuello de la sirena comenzaron a brillar con una intensidad eléctrica—. Yo no soy mi padre. He pasado toda mi vida sintiendo que algo faltaba, que este pueblo tenía una deuda que no podía pagar. Por eso robé el Corazón de la Tierra. No para entregárselo a Pelagios, sino para dártelo a ti. Es tuyo por derecho de sangre.
Él sacó de entre sus ropajes un bulto envuelto en terciopelo negro. Al deshacer el nudo, una luz pulsante de color ámbar profundo iluminó sus rostros. Era una gema irregular, del tamaño de un puño humano, que parecía latir con un ritmo sordo, pesado, como un corazón cansado. Al verla, Selene sintió un tirón doloroso en su propio pecho. El Prisma de Étermar, oculto bajo su piel, reaccionó con un zumbido agudo.
—Está sufriendo —susurró Selene, su ira siendo reemplazada por una tristeza abrumadora. Extendió los dedos y, antes de tocar la piedra, sintió el eco de mil años de soledad—. Mi madre... ella sentía este dolor cada vez que se acercaba a la superficie. Vosotros lo llamáis "fuente de poder", pero para nosotros es un órgano vital arrancado del cuerpo del océano.
—Tómalo —suplicó Marinus—. Úsalo para salvar a tu gente. Úsalo para demostrar que no todos los humanos somos traidores.
En ese momento, la lealtad de Selene se vio fracturada. Su deber le gritaba que tomara la piedra, regresara al agua y dejara que los humanos se enfrentaran solos a las tormentas de Pelagios. Pero su corazón, ese órgano rebelde que había aprendido a latir al ritmo de los violines humanos esa noche, le impedía abandonar a Marinus a la furia de su propio padre.
—Si tomo esto ahora, tu padre te matará —dijo Selene, mirando a los ojos de Marinus—. Y si me quedo para protegerte, mi pueblo caerá ante la Marea Negra.
—Escúchame, Selene —intervino Coralia, que se había acercado desde las sombras, con su rostro tenso—. El deber de una Guardiana no es elegir entre dos mundos, sino ser el puente que los sostiene. Pero no podemos ser un puente si una de las bases está podrida.
Justo cuando Selene iba a tomar el Corazón de la Tierra, un estruendo de metal y gritos rompió la armonía de la lluvia. Desde el sendero que subía hacia la mansión de los Deep, una columna de hombres armados con ballestas y lanzas de punta de plata descendió a paso de carga. Al frente, un hombre de avanzada edad, con el mismo mentón cuadrado que Marinus pero con ojos que destilaban una ambición gélida, lideraba el avance: Lord Delmar Deep.
—¡Marinus! ¡Aléjate de esa criatura! —rugió Delmar, alzando una mano para detener a sus hombres a pocos metros del grupo.
—¡Padre, detente! —Marinus se interpuso entre los soldados y las sirenas, ocultando el Corazón tras su espalda—. Estás cometiendo un error que condenará a este pueblo por generaciones. El pacto de Pelagios es una trampa.
—El error fue dejarte pasar tanto tiempo con las historias de tu abuelo —escupió Delmar con desprecio—. El Rey Pelagios ha sido muy claro. Entregamos a la "hija descarriada" de los Blue Mist y el Corazón, y nuestra costa será bendecida con mares tranquilos y redes llenas para siempre. Es un intercambio justo por la vida de un monstruo.
—¿Monstruo? —Ariel dio un paso al frente, sus ojos brillando con una luz azul neón—. Nosotros mantuvimos vuestros barcos a flote durante siglos mientras vuestros antepasados nos cazaban por deporte.
—¡Silencio! —ordenó Delmar. Hizo una señal y, de entre las sombras de los árboles, surgieron tres figuras que hicieron que la sangre de Selene se congelara.
Eran guerreros de la Guardia Real de Mirthalia, pero no llevaban sus armaduras brillantes. Vestían túnicas negras que goteaban un fluido viscoso y sus ojos estaban completamente oscurecidos por la magia del Abismo. Pelagios no solo había enviado humanos; había enviado a sus propios "Engendros" para asegurar la captura.
—¿Ves esto, hijo? —dijo Delmar, señalando a los guerreros marinos—. Ellos son el verdadero poder. Pelagios ya ha ganado. No dejes que tu obsesión por una cara bonita nos lleve a la ruina. Dame la piedra. Ahora.
Marinus miró a Selene. Fue un segundo de comunicación pura, una despedida silenciosa cargada de una devoción que ninguna cadena podía romper.
—Nunca —dijo Marinus.
En un movimiento rápido, Marinus lanzó el Corazón de la Tierra hacia Selene. Ella lo atrapó en el aire, sintiendo una descarga de energía que casi la hizo caer de rodillas.
—¡Fuego! —gritó Delmar.
Las ballestas dispararon, pero Selene, instintivamente, alzó el Prisma de Étermar. Una cúpula de agua sólida se materializó a su alrededor, desviando los proyectiles. Sin embargo, los guerreros de Pelagios no usaban armas físicas. Lanzaron redes de energía oscura que comenzaron a corroer el escudo de Selene.
—¡Idos! ¡Volved al agua! —gritó Marinus, desenvainando su propia espada para enfrentarse a los soldados de su padre—. ¡Yo los detendré!
—¡No te dejaré aquí! —gritó Selene, su voz mezclándose con el trueno.
—¡Debes hacerlo! —Marinus fue golpeado por la culata de un fusil, pero se mantuvo en pie—. ¡Si ellos consiguen el Corazón y a ti, no habrá esperanza para nadie! ¡Vete, Selene! ¡Por el mar, vete!
Coralia y Ondina agarraron a Selene por los brazos. La traición de los humanos estaba consumada: Lord Delmar había vendido a su propio hijo y a su futuro por un contrato con un demonio marino. Pero la traición más dolorosa fue ver cómo los hombres del pueblo, aquellos que habían bailado con ellas minutos antes, ahora las miraban con miedo y odio, azuzados por las palabras de su líder.
—¡No confíes en ellos, Selene! —gritó una voz entre la multitud. Era una joven que había estado riendo con Ariel, ahora siendo retenida por su padre—. ¡Corred!
Las sirenas se lanzaron al acantilado. El salto fue eterno. En el aire, la magia del Prisma envolvió sus cuerpos, y el dolor de la transformación de piernas a colas fue un alivio comparado con la agonía del corazón de Selene. Impactaron contra el agua fría, pero no hubo paz.
Bajo la superficie, el escenario era dantesco. La Marea Negra había llegado a la costa. Miles de Engendros del Vacío esperaban en el fondo, sus ojos rojos fijos en Selene.
Selene miró hacia arriba a través de la superficie traslúcida. Pudo ver la silueta de Marinus siendo arrastrado por los hombres de su padre, y a los guerreros de Pelagios observando desde la orilla con una satisfacción macabra. La confianza entre humanos y sirenas, tejida con tanto esfuerzo durante esas breves horas, se había hecho añicos bajo el peso de la ambición de unos pocos.
—Han ganado esta ronda —dijo Coralia, su voz vibrando con una furia asesina—. Pero ahora tenemos el Corazón. Y ahora, Selene, ya no hay lugar para la diplomacia.
Selene apretó la gema contra su pecho. El dolor de la traición de los humanos le había dado algo que no tenía antes: una claridad absoluta. Ya no lucharía por el perdón de Mirthalia, ni por la aprobación de la superficie. Lucharía para erradicar la podredumbre que había infectado ambos mundos, empezando por el corazón mismo de la oscuridad.