Cuando Valeria decide empezar de nuevo en una ciudad que no conoce, lo último que espera es que un simple error cambie su vida para siempre.
Un mensaje enviado a la persona equivocada la conecta con Daniel, un hombre que también está intentando dejar atrás su pasado.
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La pregunta que lo cambia todo
Sofía no respondió el mensaje de inmediato.
El teléfono permanecía en sus manos, la pantalla iluminada con las palabras de Mateo:
“Entonces tenemos que decidir qué vamos a hacer con lo que sentimos.”
Decidir.
Esa palabra le hizo sentir un peso en el pecho.
Porque decidir significaba cambiar algo.
Y cualquier cambio iba a doler.
Dejó el teléfono sobre la mesa y apoyó la cabeza en el sofá. El apartamento estaba en silencio. Desde la habitación, se escuchaba la respiración tranquila de Daniel.
Esa paz… esa seguridad… siempre había sido suficiente para ella.
Hasta ahora.
El teléfono vibró otra vez.
Mateo:
“No te estoy presionando. Solo no quiero que esto se convierta en algo escondido y lleno de culpa.”
Sofía leyó el mensaje varias veces.
Eso era exactamente lo que ya estaba pasando.
Escribió lentamente.
“Yo tampoco quiero mentiras.”
La respuesta llegó en segundos.
“Entonces empecemos por ser honestos con nosotros mismos.”
Sofía tragó saliva.
“¿Qué sientes por mí?”
La pregunta apareció en la pantalla.
Directa.
Sin rodeos.
Su corazón empezó a latir más rápido.
Podía evitarla.
Podía responder algo neutral.
Podía decir que estaba confundida.
Pero por primera vez, decidió no esconderse.
“Me importas más de lo que debería.”
Pasaron unos segundos.
Luego otro mensaje.
“A mí no me importas más de lo que deberías…”
Sofía frunció el ceño.
El siguiente mensaje llegó de inmediato.
“…me importas exactamente como alguien que puede cambiar mi vida.”
Sofía dejó escapar el aire lentamente.
Eso ya no era una emoción ligera.
Eso era algo serio.
Algo peligroso.
Algo real.
Al día siguiente, Sofía despertó con una sensación extraña, como si algo dentro de ella ya hubiera cambiado.
En el desayuno, Daniel estaba de buen humor.
—Hoy confirmé con el fotógrafo —dijo sonriendo—. Todo va tomando forma.
Sofía asintió, removiendo el café sin beberlo.
—¿Sabes? —continuó él—. Me gusta cuando las cosas están claras. Sin dudas.
Ella levantó la mirada.
La frase le golpeó más de lo que Daniel imaginaba.
—¿Nunca has dudado? —preguntó Sofía.
Daniel la miró, sorprendido.
—¿Sobre nosotros?
Sofía dudó un segundo.
—Sobre… si todo está pasando demasiado rápido.
Daniel sonrió con calma.
—Sofía, llevamos años juntos. No hay nada rápido aquí. Esto es lo más seguro que he tenido en mi vida.
Seguro.
Esa palabra otra vez.
Ella bajó la mirada.
Porque, por primera vez, lo seguro ya no se sentía suficiente.
Esa tarde, Mateo volvió a escribir.
“Necesito verte. No para complicarte… sino porque esto es importante.”
Sofía sintió el impulso de decir que no.
Pero sus dedos escribieron otra cosa.
“¿Dónde?”
La respuesta llegó enseguida.
“El parque frente al río. A las seis.”
Cuando Sofía llegó, Mateo ya estaba ahí, apoyado en la baranda, mirando el agua.
Al verla, se enderezó.
Esta vez no sonrió.
Su expresión era seria.
—Gracias por venir —dijo.
—Dijiste que era importante.
Mateo asintió.
Se quedaron en silencio unos segundos.
El sonido del agua y el viento llenaba el espacio entre ellos.
—Sofía —dijo finalmente—. No quiero ser la otra parte de tu vida.
Ella sintió que el corazón se detenía.
—No quiero encuentros a escondidas, ni mensajes con miedo. No quiero que esto sea algo que tengas que ocultar.
La miró directamente.
—Pero tampoco puedo fingir que no siento nada.
Sofía no sabía qué decir.
Porque ella tampoco podía fingir.
—Necesito saber algo —continuó él—. Y quiero que seas completamente honesta.
Dio un paso más cerca.
No la tocó.
Pero la distancia entre ellos desapareció.
—Si yo no existiera… ¿tú estarías completamente segura de tu boda?
El mundo pareció quedarse en silencio.
Sofía abrió la boca.
Pero las palabras no salieron.
Y esa respuesta… fue suficiente para los dos.
El daño que se está incubando arrasará como un huracán con los tres, devastadoramente. No te arriendo la ganancia.