Ella es mejor amiga del chico popular el cual comienza a sentir algo por el Pero los prejuicios por las apariencias complican todo
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Capitulo 13
Pero eso duró muy poco.
Al llegar a la universidad, todo volvió a ser como antes. Las miradas. Los susurros. Las máscaras.
Pablo apenas había puesto un pie en el estacionamiento cuando Diana lo interceptó.
—¿Es cierto que te echaron de casa? —le preguntó ella, con los brazos cruzados y una sonrisa que no llegaba a sus ojos.
Pablo apretó la mandíbula.
—¿Qué te importa?
Diana se rió. Una risa corta, afilada.
—¿Eso significa que ya no tienes dinero para ir con nosotros de fiesta? Qué triste. Te volviste pobre y mediocre.
Pablo sintió cómo la sangre le hervía. Pero no dijo nada.
Diana se acercó un paso más.
—Pero... aún sigue en pie lo del millón. Y la fiesta de Maximiliano es en unos dos meses. Tienes tiempo para hacer quedar en ridículo a la gorda.
—No... —dijo Pablo, con la voz baja.
Diana arqueó una ceja.
—¿Por qué? ¿Me dirás que realmente te gusta esa gorda?
El silencio se hizo denso.
Pablo negó con la cabeza. Demasiado rápido.
—No —respondió, y su sonrisa fue falsa, tan falsa como todo en su vida—. Obviamente no. Es solo que... me da lástima. Es todo.
Diana lo miró fijo. Como si pudiera ver a través de él.
Luego sonrió. Triumfante.
—Pero eres pobre, cariño —dijo, acariciándole el hombro con falsa dulzura—. Y necesitas dinero. Aunque busques un trabajo, nada te mantendrá la vida de lujo a la que estás acostumbrado.
Pablo sintió el golpe.
Porque era verdad.
No tenía nada. Ni casa. Ni dinero. Ni futuro.
Solo una apuesta asquerosa y una mentira que se estaba volviendo demasiado pesada.
Diana se alejó, dejándolo solo en medio del estacionamiento.
Y Pablo cerró los ojos.
¿Qué demonios estoy haciendo?, pensó.
Pero no encontró respuesta.
Esa misma tarde, Milo y Abril tuvieron la primera simulación de cita.
Eligieron un café tranquilo, lejos de la universidad. Un lugar donde nadie los conociera. Donde Milo no tuviera que bajar la mirada o esconderse.
Pero aún así, él pidió una mesa en la parte de atrás.
Por si acaso.
—Escucha —dijo Abril, jugando con el borde de la servilleta—. Estoy nerviosa. No sé qué se hace en una cita.
Milo la miró. La vio pequeña, insegura, con las mejillas ligeramente sonrosadas.
Y sintió que el corazón se le encogía.
—Está bien —dijo, y su voz salió más suave de lo que pretendía—. Yo te guío.
Estiró la mano y sujetó la de ella.
Sus dedos se entrelazaron.
Abril lo miró. Él la miró.
Y por un segundo, ninguno de los dos supo si era simulación o no.
—¿Por qué quieres hacer esto? —preguntó Milo, rompiendo el hechizo.
Abril bajó la vista a sus manos entrelazadas.
—Porque quiero aprender a tener más confianza en mí misma —exclamó, y su voz tembló un poco—. Estoy cansada de tener miedo. De esconderme. De pensar que no merezco que me miren.
Milo apretó su mano sin querer.
—Mereces que te miren —dijo, y fue sincero—. Mereces todo.
Abril levantó la vista. Lo miró a los ojos.
—Entonces enséñame —dijo—. Enséñame a ser como tú.
Milo sintió un nudo en la garganta.
Como yo, pensó. No quieres ser como yo.
—¿Cómo yo? —preguntó Milo, con una expresión que ella no supo descifrar.
—Sí —respondió Abril, sin dudar—. Tú tienes mucha confianza en ti mismo. Incluso eres amigo de los populares. Eres gracioso. Y todos te adoran.
Milo la miró.
Sus ojos se nublaron por un segundo. Algo pasó por su rostro. Algo que Abril no alcanzó a reconocer.
—¿Tú crees? —preguntó él, con una voz extraña.
—Sí, lo creo —dijo ella, sonriendo—. Es lo que más admiro de ti.
Milo sintió que esas palabras le atravesaban el pecho como una daga.
Ella admira su fachada.
La máscara que él se puso para sobrevivir.
La misma máscara que lo está destruyendo.
Y ella no sabía nada. No sabía que él se bajaba del coche por vergüenza. No sabía que permitió que Diana la humillara. No sabía que él era un cobarde disfrazado de popular.
Milo tragó saliva.
—No deberías admirarme —dijo, en voz baja.
Abril frunció el ceño.
—¿Por qué no?
Porque él no supo qué responder.
Porque la verdad quemaba.
Porque si ella supiera quién es realmente...
—Pide algo —dijo Milo, señalando el menú—. La primera regla de una cita: nunca te quedes con hambre.
Abril sonrió. Y dejó pasar el tema.
Pero Milo no.
Esa noche, cuando llegó a su casa, se quedó mirando el techo de su habitación.
"Es lo que más admiro de ti."
Y por primera vez, se preguntó si realmente valía la pena ser admirado por una mentira.